20 de Julio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (122) III
Año: 1995

Caminos para la democratización de la escuela

La posibilidad de transformar el mundo escolar, haciendo de él un espacio cada vez más democrático y con ello llevar un aire renovador a otras instituciones y espacios de la sociedad colombiana, debe partir de abordar, necesariamente, las concepciones desde las cuales se mira la educación y la Escuela misma.

En lo que respecta a los postulados educativos, uno de sus pilares lo constituye el papel que la Escuela debe jugar como espacio para el aprendizaje y no como tradicionalmente se le ha tenido, un lugar para la enseñanza. En este sentido es válido citar a Román Sánchez y Musitu Ochoa (1980), quienes expresan:
Lo importante no es que los profesores de bachillerato, formación profesional o universidad ‘enseñen’, sino que los alumnos de bachillerato, formación profesional o universidad ‘aprendan‘. Lo esencial, lo predominante es el aprendizaje y no la enseñanza, ya que ésta no sería tal si no se produjera el aprendizaje esperado. Ningún profesor enseña bien si sus alumnos no aprenden. De nada sirve que él crea que enseña bien si sus alumnos no alcanzan los objetivos de conocimiento o comportamiento que él esperaba. La demostración que se enseña bien está en el aprendizaje de los alumnos y no en otra parte o criterio. Si nuestros alumnos no han aprendido habremos estado haciendo ‘de todo’ menos enseñar. (80)
Este cambio de paradigma resulta esencial para lograr la democratización de la Escuela, pues ello implica que los docentes diseñen y proporcionen a sus estudiantes diversas posibilidades para que aprendan, dejando atrás la visión según la cual estos mismos estudiantes deban aprender los contenidos y a través de los métodos que el docente quiere. Esta nueva forma de asumir la Escuela y el conocimiento es reconocer que su proceso de construcción no tiene un solo camino y que, por el contrario, son variadas las formas de edificarlo.

Pero, además de lo antes expuesto, se requiere de parte del docente asumir que todos sus estudiantes no son iguales, que no poseen los mismos intereses y expectativas, ni que aprenden en iguales formas y ritmos. Se requiere, por lo tanto, darle un sello individualizante a los procesos pedagógicos.

La Escuela, sin embargo, no es sólo un espacio para el intercambio educativo entre maestros y estudiantes; es, ante todo, una entidad socialmente responsable y forjadora de buena parte de los cambios que la sociedad en general y los individuos en particular pueden generar. Por lo tanto, si una de las funciones de la Escuela —además de ser el ente socialmente escogido para producir, preservar y difundir conocimiento— es socializar a sus usuarios, tendrá que preocuparse más en crear y vivenciar condiciones democráticas para que éstas se trasladen y crezcan en el ámbito social.

Desde estos planteamientos resulta factible desvirtuar la validez de quienes afirman que para que exista democracia en el país se requiere aumentar la cobertura del sistema escolar. No basta con que se amplíen los cupos en las escuelas, los colegios y las universidades para hacer que la democracia crezca; es necesario que la misma Escuela en su conjunto sea un espacio de dinámicas y de prácticas de carácter democrático.

Si la Escuela es la formadora de todos los profesionales, los tecnólogos y los técnicos que la sociedad requiere para su funcionamiento, debe mirarse a sí misma y erradicar de su seno las concepciones que no ayuden a educar en un espíritu de democracia.

Una manera de erigir actitudes democráticas dentro de la Escuela lo constituye aprender a desarrollar tareas cooperativamente, mostrando los beneficios que esta forma de trabajo posee para dar respuesta a los problemas que la cotidianidad presenta y simultáneamente llevar a cabo los procesos de construcción de conocimiento.

Para interiorizar esta forma de trabajo es necesario racionalizar la importancia que tienen los procesos comunicativos, como el medio a través del cual es posible construir consensos. Así, es prioritario pasar del tipo de comunicación tradicional —caracterizados por su unidireccionalidad (del docente hacia el estudiante) e impositividad (no dispuesta al diálogo sino a la obediencia)— a unas que tengan como fundamento su carácter bidireccional y que reconoce en la palabra del otro un medio para aprender cada vez más de la temática objeto de diálogo.

Asumir esta última posibilidad de enfrentar los procesos administrativos y pedagógicos de una institución escolar, se hace indispensable subsanar un gran vacío que ha existido dentro de nuestra Escuela y en buena proporción en el resto de la sociedad: aprender a trabajar en equipo.

El trabajo en equipo es la forma de materializar una metodología cooperativa, en donde cada uno de sus miembros hace una entrega tal que contribuya al crecimiento académico y personal de cada uno de sus colegas, a la vez que él se enriquece con los aportes recibidos de sus compañeros.

Esta forma de concebir el trabajo escolar —pero con fuertes repercusiones para las diversas facetas de la vida— requiere del desarrollo de nuevas actitudes y prácticas, como las que a continuación se señalan:

a) habituarse a preparar con anticipación la temática sobre la cual se va a trabajar, a través de la búsqueda y el análisis de información pertinente al tema. Se busca con ello evitar un mal arraigado en nuestra sociedad, como lo es la ausencia de planificación y de preparación anticipada para enfrentar los retos y las tareas que la academia y la vida presenta, lo que ha generado una práctica muy común en la sociedad, como lo es la improvisación.

b) incorporar la escritura como un medio a través del cual se realice la sistematización de la reflexión sobre el objeto de trabajo determinado. Esto conlleva a que el estudiante comprenda que todo proceso de investigación que se realiza siempre debe estar acompañado de la tarea de escribir.

c) asumir una actitud de diálogo permanente con su equipo de trabajo, lo cual requiere de aceptar y valorar la diferencia, máxime en un país como Colombia, donde el nivel de intolerancia nos ha llevado a ver tanta sangre derramada por asuntos que podrían resolverse de manera no violenta, haciendo uso de esa valiosa herramienta que es el diálogo. A su vez, para que éste prospere, se hace necesario tener presente los presupuestos de la comunicación que señala Antanas Mockus y sus colaboradores (1987): “que lo que se exprese sea comprensible y tenga sentido para los participantes, y que se manifiesten libre y honestamente los interlocutores buscando una comprensión compartida de aquello de lo que se trate” (61).

d) asumir que la construcción de conocimiento y la búsqueda de la verdad son tareas permanentes y que los resultados que se logren siempre serán provisionales respecto de nuevas investigaciones. En un momento histórico como el presente, en los albores del siglo XXI, no se puede comprender el mundo si no se asume una actitud flexible y dinámica, que permita incorporar los cambios que en las diversas manifestaciones de la vida se presentan.

No es tarea fácil aprender a trabajar en equipo, pues en el fondo es una lucha contra los esquemas individualistas que la Escuela y la sociedad ha inculcado entre sus miembros, pero se constituye en una alternativa válida y necesaria para el avance del conocimiento y la construcción de formas democráticas dentro y fuera del recinto escolar.

Así tan importante como es aprender a trabajo en equipo —asumido como una de las estrategias para construir la democracia en la Escuela— es lograr incorporar más de lleno la lectura, pero sobre todo la escritura, como procesos a través de los cuales los estudiantes desarrollen la capacidad de racionalizar su pensamiento.

Estudios realizados por diversos investigadores muestran, como lo hace Henry A. Giroux (1990), que la escritura juega un importante papel en el proceso de estructuración del pensamiento:
Un enfoque dialéctico debería examinar el proceso de escribir como una serie de relaciones entre el escritor y la materia que trata, entre el escritor y el lector, y entre la materia tratada y el lector. En términos generales, un enfoque de esta naturaleza debería considerar la escritura en su más amplia relación con los procesos de aprendizaje y comunicación. En este caso, aprender a escribir no significaría ya aprender a desarrollar un sistema de distribución instrumental, sino, como lo ha dicho el doctor Carlos Baker, aprender a pensar. La escritura es en este caso una epistemología, una forma de aprendizaje. (133)
Si la democracia nace de la confrontación racional de ideas, es por ello que la lectura y, sobre todo, la escritura deben ser herramientas que acompañen y generen procesos de racionalización. La elaboración de discursos escritos mediante los cuales se defiendan o sustenten determinadas situaciones, bien sea del campo de las ciencias o de las humanidades, requiere de acopio de información, la creación de una estructura discursiva, el empleo de argumentos, el uso de ejemplos y en general de todas aquellas estrategias y recursos que hacen posible convencer racionalmente al otro de la validez de X o Y punto de vista.

Las prácticas textuales se convierten así no en un fin en sí mismas, ni en respuesta de los estudiantes a las exigencias del docente, sino en la posibilidad de racionalizar lo que se piensa y, por lo tanto, en un camino para construir democracia. Si la democracia requiere de asumir actitudes racionales y, a su vez, la escritura contribuye a esa racionalización, se puede afirmar que los procesos textuales son un aporte a la producción de pensamiento de carácter democrático.

Desde esta perspectiva, la elaboración de periódicos (con todo lo que ello implica: creación de diversos comités, es decir, trabajo en equipo, consulta, entrevistas, elaboración de borradores, ...) el uso más frecuente de la biblioteca, los concursos de cuentos, poesías, ensayos, son diversas maneras de lograr que los estudiantes participen racionalmente de sus procesos de aprendizaje, valiéndose en todos ellos de las posibilidades que brinda la lectura y la escritura. Serán estos mismos procesos de aprendizaje y de estructuración de pensamiento las bases sobre las cuales se construya la democracia en la Escuela.

De otro lado, es necesario que la Escuela construya espacios y mecanismos para el ejercicio de la democracia; así, por ejemplo, los eventos que tradicionalmente son exclusividad de los docentes (evaluación de la disciplina escolar) y de estos con los padres de familia (entrega de informes académico-disciplinarios), deben contar con la presencia y la participación de los estudiantes, quienes pueden y deben plantear alternativas de solución a las diversas problemáticas que se ventilen.

Como se ha podido ver a lo largo del presente artículo, el proceso de transformar la Escuela colombiana en un espacio democrático y con ello influir en el conjunto de la nación, tiene respaldo en un ordenamiento jurídico, lo que ha permitido cambios en la estructura administrativa y académica de ella; sin embargo, son variadas y complejas las tareas que son necesarias emprender, es grande el esfuerzo que es indispensable realizar por parte de estudiantes, docentes y padres de familia, pero todo ello bien vale la pena, pues de su reorientación depende en gran parte el futuro del país y unas mejores condiciones de vida para el conjunto de sus habitantes.