20 de Julio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (121) II
Año: 1995

La imagen social

La docencia: ¿Oficio o profesión?

Un factor importante a considerar en el análisis de la situación del docente, es el respeto de que gozan los educadores en la sociedad en general, y en particular, por parte de los alumnos, porque de ello dependerá que encuentren más o menos dificultades en el desarrollo de sus tareas. En la sociedad tradicional existía cierto acuerdo entre los integrantes de la comunidad sobre lo que se debía esperar de los maestros, el rol estaba definido con claridad. Pero, esto ha cambiado en nuestros días y, conjuntamente con el pasaje del nivel medio al nivel terciario de la formación docente, se plantea la discusión acerca del carácter profesional o no profesional de la docencia.

En general se considera que una profesión surge cuando un número de personas logra practicar una técnica definida basada en una educación especializada, cuyo fin es proporcionar servicio o asesoramiento. A la vez, desde la sociología de las profesiones se señala también como requisito para que un trabajo sea considerado profesional un alto grado de autonomía en el desempeño de la tarea.

El trabajo docente se acercaría a un trabajo profesional en tanto implica el dominio de la “tecnología” o saber docente. Pero, en este caso es fundamental la presencia de la instancia de concepción y planificación. Cuando el docente se limita a la mera implementación de acciones concebidas por otros, su labor puede identificarse como la de un “práctico idóneo” en lugar de un trabajo profesional, y el maestro, sólo aparece, formando parte de un complejo aparato en el que se destaca la subalternidad jerárquica de su tarea como empleado de una gran burocracia educativa (Hansen 1983).

Precisamente, una de las razones del menor prestigio del que goza en comparación con otras profesiones en la imagen social, está relacionada con la forma en que se regula su actividad. La misma está sometida a un detallado sistema de controles y regulaciones administrativas que burocratizan su tarea, disminuyendo el grado de autonomía en la planificación y la concepción y aún en la ejecución, a través de lineamentos curriculares muy prescriptivos, circulares o instructivos puntuales, y a través de estilos institucionales de tipo autoritario.

La docencia: Un sacerdocio

Otra de las imágenes que ha prevalecido con frecuencia es la del maestro como “apóstol de la educación”. En relación con este tema, Andrea Alliaud (1994) reseña, en un interesante artículo, las características del proceso de “profesionalización” docente en nuestro país. Dicha autora sostiene que en Argentina el magisterio como institución social tiene un origen y un devenir histórico a través del cual fueron tomando cuerpo y definiéndose muchas de las características que en la actualidad la constituyen.

En sus orígenes, a fines del siglo pasado, el magisterio presentó una serie de rasgos particulares que hicieron de esta actividad una “misión” antes que una profesión (Alliaud 1994). Si bien, el título docente, expedido por las escuelas normales asegura, en principio, la formación de un cuerpo de especialistas, la escuela pública, desde un comienzo, se dedicó, principalmente, a “educar” —antes que instruir— a las clases más bajas de nuestra población. Es decir, aparece con la finalidad de formar o socializar al “hombre nuevo”, habitante de una sociedad que se iba “modernizando” (op. cit., 64).

De este modo, la función específica del maestro (la instrucción, la enseñanza) se diluye y va cobrando forma el maestro “socializador, moralizador, educador”. El modelo prescrito para tal función es la de maestro ejemplar, transformado en modelo viviente de las virtudes que enseña. Así, las exigencias para con el “ser” del maestro adquieren preponderancia frente a las exigencias del saber. Tal modelo produce un sello particular en el devenir de la “profesionalización” docente: la educación, concebida como un bien preciado, se transforma en una “misión” social y transforma a su vez a la docencia en un “sacerdocio”, función que exige para su ejercicio de una fuerte vocación o llamado interno que implica la entrega y el sacrificio. Dentro de esta ideología, fueron formadas las maestras de la tradición normalista, cuya influencia se extiende hasta bien avanzado el presente siglo.

El maestro: Un técnico de la educación

Hacia mediados y fines de la década del 60, bajo la influencia del discurso desarrollista, surge una nueva perspectiva que pretende diferenciarse de la anterior, en cuanto a principios teóricos, metodológicos y técnicas de formación docente, esto es, el profesionalismo tecnocrático (Suárez 1994).

Desde esta corriente, se enfatiza el “carácter eminentemente profesional del trabajo docente y la necesidad de implementar una capacitación específica y habilitante en el manejo de técnicas y conocimientos instrumentales que garanticen una labor educativa más ‘eficaz’ en las escuelas” (290), desdibujándose la imagen vocacional que planteaba el normalismo.

A partir de allí, la función social básica de la educación sería la capacitación y el entrenamiento de mano de obra calificada, para ocupar puestos de trabajo específicos en procesos productivos cada vez más complejos y diversificados. Como consecuencia de esto, se replantea la formación docente que pasa del nivel medio al nivel terciario y comienza a hablarse de los “profesionales de la educación”.

Sin embargo, desde 1968 —que en Argentina— se cambió la formación secundaria por la terciaria, se han suscitado numerosos problemas en el reclutamiento de los docentes. Por empezar se perdió la tradición normalista, que nunca fue reemplazada, reduciéndose tanto el número de egresados como el de ingresantes, siendo necesario llenar los cargos con personas sin título docente habilitante (Grassi 1994). Además, en esta instancia, los maestros se convierten en meros transmisores —de acuerdo a ciertos patrones metodológicos y técnicos prescritos— del saber escolar producido por los especialistas en el gabinete.

Esta perspectiva, que quiso constituirse en superadora de la tradición vocacional normalista, derivó en una significativa descalificación profesional, más que en su jerarquización (Grassi 1994; Suárez 1994; Puiggrós 1994).

El maestro: Un proletario de la educación

Finalmente, y junto con el surgimiento de las organizaciones gremiales docentes, se configura una nueva imagen acerca de la función social del trabajo docente: el de trabajador de la educación, en la que, sin desconocer ni ignorar las exigencias específicas de la formación se prioriza su carácter de asalariado y su inclusión en el colectivo de trabajadores, cuya condición laboral se encuentra en crisis por bajas remuneraciones y situaciones de riesgo en el desempeño de la tarea (Almandoz y Hirschberg 1992).

Así, existen, actualmente, corrientes de opinión que se refieren a la proletarización del trabajo docente, poniendo de manifiesto la complejidad del mismo en cuanto a su doble dimensión entre trabajo asalariado y trabajo profesional. Para ellas, el trabajo del maestro, en el contexto del ajuste, comparte las mismas condiciones laborales que el resto del colectivo de trabajadores. La preparación de maestros sobre bases poco profesionalizantes para responder a la masificación, el atraso en la formación técnico científica, la pérdida de especificidad de la tarea en función de la carga asistencial, la sobreocupación obligada por las bajas remuneraciones, son algunos de los más significativos factores que inciden en este cambio en la situación ocupacional del maestro (Grassi 1994).

Esta concepción de proletarización tiene como supuestos la homogeneidad del colectivo de docentes, sin hacer distinciones por función, nivel, formación profesional o rama de la enseñanza, y la asimilación de éstos al conjunto de la clase trabajadora como agregado social mayor, lo que implica un intento por superar la dicotomía entre trabajadores manuales y trabajadores intelectuales (OIT 1991). Además, considera que los docentes como trabajadores asalariados, han sufrido importantes modificaciones en su composición interna: aumento cuantitativo, feminización, pérdida de salario, desjerarquización y parcelación de su tarea en cuanto a separación concepción —ejecución.