22 de Junio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (126-128) I,III
Año: 1997

Creencias epistemológicas institucionalizadas

20 años atrás: El Positivismo

En alguna época de mi vida —hace unos veinte años— tuve a la Fundación Bariloche como lugar de pertenencia institucional.2 Con el paso del tiempo, la sospecha acerca de lo afortunado de aquella condición se ha reforzado. Varias son las razones que computo para semejante evaluación.

La primera es que la Fundación Bariloche constituyó una importante y fecunda experiencia institucional abocada al desarrollo de la ciencia, del pensamiento y de la cultura. Hacia mediados de los años 70, agrupaba —en siete Departamentos— a más de 200 investigadores y becarios, financiados para llevar a cabo una tarea que, además, les producía placer. Por otra parte, el paisaje que servía de entorno —todavía no tan contaminado por la industria del turismo— hacía más agradable la residencia. Finalmente, la posibilidad de interacción con colegas formados en otras disciplinas, en un contexto de trabajo y dedicación, terminaban por darle a la experiencia un toque casi inverosímil en países como los nuestros.

Recuerdo que en varias ocasiones pude conversar con físicos, biólogos y matemáticos acerca de problemas teóricos y metodológicos de nuestras áreas respectivas; yo integraba el Departamento de Ciencias Sociales. Entre otros resultados alentadores, pude comprobar también una realidad que sospechaba y a la que encontré reiterada posteriormente: la profunda incomunicación —ni siquiera advertida a nivel consciente por los respectivos cultores— entre las diferentes especialidades. Cuando habíamos conformado —informalmente— equipos de trabajo orientados a superar esta situación, la Fundación tuvo prácticamente que cerrar sus puertas. Era hacia fines de 1977; a comienzos del mismo año, se había instalado en Argentina un gobierno militar. Como es de suponer, después vino la dispersión y con ella, el fin de un diálogo que prometía ser interesante.

Advierto que desde aquel entonces, la situación de fondo no se ha modificado. Quizá han variado los estilos —en aras de la convivencia— pero las creencias básicas permanecen inmutables. Los científicos de las ciencias de la naturaleza siguen haciendo lo suyo; saben cómo hacerlo y eso les resulta suficiente. Consideran innecesario e improductivo para la efectividad de sus investigaciones —criterio decisivo con el que se manejan— plantearse problemas epistemológicos; existen excepciones, es claro. Y en esos casos, aunque la práctica científica —especialmente la que aludía en primer lugar— continúa mostrándose compacta e impermeable a toda reflexión, se producen algunas resquebrajaduras. Así las cosas, la situación —a través de una generalización que seguramente es incorrecta— podría ser descrita de la siguiente manera.

Las oleadas epistemológicas entre los ‘70 y los ‘90

En la relación con las otras disciplinas (ciencias humanas, sociales, filosofía), los científicos de la naturaleza han abandonado la ironía o la agresividad y la han cambiado por una actitud tolerante. De cualquier manera, en los hechos actúan como si las ciencias que practican fueran no sólo paradigmas metodológicos, sino los únicos modelos cognoscitivos confiables. En sus manifestaciones extremas, que las hay, esta conducta denuncia un positivismo romo, incapaz de recapturar conceptualmente sus propios supuestos, hasta el punto de subsumir la significación institucional de la práctica científica en un hecho bruto de la naturaleza.

Por su parte, los cientistas sociales, los humanistas y los filósofos cargan como con una hipoteca de por vida la cientificidad disminuida o inexistente de las respectivas disciplinas. Por cierto, el standard de cientificidad que se añora, la mayoría de las veces, es el que proviene de las ciencias de la naturaleza. De cualquier manera, las cuestiones epistemológicas, en el campo de las ciencias sociales, en Argentina y en los últimos 30 años, siempre tuvieron un mayor espacio que el que les concedieron aquellas; a las ciencias sociales, pues, me referiré especialmente a continuación.

Hubo una primera oleada epistemológica (segunda parte de los años sesenta), traída por la creciente de protesta social y política, de extracción marxista; Gramsci, Althusser y la Escuela de Frankfurt fueron sus inspiradores inmediatos. Esa epistemología pivoteaba —de distinta manera— sobre la dupla ciencia—ideología, políticamente utilizada. En Althusser, por ejemplo, ese par de conceptos ocupaba un lugar central: la imputación de “científico” de un producto o de una práctica, en virtud del rigor exhibido en el modo de producción de su núcleo conceptual, lo validaban teórica y metodológicamente, le otorgaban inmunidad y le garantizaban conocimiento “verdadero” de la sociedad y del estado. Lo “ideológico” merecía las calificaciones exactamente opuestas: autoengaño y enmascaramiento, seudoconocimiento sesgado por intereses de clase, etc.

En este planteo, el problema de la demarcación entre ciencia e ideología se transformaba en una cuestión central, no dilucidable metodológica sino lógicamente, aún cuando esa lógica supusiera una idea de ciencia como sistema deductivo no hipotético, bien lejos de la noción que se manejaba en la práctica real, incluso de las ciencias de la naturaleza (Ortiz 1986 :83). A este propósito, en la elaboración de sus ideas de ciencia e ideología, el marxismo (al menos, en su versión althusseriana), nunca tomó en serio la objeción acerca de la inexistencia de un topos no histórico (no ideológico) para la ciencia social, tal como —en mi opinión, correctamente—lo enseña la hermenéutica.

En fin, ese concentrado epistemológico marxista se desarticula por presión de la propia crítica interna, por la compulsión de los gobiernos autoritarios y por el derrumbe del socialismo real. Sobreviven fragmentos recuperados (Habermas, 1976) que parecen pertenecer ya al patrimonio del conocimiento social en Occidente.

La otra hornada epistemológica es de factura positivista. Después de los años 30, el positivismo en Argentina tuvo una versión vernácula aumentada y corregida con el ingreso de las tesis del Círculo de Viena. La recepción de las obras del Carnap maduro y de Popper, en aspectos sustantivos, marca discontinuidades y rupturas con estos antecedentes positivistas, pero prolonga, al mismo tiempo, rasgos que son propios de aquél. Así por ejemplo, se mantienen, inalteradas en el fondo, posturas que son clásicas del positivismo: la de la unidad metodológica de la ciencia; la de la física matemática como paradigma científico y la del modelo de explicación por subsunción. La nueva filosofía de la ciencia anglosajona y las corrientes postempiristas (Hanson, Sellars, Toulmin, Kuhn, Lakatos, Polanyi) abandonan una versión fuerte del empirismo, pero continúan caracterizando a la ciencia, preferentemente, en base a la práctica que llevan a cabo las disciplinas que recaen sobre la naturaleza.

En realidad, la idea de ciencia como conocimiento infalible, había comenzado a desmoronarse con la llamada “crisis de la fundamentación” que sacudió a la geometría (Hilbert, Riemann, Brouwer), a la física (Einstein, Eisenberg, Bergson) y a la matemática (Russell, Husserl, Bourbaki), entre fines del siglo pasado y mediados de este siglo, mostrando los límites del formalismo y las aporías a las que conduce. El falibilismo popperiano (la primera versión de la Lógica de la Investigación Científica —Logik der Forschung— es del año 34) es el reflejo y también la respuesta epistemológica a esta crisis de fundamentación. En 1921, Wittgenstein había escrito su Tractatus Logico-philosophicus; en el marco de la tradición positivista, sigue considerando la ciencia empírica verificable como el único conocimiento genuino. Después vendría un viraje radical; sobre el mismo y sus consecuencias, hablaré en el siguiente punto.

[INDICE] [INTRODUCCIÓN] [CREENCIAS EPISTEMOLÓGICAS INSTITUCIONALIZADAS] [HACIA UNA RACIONALIDAD AMPLIADA] [CONCLUSIONES] [NOTAS] [BIBLIOGRAFÍA]