21 de Junio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (126-128) I,III
Año: 1997

Contextos sociales de los menos favorecidos y sus perspectivas educacionales

La población objeto de estudio envía a sus hijos a una institución escolar caracterizada por recibir a niños provenientes de familias con escasos recursos económicos y que habitan en la periferia de una localidad semiurbana. A su vez esta escuela es percibida como la receptora de los educandos más desprotegidos, situación que genera ciertos prejuicios respecto de la escuela y establece separación entre este establecimiento y otros a los que concurren niños provenientes de sectores sociales de clase media y más acomodados. Así, el grupo social con el que se realizó este trabajo posee características que pueden considerarse como representativas de realidades de otras comunidades con problemáticas económicas, sociales y culturales semejantes.

En el marco de nuestro trabajo, las visitas domiciliares permitieron conocer los alojamientos de las familias del grupo estudiado. Los datos y percepciones de la realidad habitacional se convierten en indicadores para definir la calidad de vida de este sector social. Las viviendas en conjunto muestran gran diversidad, desde la casa propia, modesta pero con ciertas comodidades,4 casas de planes hipotecarios,5 casa-habitación —compuesta por uno o dos cuartos que son compartidos por grupos numerosos de personas—, hasta casas —con paredes de ladrillos o de maderas y con techo de chapa— ocupadas precariamente y que fueran abandonadas por la empresa cuando se levantó el ramal ferroviario. Sin embargo, sólo en casos excepcionales las viviendas no poseen instalación eléctrica, agua corriente de red, baño instalado y piso de mosaico por lo menos. En el mismo sentido, son pocas las familias que no cuentan con TV y radio, heladera, cocina a gas, calefón, entre otros artículos para el hogar. En general, las comodidades de la vivienda y la posesión de algunos electrodomésticos, hace que las personas que componen este grupo social puedan considerarse como perteneciente a la clase social baja ya que sus carencias no pueden compararse con situaciones de extrema pobreza, ligadas a la privación de bienes y a la dificultad en satisfacer sus necesidades vitales elementales, característico de los sectores indigentes.

Las actividades laborales que desempeñan las personas incluidas en este grupo social, están ligadas a la construcción (ayudante, media cuchara o medio-oficial, albañil u oficial), al trabajo en el servicio doméstico (generalmente en manos de mujeres),6 a la recolección diaria de los residuos, a tareas rurales, a la ejecución de cualquier tipo de tarea que requiera fuerza física, como la carga y descarga de bolsas que contienen semillas acumuladas durante las cosechas (changarín o jornalero), entre otras; ocupaciones que podrían considerarse indicadores de la baja posición socioeconómica de estas familias.

Ahora bien, con el fin de conocer qué piensan, qué sienten, qué expresan las personas que pertenecen a los grupos sociales menos favorecidos respecto de la educación y cuáles son sus expectativas y aspiraciones acerca del futuro de sus hijos, se realizaron entrevistas con los padres en los domicilios particulares de estas familias.

Una mención muy especial merece la actitud de quienes nos recibían en sus viviendas con motivo de formalizar la entrevista. En general se observó que la presentación como entrevistadores representantes de una institución educativa interesada en conocer sus expectativas educacionales, determinaba en los padres una amplia disposición a dar sus respuestas, como si el ser intermediarios entre ellos y la educación generara una “autoridad” a ser respetada. Esta situación se pone en evidencia por el comportamiento típico manifestado por las personas que nos recibían, representado en la mayoría de los casos, por la invitación a pasar al interior de la vivienda, a sentarnos en alguna silla o algún sillón ubicado en habitaciones que oficiaban como comedores o living; en otros casos las entrevistas se realizaron en el patio por encontrarse allí reunida la familia al momento de presentarnos, o bien en un dormitorio que parecía ser el escenario en el cual se permanecía la mayor parte del tiempo; y por último, algunas personas nos atendían afuera de la casa, en las veredas que dan a la calle. Sólo en una oportunidad un padre se negó a responder a las cuestiones de la entrevista, alegando que no le interesaba responder ningún tipo de preguntas, a pesar de que se le explicó el objetivo del trabajo, sus potenciales beneficios y el carácter reservado y anónimo de las respuestas que expresara.

Específicamente, las cuestiones planteadas a los padres en la entrevista se refieren a la posible instrucción que recibirían sus hijos, al rendimiento escolar deseado, a la edad en que los niños dejarían de estudiar y comenzarían a trabajar, al contacto que la familia tiene con los medios de comunicación de masas y al valor cultural otorgado a los libros. Asimismo, se indagaron actitudes positivas y prejuicios con respecto a la educación y los recursos disponibles para orientar acciones en beneficio de la formación de su progenie. Las consultas tenían como objetivo conocer en primer lugar, las razones por las que se eligió la institución escolar a la que envían a sus hijos, los aspectos que les agradan de dicha escuela y las funciones que a ella se le atribuyen. En segundo lugar, la responsabilidad de los adultos en cuanto a la ayuda ofrecida a los niños en la realización de las tareas escolares, y en tercer lugar, sus reacciones ante el posible deseo de sus hijos de abandonar la escuela. A continuación se presenta el análisis de las respuestas de los padres de los niños que asisten a los grados primero, segundo y tercero del nivel primario.

En cuanto al primer aspecto mencionado, los padres expresan que eligieron el colegio al cual mandan a sus hijos porque ellos o algún familiar han cursado sus estudios en la misma institución, o bien, porque sus otros hijos han asistido a ese lugar. También mencionan enviarlos simplemente porque les gusta, o por la enseñanza casi individualizada que se brinda, en función de la poca cantidad de alumnos por grado. Entre las razones expresadas en menos oportunidades se encuentran justificaciones como: “por comodidad, porque se va con los chicos de la cuadra o porque la abuela vive a la vuelta de la escuela”, “porque hay comedor y los tratan bien”, “porque era el único lugar donde la recibían” —familia que llega de otra localidad cuando las clases ya habían comenzado—, “porque es más cerca”, “por la mejor enseñanza, ya que les dan inglés y computación”.

Así, la elección de la institución en la cual los hijos cursarán sus estudios parece estar fundamentada, en mayor medida, en una “costumbre” o “tradición” familiar que hace que se opte por el colegio al que ha asistido alguna persona conocida. Mientras que, son excepcionales las justificaciones basadas en cuestiones más ligadas a la instrucción ofrecida, como la enseñanza de inglés o computación, o el reducido número de niños que asisten a la escuela.

En cuanto a lo que a cada padre le agrada de la escuela, se destaca —a partir de sus verbalizaciones— la importancia otorgada a la manera de ser de las docentes y cómo tratan a los alumnos: “son cariñosas”, “son más familiares”, “son buenas, los tratan y los atienden bien”, “los entienden”, “son humildes, no hacen diferencias”, “tienen un carácter hermoso”; como también, la posibilidad de una mayor dedicación a la enseñanza de sus alumnos debido al reducido número de niños en cada aula, lo cual facilita las relaciones docente-alumno. Es muy llamativo que en investigaciones que toman distintas perspectivas de las acciones de la escuela y de sus protagonistas se destaquen las relaciones afectivas.

En este sentido están, por un lado, las respuestas de los padres de estos niños que denotan la valoración de la afectividad de las docentes como una contribución muy importante brindada por la escuela; por otro, los resultados de una investigación (Gibaja, 82) en la cual los mismos maestros valoran muy significativamente sus formas de relacionarse con los niños más necesitados.

En tercer lugar, nosotros remarcamos la necesidad de que el alumno reconozca la factibilidad de “hacerse cargo de”, de “ser responsable de” lo que hay que aprender, teniendo una consideración social de lo que uno es capaz de hacer, aspectos que garantizan parte del éxito de los aprendizajes. Tal vez un aporte importante de la escuela tendría que ver con la oportunidad que le brindan a los niños de revalorizarse, de reconocerse como personas capaces de aprender y por ende, de ser responsables de sus logros.

Por ello, tanto la valoración de los padres hacia la afectividad de la maestra, como la apreciación del mismo docente hacia los aspectos emocionales y el reconocimiento de la posibilidad de aprender por parte de los chicos, son aquellas cuestiones apreciadas más positivamente por los niños, sus padres y los mismos maestros.

Complementariamente, en el contexto de ambientes poco propicios, que alguna institución o su personal trate de establecer relaciones medianamente pautadas, estables y con cierta racionalidad y de reconocimiento por lo que se está haciendo, parece ser algo muy importante que puede ofrecer la escuela, aún más que el cúmulo de conocimientos e información. En una consideración más profunda, ¿no será que en la escuela se le da al niño algún reconocimiento que la sociedad le retacea, y de este modo se le está ayudando a valorar su Yo, su autoestima, su incipiente personalidad?7

Asimismo, los padres mencionan los beneficios brindados por la escuela a través del comedor, ropa y útiles, la visita de un médico que revisa a los alumnos, como ayuda a ciertas familias con importantes dificultades económicas.8 Otro aspecto valorado, es la buena enseñanza brindada en la escuela, aunque un solo padre especifica esta consideración, refiriéndose a la inclusión de dos materias: inglés y computación.

La función que los padres de niños que cursan sus primeros años de escolarización, atribuyen a la escuela se centra en la enseñanza de las “materias escolares”, que les permitirían aprender a leer, escribir, realizar cálculos. También surgen argumentos más amplios que van desde encargarse de educarlos, de que aprendan, de que puedan defenderse solos en el futuro, pasando por atender la higiene de los chicos, la disciplina, la puntualidad, la enseñanza moral, el respeto a las docentes, obligarlos a estudiar, cuidarlos para que no les ocurra algo grave, evitar que se peleen, aconsejarlos cuando ya no quieren estudiar, hasta ayudarlos con útiles y con alimentos. Algunas consideraciones más puntuales hacen referencia a la relación que la escuela debería mantener con las familias, mediante la comunicación de los inconvenientes surgidos con los niños en la institución, para que ellos puedan tomar las medidas correspondientes; o bien, la explicación a los padres de los contenidos que se les enseñan a sus hijos en la escuela, para que puedan estar en condiciones de ayudarlos con los deberes, planteamiento que podría ser considerado un indicador del limitado nivel de escolarización y de alfabetización de los progenitores entrevistados, pero también de un interés por los logros escolares.

En cuanto a la ayuda que el niño recibe de los adultos en la realización de los deberes, los datos recogidos continúan señalando a la madre como principal acompañante en la ejecución de las tareas, apareciendo en lugares muy distantes, sus hermanos, tíos, abuelos, e incluso la figura de ambos padres. Esto se complementa con el control que ejercen las madres una vez que el niño ha finalizado sus deberes, realizando las correcciones necesarias. De esta manera, el rol que tradicionalmente es atribuido a la mujer queda corroborado en este estudio.

Ante la posibilidad de que los niños le planteen a sus padres el deseo de no estudiar más, los progenitores expresaron su pretensión de que continúen haciéndolo, aunque recurriendo a diferentes maneras para lograrlo: mandándolo hasta que termine sus estudios, insistiendo, obligándolo, diciéndole que estudie, exigiéndole que lo haga, explicándole los beneficios de ir a la escuela y así convencerlo, tratando de que curse algunos años más, por lo menos hasta concluir la primaria, o bien, reprendiéndolo para que lo haga.

Estas consideraciones, que manifiestan la importancia concedida a la finalización de los estudios primarios, demuestran la relevancia otorgada a la instrucción como instancia que les permite a los niños adquirir conocimientos —específicamente, cálculo, lectura y escritura— para desenvolverse el día de mañana, poder encontrar un trabajo “porque sin estudio no se hace nada”, según lo expresaron literalmente algunos padres. En algunas oportunidades las aspiraciones de los padres van más allá de sus propias experiencias educacionales, anhelando que sus hijos estudien para que no “anden lavando pisos o cuidando chicos”, o trabajando desde pequeños, y así, puedan realizar actividades más rentables económicamente, o poseer conocimientos, a los que por diversos motivos ellos no pudieron acceder. Entre las respuestas textuales dadas con menor frecuencia se encuentran: “una persona sin educación no es un beneficio para la sociedad”, “... es el mejor camino por el que se puede conducir una persona”, “tiene que aprender porque si no va a ser siempre un burro”9 y “es mi obligación mandarlo, él es muy chiquito para decidir”. Sólo una entrevistada menciona la obligatoriedad de la enseñanza primaria establecida por el estado. Desde otra perspectiva, podemos encontrar verbalizaciones que manifiestan el valor dado a la instrucción como un medio para que el niño “siga aprendiendo”, pueda continuar estudiando y “tenga alguna profesión algún día”.

Las aspiraciones educacionales parecen circunscribirse a las vivencias personales de los padres, ligadas a actividades laborales consideradas por la sociedad como poco prestigiosas —empleadas domésticas, changarines, albañiles, jornaleros, recolectores de residuos, entre otros—, y a las dificultades para encontrar trabajos que sean físicamente menos duros y económicamente más rentables. A pesar de que instruirse como medio para acceder a estudios posteriores parece no hacerse evidente en este grupo social en particular, sus verbalizaciones podrían ser entendidas como expresiones de valor hacia la educación, como instrumento para superar la carencia de conocimientos.

Sin embargo, solamente en dos oportunidades las madres manifestaron su negativa a cuestionar los deseos de sus hijos de abandonar los estudios. Una de ellas lo explicita mediante un simple “porque no”, mientras que la otra mamá expresa que no pretendería modificar la decisión de su hijo porque ha repetido varias veces de grado y es demasiado grande físicamente, comparado con sus compañeros de sección.

Estas apreciaciones, por un lado, podrían estar mostrando las diferentes expectativas educacionales que poseen los padres, manifestadas en estos casos por limitadas aspiraciones hacia la instrucción, y por otro, podrían estar ligadas a cuestiones de seguridad física y moral, en especial referencia a situaciones comprometidas para las relaciones de las chicas adolescentes.

Tal vez estas últimas respuestas no desentonaron tanto del resto como algunos comportamientos puestos de manifiesto por las personas entrevistadas, como es el caso de una madre que nos recibió en una habitación que oficiaba como dormitorio, acostada en su cama, sin tener enfermedad alguna que justificara tal proceder, mientras sus hijos gritaban, peleaban y jugaban. Esta situación se completaba con el elevado volumen de un TV, olores desagradables y gritos esporádicos de la señora que, en una posición de abandono, intentaba reprender a sus niños. Se destacan también, las actitudes de dos madres, una de ellas alternaba sus respuestas con prolongados momentos de atención a un programa televisivo que parecía atraparla en mayor medida, que las cuestiones referidas a la educación de sus hijos. La otra madre reveló un importante cúmulo de inseguridad frente a las cuestiones, expresando continuamente que no sabía que contestar y preguntando si estaba bien lo que decía luego de dar sus tímidas respuestas.

En los contextos sociales de mayores carencias en los que viven los menos favorecidos, la satisfacción de sus necesidades vitales —alimento, vivienda, abrigo— y los medios que permiten alcanzarlas —aún la escuela, en sectores sociales más desprotegidos—, ocupan un lugar privilegiado, otorgándosele a la educación —como elemento posibilitador de crecimiento personal—, una posición secundaria, que adquiere alguna relevancia después que aquellas se hayan compensado. En este estudio en particular, la institución educativa aparece como una instancia distribuidora de recursos materiales, además de la enseñanza de conocimientos básicos —como lectura y escritura— que brinda por medio de sus docentes.