16 de Diciembre de 2018
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<<Biblioteca Digital del Portal<<La Educación<<La Educación (120) I, 1995 <<Artículo
Colección:
La Educación
Número: (120) I
Año: 1995

Introducción

El presente trabajo tiene por finalidad compartir los resultados de mi investigación en torno a un análisis pedagógico de la evaluación educativa y sus potencialidades formadoras de la persona. Tal vez, para comprender la razón por la cual elegí dicho tema, resultaría de interés una mirada a mi trayectoria profesional y del camino que he recorrido en el campo de la educación. Provengo del campo de la Didáctica, quizás más específicamente del Planeamiento y la Tecnología Educativa. Mi quehacer ha sido la búsqueda de la eficiencia en la educación, la administración de sistemas educativos, la administración de sistemas de educación a distancia, la búsqueda de mejores maneras de funcionamiento de las instituciones escolares. He realizado algunas tareas de investigación en el área de la evaluación de programas, de la evaluación del rendimiento escolar y de la evaluación de instituciones. El transitar por el campo de la teoría fue realizado hace tiempo, en la época de mi graduación como Licenciada en Ciencias de la Educación y en ese entonces esos estudios fueron verdaderamente teóricos, sin un contacto directo con el quehacer educativo. De esa formación quedaron en mí principios, conceptos que yo adhería y a los que no había vuelto a partir de una reflexión personal, y que no llegaban a establecer una total correspondencia con el quehacer cotidiano.

Cuando inicié mis estudios para el Doctorado en Educación, decidí retomar la vertiente teórica para intentar una síntesis personal entre la teoría y mi práctica pedagógica. Debo reconocer que en aquellos comienzos, las reflexiones sobre la persona y los interrogantes constantes sobre estos temas promovieron mi meditación y nuevos horizontes se abrieron para mí desde afirmaciones como: la persona es el ser que continuamente se construye a sí mismo, el centro de su propia historia personal, la obra de su libertad, de sus opciones y decisiones. Desde allí, nace mi inquietud de indagar acerca de un quehacer educativo en el marco de la educación de la persona, de indagar la posibilidad de transformar a la instancia evaluativa en las instituciones escolares en un aporte para la formación de la persona. Surge allí el interrogante que me acompañó a través de esos dos largos años y que dio origen a mis investigaciones.

En la actualidad, se vive una realidad social contradictoria. Pensadores de este siglo, desde distintas posturas ideológicas, han denunciado situaciones que se encuentran en plena vigencia en el sentido que aquello que fue planteado tras los avances científico-técnicos como posibilidad de armonía, de justicia y de libertad, se traducen ahora en un caos de luchas de intereses particulares, en desigualdades injustas, en el olvido del hombre y su dignidad, encontrándose instalado en el mundo el reino de las contradicciones. Habermas ha señalado que la forma de vida que se ha hecho obsoleta y retrógrada, y por ello opresora y alienante, es la que encuentra su reflejo ideológico en una conciencia tecnicista que excluye de la dignidad científica a todo pensamiento moral. Esta ideología —agrega Habermas— arranca de las manos de los hombres el timón de la historia y deja a ésta en manos del autodesarrollo ciego de ese monstruo que es el aparato técnico-económico.1 Enfatiza además que
... desde un modelo positivista, los hombres se interpretan a sí mismos desde una perspectiva tecnicista; creen ideológicamente que la organización racional de la convivencia, y su felicidad material, depende directamente del desarrollo científico-técnico. Los intereses sociales que determinan el desarrollo tecnológico coinciden con los imperativos de un autodesarrollo técnico sin fin.2
Por su parte, Romano Guardini considera, en el mismo sentido, que la posesión de la técnica no está dirigida ni a la utilidad ni al bienestar, en último término, sino que se refiere al dominio y al poder en el sentido más extremo de la palabra. Estima al poder como algo totalmente ambiguo que puede operar tanto el bien como el mal, que puede construir como destruir. Señala al respecto que el poder en manos de la técnica ha crecido cada vez en proporciones más gigantescas en tanto que el sentido de responsabilidad, la claridad de conciencia, de carácter, no son al compás de este incremento.3 Para este autor, el poder de la ciencia y de la técnica, en el fondo no es ya poseído por el hombre sino que se ha objetivado y continúa desarrollándose y determinando a la acción autónomamente, según el proceso lógico de los problemas científicos, las construcciones técnicas y las tensiones políticas. Se ha llegado a una estructura humana vinculada a la técnica y a la planificación que es el hombre-masa cuyas conductas son automáticas y repetidas, careciendo de la posibilidad de poseer una forma peculiar y ser original en su conducta, siendo ya un modo de vida la inserción en una organización o en un programa.

Se puede constatar que el hombre es sometido por los diferentes mass media para adoptar valores y creencias de una manera mecánica carente de libertad. Está condicionado de tal modo, intelectual y emotivamente, que sólo puede responder con reacciones y no con respuestas. El hombre de hoy acepta relatos, ideas-fuerza, slogans sin meditación, sin un juicio crítico previo. Parece haberse diluido por completo el criterio de verdad y, es más, éste se construye por consenso entre las partes que intervienen en una situación.

Desde la perspectiva de la persona y sus valores esenciales, esta situación pareciera llevar a la conclusión de que una sociedad edificada únicamente sobre los pilares de la ciencia y de la tecnología conduce al fracaso. El paradigma tecnológico4 parece no funcionar para la persona, ya que en él quedan dimensiones de ella que no son tenidas en cuenta. Se hace necesario en defensa del hombre y de su porvenir, un nuevo paradigma que humanice este panorama. Ernesto Sábato considera que es urgente regresar el ser humano hacia marcos humanos y el centro del problema es la persona. Habermas dice al respecto que:
... la reflexión autocrítica ha de despertar una nueva conciencia encaminada a la transformación de una sociedad supertecnificada e irracional en una sociedad humana y racional, en la que los hombres sean capaces de determinar libremente cuál es el sentido de sus vidas, cómo quieren vivir.5
En ese camino se ha de gestar una civilización nueva que respete los valores del ser humano propiamente dichos: la conciencia, la libertad, el saber compartir con el otro, y en la que el hombre vuelva a ser dueño de sí mismo y de sus decisiones, tomando en sus manos el ordenamiento de la ciencia y de la técnica al servicio de la dignidad humana. El camino de construcción de una nueva sociedad que tenga en cuenta los valores humanos y la dignidad de la persona es un proceso de cambio que hunde sus raíces en la transformación de las mismas personas que conforman la sociedad. En el interior de este proceso de transformación se encuentra un problema educativo que debe resolverse desde una perspectiva diferente.

Existen instituciones cuya finalidad, determinada por la función social que cumplen, es la formación de las nuevas generaciones. Esa finalidad se concreta definidamente en el seno de la institución educacional cuyo sentido particular es la instrucción de los jóvenes y la transmisión del patrimonio cultural. Las escuelas se ocupan de esta clase de educación durante un período prolongado en la vida de los alumnos. Se hace necesario que estas instituciones revisen su posibilidad de participación en los procesos de formación de la persona en base a las cuestiones planteadas.6

Los tiempos de cambio que se viven exigen a las instituciones escolares el cumplimiento de nuevas funciones, además de las asignadas con referencia a la transmisión de la cultura. Al ser dichos tiempos, espacios cuya finalidad específica es la educación, se hace necesario que las instituciones revisen la posibilidad de cumplir su función educativa en atención a la totalidad de la persona. En líneas generales, puede afirmarse que la mayoría de las escuelas de nuestro medio especifican, entre sus objetivos y sus planificaciones operativas, la aplicación de modelos “personalistas” o “personalizados” de organización de la gestión educativa, y además se refieren a la educación para la formación integral de la persona en una sociedad democrática. Sería coherente esperar que todas sus actividades educativas, sus enfoques metodológicos, sus criterios de disciplina y la estructura misma de la escuela estuviese orientada en este sentido.

La institución educativa se ha planteado diferentes metodologías de enseñanza, sistemas de convivencia y disciplina, posibles modalidades en la organización de los centros educativos, a fin de responder a las características de las personas, pero aún no se ha reflexionado de forma sistemática a la evaluación desde este punto de vista. Desde mi investigación, indagué si la evaluación puede ser una instancia fundamental en esta tarea. No es propósito de ella agotar el análisis de todas las implicancias que pueden derivarse hacia la evaluación desde una teoría de la persona. Sino hubiera sido necesario el estudio acerca de qué aspectos del proceso educativo debieran ser tenidos en cuenta prioritariamente, desde una evaluación que atendiera a estos conceptos, o hubiera sido importante también revisar los criterios que surgen de ellos para la selección de instrumentos y procedimientos.

Mi trabajo sólo pretende iniciar un análisis de la evaluación ahondando únicamente en un aspecto de la misma referido a las posibilidades que en ella se encuentran de colaborar con la formación de la persona y, por lo tanto, con la coherencia entre la teoría y la práctica. Particularmente, me interesó encontrar respuesta al interrogante que se plantea en el sentido de si le es posible a la institución escolar, a partir de una manera diferente de entender a la evaluación, atender a los requerimientos de una sociedad que le solicita su colaboración con la tarea de la formación personal.

En la lectura de autores, que pueden ser ubicados en una teoría personalista, no se encuentran mayores diferencias con otras posturas en el modo en que plantean la evaluación. En algunos casos, como Rosales,7 se encuentran algunos fundamentos y propuestas novedosas que se refieren a la evaluación como un proceso de reflexión sobre la enseñanza. Se encuentran también algunas sugerencias y experiencias de una mayor participación de los alumnos en el proceso evaluativo. Fernández Pérez,8 refiriéndose a las posibilidades de la evaluación, señala que puede ser el instrumento de transformación en la institución escolar y considera que la misma puede producir cambios en la persona, los que se traducen en efectos educativos. Se considera que una institución educativa, verdaderamente centrada en la persona, debe plantear la evaluación desde una perspectiva diferente al modo en que se efectúa tradicionalmente. Esta modalidad de la evaluación supone haberse planteado las notas características de la persona, los procesos que se dan en el interior de la formación personal y los elementos constitutivos de un acto de evaluación.

Teniendo en cuenta los interrogantes que surgen de los conceptos expuestos, desde este trabajo se ha intentado realizar una investigación en este sentido, a partir de reflexiones sobre la evaluación desde una teoría centrada en la persona y orientada hacia su perfeccionamiento y considerando cuáles son los requisitos que, desde esta postura, se deberían tener en cuenta para hacerlos efectivos. De esta manera, se espera contribuir con el desarrollo de procesos que permitan una mayor coherencia entre la teoría y la práctica educativa en estas instituciones y a la vigencia efectiva de estos principios en su quehacer cotidiano, así como con el cumplimiento de funciones esenciales de la escuela con el fin de colaborar con la construcción de una sociedad que tenga en cuenta los valores de la persona.

El interrogante planteado fue: ¿Es posible desde el acto de evaluación que se realiza en el interior de las instituciones educativas contribuir con los procesos de formación de la persona? Este interrogante ha conducido a la pregunta que plantea si la evaluación puede prestar a la institución educativa alguna utilidad en este orden, si puede contribuir a hacer a la escuela más humana, teniendo como centro a la persona. Se ha pretendido llegar a la esencia del acto de evaluación en sí mismo y responder acerca de sus potencialidades particulares, sobre los procesos que la evaluación puede desatar.

Para su elaboración he partido de dos supuestos. Primero, que en toda instancia evaluativa que tiene por objeto la conducta de una persona o las relaciones interpersonales, hay potencialidades formadoras con la capacidad para poner en marcha procesos de reflexión crítica que llevan a la toma de conciencia de sí mismo y de la realidad y al ejercicio efectivo de la libertad en la toma de decisiones; y, segundo, que este acto se encuentra coadyuvado por el encuentro con los otros y se concreta en una intención y en un proyecto, el que implica la síntesis entre el pensamiento y la acción. Considero que estos procesos son el aporte esencial que la evaluación puede hacer a la problemática educativa y pueden hacer de la institución una comunidad crítica, autoconciente y responsable que funcione como un currículo formador de personas. En él se afirma que la evaluación es mucho más que una tecnología, una metodología y una medición. Se la comprende vinculada con una filosofía que explica los sentidos últimos de las cosas, que promueve una vuelta sobre ellos para definir aspectos esenciales y mirar la realidad desde esa perspectiva. Se la considera un juicio de valor que procede de una comparación y que, por lo tanto, implica la elaboración o selección de criterios que se apoyan en una teoría que se define por un enfoque específico acerca del sujeto de la educación, de la escuela, de la sociedad, de los valores y del conocimiento.

A fin de contestar el interrogante planteado sobre las potencialidades que se encuentran en el seno de la evaluación, me fue necesario dar respuesta en mi trabajo a las siguientes preguntas: a) ¿Qué es la evaluación y cuál es su panorama actual en la cultura pedagógica vigente?; b) ¿Qué es la persona y cuáles son sus notas esenciales?; c) ¿Qué significado tiene la formación de la persona y qué procesos intervienen en la misma?; d) ¿Cuándo puede considerarse que una evaluación es educativa y cuáles son sus potencialidades formativas?; e) ¿Qué requisitos plantea la evaluación educativa en la institución escolar?

A tales fines se analiza en primer lugar el estado de la evaluación educacional dentro de la cultura pedagógica actual, revisándose su evolución durante el siglo XX, sus conceptos, sus funciones y modelos así como las prácticas evaluativas referidas al alumno, al docente y a la institución educativa y los enfoques teóricos que fundamentan algunas de estas prácticas. En segundo lugar, se analizan los fundamentos teóricos de la cuestión a partir de un concepto de persona que se elabora desde la consulta a autores tales como Sócrates, Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Guardini, Mounnier, Maritain, Frankl, Flores d’Arcais, Böhm. Se indaga luego en estos autores y en otros como Honore, Willman, Flitner, Dilthey, Marx, Hubert, Furter, el significado del proceso de formación de la persona para inferir de allí los elementos esenciales del mismo. En tercer lugar, y desde estos conceptos, se analiza a la evaluación educativa a partir de la virtud de la prudencia tal como la plantea Santo Tomás, y del discernimiento ignaciano. Se profundiza luego en el proceso de valoración y en las potencialidades que radican en él.

Como consecuencia de los análisis realizados, se sostiene que la tarea de colaborar con la formación de la persona se hace posible siempre que la puesta en marcha de los procesos evaluativos impliquen procesos reflexivos y de participación; que conduzcan al encuentro con el otro y a la elaboración de proyectos; y que los criterios de evaluación que se determinen se encuentren vinculados a la definición de los aspectos esenciales de una situación y a su manifestación en una realidad concreta.

Desde esta perspectiva me ha sido posible intuir nuevas posibilidades en el interior de la institución escolar hacia la formación de las personas que se vinculan con ella y, de manera especial, hacia la formación de la persona de los alumnos y de los docentes. Además, he podido intuir también la necesidad de revisar la organización de estas instituciones en torno a la creación de espacios de reflexión y de encuentro, y en torno a la participación en la toma de decisiones y en la elaboración de proyectos.

Quedan como preguntas pendientes, de qué manera puede organizarse una institución que revalorice estos procesos como componentes esenciales de las instancias de evaluación y qué cambios se considera oportuno producir en el interior de los actuales procesos evaluativos con relación a los alumnos, a los docentes y a la misma institución, para que estos enunciados se cumplan.