17 de Octubre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (121) II
Año: 1995

Introducción

Debido a dos recientes fenómenos sociales, por una parte, la creciente competitividad económica tanto entre países como entre bloques económicos, y por otra, la globalización del mundo moderno —donde las identidades son cada vez más transnacionales— se ha venido dando una atención mayor a la educación como actor de importancia en estos procesos. Si bien en los años 60 se otorgó atención a la educación como el vehículo más acelerado para la modernización, y luego en los años 70 hubo un período de crítica y desilusión, hoy se vuelve a la educación como la herramienta para hacer al país económicamente competitivo.

La educación recibe prioridad como mecanismo de cambio social y económico por el hecho de trabajar con el principio de “justicia distributiva”. Es decir se puede otorgar sin dificultad a aquellos que la solicitan. Este principio de “justicia distributiva” es de mucho más fácil implementación que el otro principio de “justicia redistributiva”, el cual implica quitarle algo a alguien para dáselo a otro. Mudanzas sociales a través de la justicia redistributiva como las reformas rurales y las reformas urbanas desatan mucho más controversia y conflicto.

Hoy en día, los sistemas educativos buscan, oficialmente por lo menos, no solamente otorgar educación masiva y conocimientos útiles sino también una educación que promueva e inclusive genere justicia social. Este último objetivo nos lleva a discutir la diferencia entre la igualdad y la equidad. El término “igualdad” se utiliza en educación para referir la situación donde los alumnos son tratados de igual manera: reciben la misma calidad de enseñanza y gozan de locales físicos, de texto escolares, de materiales didácticos, etc., de igual naturaleza y calidad. El término “equidad” se emplea para referir la necesidad de actuar con justicia. En la equidad hay una dimensión ética en el sentido que la igualdad de acceso o de oportunidad es muchas veces insuficiente para promover la justicia social y por lo tanto es necesario hacer más. Además la justicia social es definida no como una situación donde todo el mundo es igual —lo cual es ciertamente imposible— sino como una situación donde los destinos ocupacionales, de vida, de ingreso, de oportunidades de vida en general no son predeterminados sino dependen de habilidades e intereses individuales.

Dos autores norteamericanos, Joseph Farrell y Henry Levin, han trabajado el concepto de igualdad en forma detenida y observan que al hablar de igualdad, en el área educativa, tenemos que considerar cuatro formas que no son necesariamente niveles: a) igualdad en el acceso o en la oportunidad de participar en la escuela o en la universidad; b) igualdad en el alcance escolar, es decir, en lograr un número similar de años de estudios; c) igualdad en los conocimientos que se aprenden en la escuela (no igualdad en el aprendizaje sino igualdad en el nivel de calidad y en los tipos de conocimientos a que los estudiantes son expuestos); y por último; d) igualdad en los beneficios que se obtienen en la sociedad a través de la educación, como ser en lo que se refiere a ocupaciones, ingresos, prestigio, etc.

En cambio, el concepto de equidad se destaca por su preocupación por conseguir una igualdad de resultados. Su lógica es la siguiente: ya que grupos históricamente menos privilegiados no pueden competir bajo términos iguales, éstos necesitan oportunidades o intervenciones especiales o adicionales. En la práctica, esto implica el uso de recursos y procesos diferenciales a fin de que estos grupos se puedan verdaderamente beneficiar. En otras palabras, la distribución igual de recursos no es suficiente. Veamos un ejemplo, el ofrecer libre acceso a la universidad a jóvenes de modestas capas sociales no preparados para ella, pueden garantizarles el fracaso subsiguiente. Para proporcionarles un real acceso a la educación superior, será necesario ayudarles también a través de mecanismos como cursos suplementarios (para subsanar deficiencias en los conocimientos básicos) o becas para que no tengan que trabajar y puedan ser estudiantes a tiempo completo. Aún más, será preciso intervenir en la educación de estos jóvenes en el nivel secundario e inclusive el primario. Otro ejemplo, más micro en naturaleza, trata sobre la equidad de género: sabemos que las niñas hablan menos que los niños en el aula; bajo el principio de igualdad, simplemente se debería dar igual tiempo a las niñas. Pero sabemos también que si damos igual tiempo a las niñas cuando los niños están acostumbrados a no prestarles atención, no se ha ganado mucho al respecto. El concepto de equidad no puede asegurar igual resultados pero sí fortalecer la posibilidad de que resultados iguales sean alcanzados. El propósito de la equidad es el de minimizar desventajas sobre las cuales los individuos no tienen control. La equidad, por emerger en circunstancias específicas, no tiene fórmulas estandarizadas sino relativas.

Después de una larga existencia de aproximadamente 150 años, los sistemas educativos de América Latina reflejan niveles de participación altos en cuanto al acceso a la escuela pública. Ciertamente las tasas de matrícula bruta superan en mucho a las tasas regionales para Asia y África en los tres niveles educativos: primaria, secundaria y estudios superiores. El acceso a la universidad en América Latina no es solamente más alto que en otras regiones en vías de desarrollo sino que, en algunos casos, iguala o supera las estadísticas universitarias de varios países europeos.

Es interesante observar que en el nuevo debate en torno a la educación en América Latina, se habla de mudar al sistema del presente énfasis sobre el acceso hacia cuestiones de calidad. Es decir, los argumentos están pasando de igualdad de acceso a igualdad en los conocimientos que se derivan de la escuela. Este discurso implicaría que los problemas de acceso están resueltos. ¿Pero es esto correcto?