19 de Septiembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (121) II
Año: 1995

Introducción

Para iniciar el planteo del problema que trataremos en este artículo voy a partir de las reflexiones de un investigador y educador norteamericano, Arthur Bolster, quien hace ya más de una década, escribía:
En los pasados veinte años he trabajado ... en dos mundos distintos y sorpresivamente separados, uno, como profesor en una escuela de educación en una prestigiosa universidad y otro, el de una escuela secundaria pública. Desde esta experiencia yo he aprendido que la enseñanza, comparada con otras profesiones tales como comercio, medicina, leyes, odontología y salud pública, es la menos afectada por los hallazgos de la investigación profesional. En mi propio distrito, como en el mundo más amplio de la educación, las relaciones entre teóricos y prácticos de la pedagogía no han sido generalmente, ni cercanas ni altamente productivas. (Bolster 294)
Entiendo que las reflexiones que transcribimos expresan con gran claridad el estado de las relaciones que nos ocupan. Entre los investigadores norteamericanos el problema del uso del conocimiento resultante de la investigación educativa para orientar las prácticas pedagógicas ha recibido considerable atención (Buchman 171; Good 127; Kerlinger 5). Refiriéndose en particular a la situación de Argentina, Gibaja observó que la desvinculación existente entre investigadores y maestros puede interpretarse como un  fracaso de la investigación en educación para orientar la práctica pedagógica y producir cambios positivos. En 1988, Gibaja escribía:
Parecería que tanto la práctica escolar como la investigación educacional de las últimas décadas no cumplieron con las expectativas despertadas por los grandes teóricos de la educación: ni se han mejorado apreciablemente los modelos instructivos corrientes para poder enfrentar las nuevas demandas educacionales ni la investigación ha profundizado en los problemas de la escuela y del contexto instructivo con la suficiente lucidez y seriedad como para que sus resultados satisfagan nuestros interrogantes actuales. (Gibaja 520)
Es interesante destacar esta observación porque estaría señalando el mutuo empobrecimiento de ambos campos. Si los investigadores no miran hacia la escuela, pueden estar perdiendo no sólo un área de aplicación de sus resultados, sino un contexto de investigación a partir del cual se pueden plantear y desarrollar teorías pedagógicas. Por otra parte, si maestros y profesores no atienden a las producciones de la investigación en educación pueden estar limitando considerablemente el marco de conocimientos que informa sus decisiones instructivas y con ello disminuyendo también la calidad de sus intervenciones pedagógicas. Desde el área más específica de los estudios sobre la comprensión de la lectura, esta situación ha sido planteada por Hoffman, en términos más restringidos pero igualmente duros:
Muchos de los estudios revelaron enormes discrepancias entre la instrucción ofrecida en la mayoría de las clases y el tipo de instrucción que la investigación básica sugiere que podría beneficiar más a los estudiantes. (Hoffman 944)2
Como vemos, el problema ha sido señalado tanto desde los estudios más amplios sobre la escuela y el aula, como en trabajos relativos al tema de la lectura. El desafío parece ser entonces el de buscar los caminos para tratar de integrar estos mundos distanciados. En lo que sigue comentaré algunas ideas que, convenientemente difundidas, podrían generar acciones propicias para conseguir el propósito mencionado.