15 de Diciembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (121) II
Año: 1995

Dimensiones y facetas del problema

La falacia oficialista

Es de conocimiento general el tradicional estribillo expresado a través de la historia por muchos líderes de países en desarrollo: El acceso a la educación es una prioridad fundamental de nuestro gobierno y lucharemos porque sea universal . . . . Por lo tanto, no cejaremos en nuestros esfuerzos hasta que la educación pública alcance todos los rincones de la geografía nacional. La historia nos ha enseñado que esa letanía es una falacia y que el presupuesto para la educación en nuestros países, en términos generales, no ocupa los primeros lugares en la jerarquía del presupuesto nacional. El porcentaje del presupuesto nacional destinado a educación en Guatemala es aproximadamente 14%, mientras que el porcentaje promedio para América Latina es 18% (SIMAC 1988). De igual manera, los recursos asignados a la educación en países en desarrollo típicamente son escasos si no inexistentes. El trabajo de los educadores no es suficientemente valorado, está mal pagado y la inversión en educación es percibida en muchos círculos oficiales y privados como el sembrar en arenas movedizas. Expresado en forma cínica, el argumento esgrimido para justificar tal posición se lee más o menos así: “La verdad es que hasta que no llenemos primero otras necesidades más básicas, no podremos empezar a pensar en cosas más metafísicas”. Irónicamente, esta falacia no está sustentada por la evidencia empírica que apoya precisamente el argumento contrario. Específicamente, investigaciones en numerosos países muestran una robusta correlación entre la inversión en educación y el desarrollo económico. En este orden de ideas, la World Conference on Education for All (WCEFA 1990) sostiene que:
muchos países han hecho mejorías sociales sobresalientes como resultado de la continua inversión en oportunidades de aprendizaje básico. La experiencia de Europa y América del Norte, y más recientemente de Japón, Korea y Singapur, apoyan fuertemente la conclusión de que la educación básica es una parte necesaria en la fundamentación eficiente y equitativa para el desarrollo nacional. (13-14)
Actualmente, Guatemala aún lucha por elevar su nivel de desarrollo y desafortunadamente se ha adscrito por mucho tiempo a la falacia oficialista mencionada anteriormente. Antes de discutir las repercusiones de adherirse a dicha falacia, es pertinente que se describa el contexto socioeconómico del país. Guatemala: Algunos indicadores socioeconómicos1

Guatemala es una nación primordialmente agraria (57% de la fuerza se trabajo es dedica a la agricultura). La diversidad cultural del país es probablemente su característica más prominente. Por ejemplo, 56% de la población son ladinos (mezcla de indígenas y europeos), 44% de los habitantes son de ascendencia indígena y más del 40% hablan un idioma indígena como primera lengua (existen más de 18 lenguas indígenas derivadas del Quiché, Cakchiquel, Ketchí y Caribe).

La población nacional es de nueve millones (casi el 50% es menor de 15 años) y la expectativa de vida es de 62 años. La tasa de crecimiento poblacional aumentó 2,8% durante el período de 1980-1988 y la tasa de fertilidad era 5,8 niños por mujer en 1988. La centralización de recursos es un gran obstáculo para el desarrollo del país y es más obvia en las áreas de salud y servicios básicos. Según distintas fuentes de información hay un médico por cada 2.180 habitantes y una cama de hospital por cada 470,4 habitantes. Durante el período 1980-1987 sólo el 52% de la población tenía acceso a servicios de agua potable y únicamente el 34% de los habitantes tenía acceso a servicios de salud. De igual manera, se estima que el 60% de la población guatemalteca vive en niveles de pobreza. Este último aspecto tiene una relación directa con la eficiencia del sistema educativo, pues se ha documentado que la pobreza está correlacionada con el fracaso escolar (Biber 1984; Stark, Menolascino y Goldsbury 1987).

La educación en Guatemala: Una realidad sombría

Como resultado de la adherencia a la falacia oficialista, la educación en Guatemala se encuentra en un estado deplorable. La repetición, la deserción escolar, el analfabetismo y la grave ineficiencia del sistema educativo son algunos de los problemas actuales. Según estudios recientes, Guatemala se encuentra hoy en la lista de países con sistemas educativos que requieren esfuerzos radicales para su mejoramiento, junto con Nicaragua, El Salvador, Bolivia y República Dominicana (Patrinos y Psacharopoulos 1992). Los altos niveles de pobreza y de falta de servicios básicos aumentan el riesgo de fracaso escolar que tienen la mayoría de niños en escuelas públicas de Guatemala. Se estima que casi uno de cada dos alumnos en escuelas primarias de Guatemala repiten al menos un grado (i.e., 47%). Se ha reportado que a muchos alumnos les toma hasta 18 años poder terminar el ciclo de la educación primaria (USIPE 1987). En este orden, se ha encontrado que existe una reducción significativa en la inscripción de niños en escuelas públicas entre las edades de 7 y 14 años (Galo de Lara 1990) y que las niñas tienden a asistir a la escuela menos que los varones (Newman y Bezmalinovic 1991). En un estudio longitudinal se encontró que 300.000 niños se habían inscrito en el primer grado en escuelas públicas en 1982 y que en 1987 sólo 89.000 niños habían continuado hasta el sexto grado (USIPE 1987). De acuerdo a la misma fuente, las dos razones más importantes que explican la alta tasa de repetición escolar son la falta de entrenamiento en destrezas básicas de aprendizaje en el primer grado y la inadecuada preparación de los maestros.

Estos indicadores muestran que Guatemala enfrenta hoy un monumental reto para reconceptualizar y reorganizar la educación nacional.2 Como un primer paso, dicha reforma educativa debería ser dirigida tanto a mejorar substancialmente los macroindicadores de eficiencia del sistema nacional de educación, así como también a reconfigurar el proceso de enseñanza-aprendizaje que se verifica diariamente en los salones de clase. Más aún, es necesario reiterar que la tesis que apoya este trabajo es que los esfuerzos de cambio que se han implementado en Guatemala no han enfatizado suficientemente la multiculturalidad del país. A continuación se presentan algunos argumentos que justifican la necesidad de enfatizar la diversidad cultural de esta nación en el campo educativo.