26 de Septiembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (123-125) I,III
Año: 1996

Los modelos de la modernidad

Las biografías de Billiken después de este recorrido por los libros de lectura son como un recreo dentro de la escuela, un recreo para la intriga, el suspenso, la picardía de la anécdota y el melodrama. Billiken frente a la escuela es un mundo de relatos estereotipados. Un mundo tranquilizador, pero también un mundo plagado de espesores y fisuras. El recorrido por las biografías de los grandes hombres, deja como saldo dos tipologías y también dos mecanismos para la construcción de personajes. Las Infancias de Franklin y Edison en Billiken son representativas del primer modelo. Las vidas de Moreno, Rivadavia o Belgrano pueden serlo del segundo. Más allá de la representatividad estadística, las biografías de Franklin y Edison condensan y extreman la retórica de Billiken. Condensan también expectativas de época. Franklin y Edison eran dos auténticos self made man: aquellos que desde la miseria y la ignorancia, contando sólamente con su constancia e inteligencia, llegaron a la fortuna y a la fama. El prototipo del éxito: la posibilidad de la movilidad social y del progreso indefinido. A costa del ahorro constante, pero también del ingenio. El nombre de Franklin ligado a la condensación de esta fórmula no parece nada casual. Su autobiografía fue durante mucho tiempo un verdadero best seller; los fragmentos del Almanaque, los Consejos del buen Richard fueron reproducidos en cuanta oportunidad hubo. Franklin, el inventor del pararrayos, fue una definición frecuente. Era el epígrafe de las figuritas de los chocolates de Aguila Saint en 1923. La imagen de Franklin como ejemplo moral se basa en la incuestionabilidad de su éxito. Pero su éxito no es sólo moral. Definirlo como inventor es suprimir de un plumazo la ética protestante, el ahorro, el esfuerzo, la mesura. Un tipo que puede inventar el pararrayos, puede saltar a la fama de la noche a la mañana: tiene un lugar ganado en las páginas del Billiken. Como Edison, al que se le atribuye hasta el hartazgo la frase de la transpiración, pero al que todos terminamos recordando por la lamparita —que no casualmente se convirtió en uno de los símbolos más clásicos de la historieta: la idea brillante, la ocurrencia genial. Los inventos fueron un beneficio para la humanidad, es cierto, pero también la posibilidad de salir del anonimato y la miseria. Y todo esto, sin pasar por la escuela.82

Los libros de lectura, en cambio, privilegian el modelo heroico: personajes sin psicología ni crecimiento, personajes históricos pero sin historia. Es un modelo biográfico que tiende a achatar al personaje, a convertirlo en estatua, a alejarlo tanto del hombre común que ya no puede servir como modelo. Sus normas de conducta están muy por encima de las exigidas usualmente. Son ejemplos, pero inimitables. Y si fuera posible imitarlos, no queda claro cuál sería el beneficio obtenido más acá de la posteridad.

Imitar a Franklin o a Edison es necesario para triunfar en la vida. Identificarse con ellos, tiene un sentido pragmático del que carecen los patriotas. Las biografías de los héroes no piden ser imitadas sino conocidas; y conocer estos modelos es necesario para ser un buen ciudadano.

El héroe y el self made man se vinculan de esta manera con dos aspectos distintos de la modernidad. Mientras el héroe es necesario para la construcción de la idea de Nación, el self made man es la prueba de que el progreso es efectivo. Y es en relación con estos modelos que se vuelve posible pensar la relación escuela/medios como un conflicto en el seno de la modernidad, aunque es difícil discutir aquí si se trata de un proceso de modernización real o de una mera “fachada de modernidad”, como dice Renato Ortiz.

Lo que es indiscutible es que la escuela argentina generó un país alfabetizado. Si nos guiamos por los libros de lectura, la escuela apuntó a la alfabetización y a la formación en historia nacional: un buen lector y un buen ciudadano. Pero la formación de un público lector implicó el desarrollo simultáneo de la industria editorial y periodística. Beatriz Sarlo piensa en los folletines como vehículos eficaces para la implantación del hábito de lectura83 y en las revistas de divulgación científica como lecturas frecuentes entre los aprendices de inventor.84 Billiken no es ajena a este círculo en el que la escuela es requisito para la lectura, pero no alcanza a definir una estética valiosa. Para ser culto no basta con ir a la escuela. Billiken es un producto de esta tensión: la cultura universal, los grandes poetas, los músicos célebres, en versiones compendiadas. Billiken no clasifica, por otra parte, sus inclusiones. Da lo mismo el artista culto que el kitch, todo puede mezclarse entre sus páginas. Las biografías de Billiken tienen una deuda importante con textos bastante viejos para esa época: los libros de lecturas populares, de lecturas amenas o antologías de biografías que circularon durante todo el siglo XIX. Se trata de libros cuyo criterio predominante era la información variada y amena, lo cual implica toda una concepción de la cultura.85 Billiken saca provecho de lo que Bourdieu llama “la autodidaxia legítima”: la sociedad exige una formación en cultura general que la escuela no brinda sistemáticamente.

La escuela primaria que —como dice Monsiváis— es “la única apuesta cultural masiva desde el Estado”86 nunca ha sido pensada como un instrumento de formación en cultura general; lecturas como las de “Un niño culto en la sociedad” reducen cultura a urbanismo. Sin embargo, también queda claro en los libros de lectura, que hay un corpus de información que la escuela debe transmitir. La escuela ha seleccionado relatos, datos, algunas técnicas, que no podían desconocerse.87 Billiken apareció como un medio muy apropiado para ampliar ese corpus. Los medios, en general, por su estructura, por la diversidad de temas que tratan, por su capacidad para alimentar la conversación social han sido siempre útiles en este sentido. Pero Billiken agregaba la legitimidad de su inserción escolar. Se mostraba como una revista culta.

Pero esto es casi una paradoja. Billiken es culta porque es aceptada en la escuela (y viceversa por supuesto) pero los mecanismos que utiliza (las versiones compendiadas, pero también los géneros, la profusión de ilustraciones, los modelos propuestos) entran en contradicción con los escolares.

La escuela en la Argentina persiguió intereses abstractos: la Ciencia, la Humanidad, la Nación. Los medios dieron recetas para el hombre exitoso, sus intereses fueron los de la vida cotidiana. Frente al científico, el inventor. Frente a la Humanidad, el hombre. La escuela es una apuesta de futuro —lejano, con mayúsculas—, basada en un conocimiento ya clausurado, cerrado por la historia. Los medios proponen recetas urgentes, inmediatas. También hacen lecturas cerradas, pero como puntapié para la acción. Billiken suma dos elementos claves para su éxito inicial: ya no es ni la Humanidad, ni el hombre. Es el niño. Billiken identifica sin vacilaciones las peculiaridades infantiles, en un momento en que a la escuela todavía le cuesta reconocerlas. Pero además, Billiken también incorpora conocimientos de “cultura universal”. Y de esta forma legitima todo lo que toca.

La cultura universal y las fórmulas del periodismo norteamericano. La legitimidad y el éxito. Billiken arma un panteón bien ecléctico. Comencé este trabajo con la descripción de la primera Billiken, de las estrategias para lograr instalarse en el mercado y en el campo cultural. Algunas de esas estrategias la acercan a la escuela, otras entran en franca contradicción con ella. La historia de Billiken muestra un progresivo acercamiento, una progresiva “escolarización”, a costa de contradicciones y fisuras. A esta estrategia le han sucedido muchas otras que fueron dejando de lado los componentes más ricos de esta primera época. Salvo algunos picos entre los años 40 y 50, Billiken nunca vuelve a ser tan variada.

Durante 1992 Billiken publicó un Diccionario de biografías escolares. Su publicidad televisiva fue explícita: se trataba de una herramienta escolar. Hoy las biografías se adecuan mejor al diccionario. Vidas para ser consultadas o utilizadas, antes que leídas o disfrutadas. Billiken se transformó imperceptiblemente en la “revista escolar”, la revista que piden las maestras, no los chicos.