20 de Julio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (123-125) I,III
Año: 1996

Aportes del feminismo y la construcción de la noción de género como marco orientador

No se nace mujer, llega una a serlo

Esta frase de Simone de Beavoir manifiesta la consolidación del feminismo contemporáneo. A fines de los sesenta se encuentran o se expresan muchas de las claves para comprender el “cómo se llega a ser mujer” y por lo tanto se explicitan las relaciones y los contenidos que dificultan la mentada igualdad entre los hombres, la no discriminación, potencian las relaciones de poder de un sexo sobre otro y por lo tanto rigidizan sexistamente a la población, impiden las interrelaciones, perpetúan un modelo de estructuración familiar y consolidan privilegios, de los que no siempre son responsables los que los reciben.

Estas afirmaciones requieren situar la búsqueda de los orígenes de estos planes feministas. En ese sentido, correspondería tan sólo mencionar que ya desde el siglo XVIII se comenzó a plantear la cuestión de la igualdad de los textos. Así, en la Asamblea Nacional de Francia, Condorcet alude a que los derechos de los hombres y mujeres derivan del ser sensibles, susceptibles de adquirir ideas. Olimpia de Gouges expresó la demanda de las mujeres en la revolución francesa reclamando la extensión de los principios de igualdad y libertad para ellas.

En 1792 Mary Wollstonecraft escribió el primer libro feminista denominado Vindicación de los derechos de la mujer, mientras que en 1869 John Stuart Mill señaló el carácter cultural de la llamada “naturaleza femenina”. Los movimientos feministas de Gran Bretaña y Estados Unidos reivindicaban la igualdad ante la ley, el derecho al voto y la igualdad de oportunidades laborales, hasta llegar en 1848 a la “Declaración de Seneca Falls”, manifiesto del feminismo norteamericano.

Owen y Fourier, socialistas utópicos, denuncian también a la familia como base de una sociedad injusta y fuente de desigualdades, y hasta Marx y Engels desarrollan la falacia del concepto de igualdad y afirman que la verdadera igualdad entre los sexos habrá de pasar por la independencia económica de la mujer y por lo tanto de su incorporación al empleo asalariado. Engels planteaba que “el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia, y la primera opresión de clases es la del sexo femenino oprimido por el masculino”.

Durante fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX se asiste a la manifestación de los movimientos feministas y sufragistas, pero siempre predominaba en las propuestas antidiscriminatorias o igualitarias el acento en la debilidad de la mujer y su necesidad de protección, que evidenciaban una visión patriarcal-paternalista. Luego, los partidos progresistas y de izquierda plantearon los temas de la mujer muy relegadamente y ofrecían como solución la revolución social.

Hoy, a lo largo de los últimos 40 años, más específicamente en los últimos 20, los movimientos feministas reinstalan las polémicas sobre el tratamiento de lo femenino, y se expresan como movimiento social auténtico que tiene un amplio campo de batalla donde lo privado y lo público, lo individual y lo social, lo ideológico y lo político están ligados.

Los temas que se plantean son la antigua opresión de la mujer; la necesidad de evitar ideas de determinismo biológico —salvo en el reconocimiento de las posibilidades— la primitiva división social del trabajo entre los sexos, que el bien no implicaba desigualdades era ya una división histórico-cultural, como lo es toda relación social, y las relaciones de sexo y familia son básicas para interpretar una formación social, ya que la historia humana es la historia de las formas familiares, entre otros.

Podremos hablar de un mundo de la diversidad, de riqueza, en el que cada mujer no tenga que actuar o comportarse como las otras mujeres, ni los hombres igual que los otros hombres, sino que la individualidad de cada una y de cada uno se desarrolle plenamente en armonía con los intereses de todos. Un mundo en que los valores universalizables no vengan definidos por clase o sexo sino por la elaboración colectiva de todos y todas.

No existen acuerdos sobre el tratamiento de la problemática de la mujer, ya que hay posiciones feministas que exaltan las diferencias y las relaciones de dominación sobre las sometidas; posiciones propiciatorias de la igualdad y posiciones propiciatorias de la complementariedad. Frente a la multiplicidad de posiciones se hace necesario reconocer la necesidad de contribuir, en este momento histórico, a reconstruir y sintetizar el nuevo imaginario colectivo sobre la noción de género. Ello supone una redefinición y movimiento que se construye en cada sociedad y en cada país específicamente. No existe, pues, una naturaleza femenina inmutable sino una construcción relativa a determinados sistemas de creencias y valores acerca de como se comportan hombres y mujeres, y precisamente estas pautas culturales que distinguen las peculiaridades de cada sexo y sus relaciones es denominado género.

En la perspectiva de la construcción del conocimiento de mujeres y sobre mujeres es posible plantear que considerando el vasto y ya consolidado aporte de los estudios desde las ciencias sociales sobre mujer (economía laboral, sociología de las relaciones familiares y sociología del trabajo, ciencias políticas y las relaciones de poder, psicología) se consolidan los grupos de especialistas en mujer desde, por y para mujeres: carreras de especialización, ámbitos públicos de consolidación de la formulación de políticas y/o de su orientación. Entonces, dónde ubicar las investigaciones sobre educación y mujer: pues en la búsqueda del abordaje de cuestiones claves que se vinculan con los contenidos explícitos e implícitos en la reestructuración de las relaciones sociales superadoras de visiones sexistas.

Y en esta perspectiva, la de la discusión global sobre el alcance de las relaciones sociales en una sociedad efectivamente igualitaria y democrática, corresponde abordar el papel de la educación en esa perspectiva de tránsito transformador. Interesa pues el tratamiento de la mujer, de su problemática entendida como revisión de la idea de igualdad pensada como complementariedad, diversidad y libre elección. Sólo desde esta perspectiva se puede desentrañar la red inhibitoria en la construcción de una sociedad democrática