22 de Julio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (122) III
Año: 1995

Evolución del concepto de democracia

De la manera como una sociedad concibe la democracia, así mismo serán las actitudes y las prácticas que se lleven a cabo en este campo.

Tradicionalmente en nuestro país, hasta antes de la creación de la Constitución de 1991, la democracia se consideraba como un tema de discusión e interés primordial de la clase política y de los funcionarios del gobierno en asuntos que tenían que ver con el funcionamiento del aparato estatal. Así, la democracia tenía un reducido grupo de personas que debatía sobre ella, mientras que para el grueso de la población el tema era tratado de manera casi exclusiva con motivo de los debates electorales a través de los cuales se elegía el Presidente de la República, los miembros del Congreso (Senado y Cámara de Representantes), Asambleas Departamentales y Concejos Municipales.

Esta situación varió notablemente cuando en el año de 1990 un grupo de estudiantes universitarios decide impulsar lo que se denominó en aquella época “la séptima papeleta”, nombre con el cual se indicaba e invitaba a la ciudadanía a depositar un voto más, mediante el cual se proponía la modificación de la Carta Constitucional a través de la elección de una Asamblea Nacional Constituyente.

Este movimiento, tomado inicialmente como una manifestación de inconformidad de la juventud, tuvo tal auge y aceptación popular, que el gobierno de la época tuvo que aceptar tal decisión y convocar a elecciones para la conformación de la Asamblea Nacional Constituyente el 9 de diciembre de 1990.

La nueva Constitución transformó radicalmente el concepto de democracia, haciendo de ella una preocupación que compete y es responsabilidad de toda la población y que debe estar presente en las diversas manifestaciones de la cotidianidad.

No se hace en este artículo un recuento pormenorizado de lo acontecido a partir de la nueva Constitución, mas sí mostrar como con ella fue posible comenzar a ver la democracia como un asunto que a todos involucra y, por lo tanto, de la necesaria participación ciudadana.

Se reseña a continuación de una manera breve, pero concreta, los cambios de mentalidad respecto a la concepción de democracia tradicional, originados por la participación ciudadana y la Constitución de 1991. No se pretende, de modo alguno, plantear que ellos estén plenamente interiorizados en toda la nación, pero sí que se constituyen en las bases conceptuales desde las cuales la sociedad colombiana concibe y construye una nueva democracia.

Primero, asumir que la democracia tiene su base y su razón de ser en el pueblo, el cual la emplea como una expresión de su poder soberano. Esta situación tiene un profundo significado social, en tanto reivindica el derecho de la nación para participar en la construcción de su propio futuro.

Segundo, tener presente que la democracia está íntimamente ligada a nuestras actitudes diarias, es decir, de la manera como cada uno de los seres humanos nos relacionamos con nosotros mismos, con el prójimo y con el entorno.

Tercero, aceptar que la diferencia es un hecho real, necesario y valioso, en tanto es la oportunidad de compartir y de confrontar diversos puntos de vista en procura de construir, a través del diálogo, alternativas de solución a la problemática de una comunidad, de una nación.

Cuarto, reconocer la democracia no como un acto o norma de carácter legal sino como un proceso, lo cual implica aceptar que su construcción presenta puntos altos y bajos, que en ese caminar hay logros y tropiezos pero, sobre todo, que no hay una meta preestablecida y única, pues la misma dinámica social hace de ella un accionar permanente, que genera continuos cambios.

Quinto, que la democracia se construye en el diario vivir y que, por lo tanto, se va materializando con el vecino, en la cuadra, en el barrio, abarcando hechos sociales, culturales, deportivos, políticos, educativos, en una palabra, se edifica en las diversas manifestaciones de la vida misma.

Sexto, que la democracia por la cual debemos trabajar es aquella que involucre a la totalidad de las personas, de una manera plena y responsable, es decir, una democracia de carácter amplio y participativo.

Si bien lo anteriores puntos mencionados se constituyen en bases conceptuales para construir una nueva visión y realidad de democracia, no menos importante es saber que dicho proceso cuenta con un sinnúmero de obstáculos, que entorpecerán obviamente su concresión.

Una de las primeras dificultades que es necesario afrontar lo constituye el hecho que la democracia requiere de una alta dosis de responsabilidad personal, o como lo expresara Estanislao Zuleta (1995) “Es muy fácil elogiar la democracia, pero es muy difícil de aceptarla en el fondo, porque la democracia es la aceptación de la angustia de decidir por sí mismo” (124).

Este tipo de planteamiento remite a pensar que la democracia se construye desde el ámbito de lo personal, si se quiere, desde lo individual de cada ser humano, luchando cada día por racionalizar ese encuentro que establece consigo mismo y con las demás personas y no atribuir la existencia de formas no democráticas solamente a factores externos (el gobierno, la sociedad, etc.).

Para lograr modificar la forma de pensar y de actuar, es decir, pasar de la visión de la democracia como asunto de otros —algo externo a mi— para asumirla como un compromiso y una responsabilidad personal, se requiere de un gran trabajo que permita ese cambio de paradigma. Es aquí donde la Escuela colombiana tiene uno de sus mayores retos contemporáneos, en tanto puede involucrar a una gran cantidad de personas, compuesta por estudiantes, padres de familia, directivos, docentes, así como del conjunto de prácticas académicas y administrativas tradicionalmente realizadas, todo ello en procura de su transformación.

Dentro de este largo proceso de construcción de una democracia participativa, es cuando surge la necesidad de su reconceptualización, para llegar a entender que ella debe ser asumida como la determinación racional que toman las gentes de una nación, reconociendo sus diferencias como paso inicial para dialogar sus problemas, evaluar sus conflictos, manifestar sus discrepancias, plantearse alternativas, elaborar consensos y emprender acciones mancomunadas que apunten a la construcción de soluciones a sus problemáticas.

La democracia, tal como aquí se plantea, no puede concebirse como un fin en sí misma, sino como una forma de pensar y de actuar que haga posible que las personas que conforman una sociedad estructuren las maneras como diseñan y realizan sus prácticas cotidianas, de tal modo que sus esfuerzos estén encaminados a alcanzar unos mejores niveles de vida, tanto para sí como para las generaciones futuras.