18 de Junio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (126-128) I,III
Año: 1997

Consideraciones finales

En este artículo hemos intentado mostrar las condiciones generales de vida de algunas naciones del mundo, considerando sus índices de pobreza, salud, alimentación y educación, reconociendo que existen diferencias marcadas entre los países y aún, dentro de un mismo país. Nos hemos centrado en el valor concedido a la instrucción, haciendo explícitos los niveles de alfabetización de la población de algunos países que se ubican en diversas posiciones entre casi una total alfabetización e importantes porcentajes de analfabetismo.

El considerar a la educación como un derecho y un requisito importante para incrementar la condición de vida de las personas, ha generado investigaciones y acciones de gobiernos y organismos, centradas en el mejoramiento de la calidad y de la cantidad de instrucción de la población, concepción que ha logrado aumentar el nivel de alfabetización de las personas, incluyendo la expansión casi universal de la matrícula femenina. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos realizados y de los resultados positivos logrados en algunos países, ciertos sectores de la población aún no alcanzan a ejercer en plenitud su derecho a educarse, ni en cuanto a la cantidad de instrucción recibida por su corta permanencia dentro del sistema, ni en cuanto a la calidad de los servicios que se les brinda.

A partir de estas cuestiones, el propósito de este trabajo fue conocer las actitudes hacia la educación de padres de familia pertenecientes a sectores sociales desfavorecidos. Específicamente, sus expectativas acerca de la posible instrucción que recibirían sus hijos, el rendimiento escolar deseado, la edad en que los niños dejarían de estudiar y comenzarían a trabajar. Se indagaron también sus actitudes positivas y prejuicios con respecto de la educación y los recursos disponibles para orientar acciones en beneficio de la formación de su descendencia, como aspectos representativos de la importancia que otorgan a la instrucción, entre otros aspectos.

El análisis de las expresiones de este grupo de padres manifiesta una valoración de la instrucción como pasaje transitorio pero obligado para acceder, en algunos casos, a cualquier tipo de trabajo; en otros, a trabajos más dignos que el que poseen los padres y en excepcionales circunstancias, como un medio para proseguir alguna carrera de nivel superior. Esta concepción respecto de la educación genera, en los sectores sociales menos favorecidos, cuestionamientos acerca de la conveniencia de proseguir los estudios una vez finalizado el período establecido como obligatorio, en tanto ya se han adquirido los conocimientos elementales —como leer, escribir y realizar cálculos— que contribuyen en la obtención de una actividad laboral.

Asimismo, la escuela es percibida como un medio para la satisfacción de las necesidades vitales mediante el suministro material de alimentos y vestimenta; pero al mismo tiempo es valorada por otro tipo de suministro, el afectivo, a través del cariño, de la atención y del cuidado que las docentes de la institución escolar brindan a los alumnos. De este modo, la institución educativa se convierte en un espacio desde el cual, primariamente, se compensan necesidades básicas y se contienen necesidades afectivas, y complementariamente, se adquieren conocimientos que la sociedad considera indispensables, ya sea para obtener una actividad laboral o proseguir, ocasionalmente, algún estudio superior. Por lo tanto, la permanencia dentro del sistema de educación formal de los sectores más desprotegidos socialmente sigue estando condicionada por sus necesidades y estilos de vida.

Al respecto, Sautú sostiene que “la clase [social] significa restricciones, la educación apertura y libertad. [Sin embargo], intuitivamente todos sabemos que no son ni lo uno ni lo otro. Ni las clases sociales son barreras ni la educación es la panacea. Ambas se entretejen de manera intensa y sutil” (Sautú 1994,68).

Las aspiraciones educacionales, en este caso representadas por un sector social menos favorecido de la población, deberían ser objeto de reflexión cuando se analiza la calidad de la educación, y particularmente, la igualdad de oportunidades que ofrece a diversos sectores de la población, para que niños y jóvenes con escasos recursos económicos accedan y permanezcan en los diferentes niveles educativos. Tal vez, brindando mayores y mejores recursos materiales y humanos a los sectores que más lo necesitan y reconociendo los procedimientos mentales originales puestos en juego por los niños en situaciones extraescolares se logre aminorar las diferencias sociales y culturales que repercuten en el ámbito educativo al generar repeticiones de grado y deserción escolar en los niños provenientes de los sectores menos favorecidos.

Estas concepciones ubican a la escuela en una posición privilegiada para hacer posible la distribución más igualitaria de la instrucción, tarea ardua que supone el esfuerzo y el compromiso de quienes conforman la institución escolar y que son, en los contextos sociales más carenciados, los promotores fundamentales de la valoración educativa de los niños.

Quizás la institución educativa se enfrente a un nuevo desafío, el de despertar en sus alumnos una valoración de la educación que vaya más allá de la obligatoriedad legal a la que hay que responder, de la ayuda material que brindan las escuelas mediante alimentos, útiles escolares, vestimenta, o de la necesidad de instruirse como un requisito para obtener una actividad laboral inmediata y tal vez más gratificante económicamente. De este modo, la escuela contribuiría a la creación de expectativas positivas hacia los bienes culturales, como una manera de realización personal más humana y más acorde a la realidad científica y tecnológica actual, para que las generaciones futuras tengan un horizonte más amplio que el vislumbrado por sus padres para ellos y sus hijos.

Estos planteamientos suponen que la institución educativa pueda responder a las demandas y posibilidades de los educandos que provienen de sectores sociales menos favorecidos, y posea, a su vez, la facultad de generar en ellos expectativas más amplias a partir del reconocimiento de los eventuales beneficios de la instrucción, para que puedan ser autocumplidas y a su vez transmitidas a su descendencia. Quizás, si la escuela lograra reconocer como propios estos retos, la instrucción, el conocimiento, el razonamiento y el placer por aprender se convertirían en aspiraciones personales en los sectores sociales más desfavorecidos.