16 de Julio de 2018
Portal Educativo de las Américas
  Idioma:
 Imprima esta Página  Envie esta Página por Correo  Califique esta Página  Agregar a mis Contenidos  Página Principal 
¿Nuevo Usuario? - ¿Olvidó su Clave? - Usuario Registrado:     

Búsqueda



Colección:
La Educación
Número: (123-125) I,III
Año: 1996

5. ¿Podría caracterizar para nuestros lectores algunas de esas medidas?
En forma amplia agruparía estas decisiones en cinco campos. En primer término asumir que los países de mayor desarrollo relativo, al igual que los de mayor tamaño económico, tienen que buscar nuevas modalidades de cooperación con la OEA y el CIDI, dentro del nuevo espíritu que privilegia el trabajo conjunto y para el cual podemos ofrecer una vasta infraestructura en la sede y en nuestras oficinas nacionales. Ello estimulará que otras agencias de cooperación de países miembros y de países observadores trabajen con nosotros. Limitar su participación a los actuales niveles de aporte de fondos voluntarios hace muy difícil que el CIDI represente un cambio significativo en los niveles de cooperación que hoy reciben los países del Hemisferio, y en particular vuelve muy compleja la tarea de diseñar y ejecutar programas que tengan relevancia.

En segundo lugar, la OEA será cada vez más una institución orientada hacia políticas, ya que, entre otras razones, no tiene ni los recursos ni la capacidad para ejecutar programas en tantas áreas y en todos sus miembros. Los países de desarrollo y tamaño relativo intermedio deben mirar a la OEA como una institución de la cual reciben su cooperación a través del intercambio de experiencias y de información, del diseño de tratados y normas interamericanas, y de la preparación de documentos de política. Es en tal sentido como debe entenderse el principio de la nueva estrategia según la cual todos los Estados deben participar en las actividades de cooperación. Por otra parte, la Organización podría destinar los recursos que hasta hoy ha recibido para ayudar a movilizar los recursos de sus agencias de cooperación como empieza a ocurrir con Argentina y más recientemente con México y Brasil.
En tercer lugar, sobre los países de menor tamaño habría que diferenciar por niveles de ingreso relativo. Costa Rica, por ejemplo, ha expresado su voluntad de ser país cooperante en el área de democracia y derechos humanos. Por ello, habrá que diseñar parámetros que nos permitan que entre estos países haya un importante nivel de solidaridad, ya que algunos tienen elevados niveles de ingreso por habitante.

En cuarto término, los proyectos nacionales de cooperación solidaria para el desarrollo propiamente dichos deberían centrarse en la realización de experiencias de carácter piloto de las que pudieran derivarse enseñanzas que tengan un impacto permanente; y deberían darle un renovado impulso a las actividades de intercambio de experiencias, a la formación de sistemas de información y a la comparación, diseño y formulación de políticas de la agenda hemisférica. Y, desde luego, debemos desarrollar también mayor capacidad para colocar nuestros instrumentos al servicio de actividades y proyectos que nos permitan trabajar con otros organismos regionales e internacionales para cumplir tareas dispuestas por los Presidentes y Jefes de Gobierno y por las Asambleas de la OEA.
En el campo de la cooperación de carácter multinacional, por último y no por ello menos importante, la acción de la Secretaría General deberá concentrarse en acciones de apoyo al diseño y organización de programas y al desarrollo de un sistema de información sobre oferta y demanda de cooperación. La ejecución directa de programas de cooperación debería limitarse a casos muy específicos de proyectos piloto, o cuando se trate de tareas que le sean encomendadas para su ejecución, en áreas en que la OEA haya desarrollado cierta experiencia, tal como está ocurriendo en temas de democracia y desarrollo sostenible.