19 de Septiembre de 2018
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<<Biblioteca Digital del Portal<<La Educación<<La Educación (120) I, 1995 <<Artículo
Colección:
La Educación
Número: (120) I
Año: 1995

El pensamiento liberal democrático y el pensamiento marxista

Estos temas son centrales a la problemática que se considera en este artículo. El estrecho enfoque de los análisis del poder sociopolítico y la dificultad creciente que la economía capitalista encuentra en reproducirse, crean un cierto silencio en los círculos donde efectivamente se desarrolla e implementa la política sobre la posición social y económica de la mujer y el deterioro del mundo natural. Ese silencio se refleja en la carencia teórica de los conceptos formulados para sostener las formas opuestas del poder que dominaban el pensamiento del período de la Guerra Fría. En el Occidente, las ciencias sociales desarrollaron una ideología completamente concentrada en las características del estado liberal democrático. La meta explícita de los enfrentamientos internacionales y domésticos era el establecimiento y mantenimiento de instituciones políticas electorales. Las definiciones aceptadas de la democracia se referían únicamente a la existencia de partidos políticos competitivos, las campañas para puestos públicos y las actividades legales destinadas a influenciar los resultados de las elecciones o el proceso legislativo.4 Jamás se consideraba el ejercicio del poder absoluto, fuera de operaciones gubernamentales, y no se consideraba porque no era posible cuestionar las implicaciones sociales del régimen de propiedad privada y los derechos absolutos relacionados con ella.

La consideración de cuestiones sobre el autoritarismo y democracia en ámbitos más amplios que el foro electoral ha sido, por lo tanto, ilegítima o marginal. El pensamiento liberal democrático y su pariente —no querido, pero sí esperado— la derecha conservadora, hicieron distinciones radicales entre los ámbitos público y privado. Como consecuencia, las instituciones en donde la mayoría verdaderamente vive la vida —la familia, la escuela, la fábrica, la finca, la oficina— salieron de la actividad política legítima. Es decir, el poder ejecutado dentro del mundo privado no era de controversia política; era —y sigue siendo— perfectamente legítimo el ejercicio de poder autoritario dentro de estas instituciones en donde realmente no existe preocupación por consideraciones de igualdad y derechos humanos, de justicia o de representación. El cambio social ocurriría solamente en los ámbitos electorales o legislativos, y se percibirían a las sociedades con gobiernos elegidos y constitucionales como sociedades libres, aliados en la lucha contra el comunismo internacional. El comunismo internacional, de hecho, era una expresión conveniente para la amenaza de la posible pérdida de libertades democráticas, las cuales, en muchos sentidos, no contemplaba la mujer de Norteamérica y América Latina.

Dentro de la tradición liberal, pocas veces se discute públicamente el hecho de que la mayoría de las mujeres no pasan sus días en instituciones democráticas. Las exigencias de sus vidas diarias no dejan tiempo libre para actividades propiamente “políticas”.
Para la mujer, la conceptualización pública de la democracia ha sido limitada porque desvía el terreno crítico de comportamiento social donde la práctica democrática no existe (como la casa y la escuela) y presupone que las instituciones estables y legítimas son necesariamente democráticas en su suministro de servicios sociales (como escuelas, agencias de bienestar, hospitales). Para muchas mujeres, sobre todo del Tercer Mundo, cuyas vidas exigentes no les permiten el uso de sus derechos como ciudadanas o para quienes las normas sociales sobre su feminidad son muy estrechas, el énfasis en las instituciones políticas formales concentra sólo un aspecto bastante marginal y aislado de sus vidas.5
Además, la mujer —en las instituciones autoritarias en que se ubica— tiende a ocupar una posición subordinada. En América Latina y el Caribe, la mujer trabajadora aparece en los porcentajes mayores dentro de los sectores donde, precisamente, los ingresos son sumamente bajos o no existentes: la economía del hogar, la economía informal y las zonas francas. Entonces, si la mujer no comparte el poder, ni en su casa ni en el trabajo, porque es mujer, los procesos electorales democráticos no le importan tanto. Esto no significa que no le importan nada, sino sugiere que, cuando ella llega al momento de votación, se le presentan hechos consumados. Los candidatos ya han sido seleccionados, las políticas ya se han consolidado, y a partir de allí sólo puede escoger la opción “A” o la opción “B”, de las cuales ninguna representa una propuesta en la que ella hubiese tenido la oportunidad de expresarse. En el marco de esta tradición, los mundos del hogar y del trabajo remunerado, donde la jerarquía de edad y sexo favorece a los varones adultos, han permanecido fuera de la consideración política y la influencia democrática por estar ubicados dentro del ámbito de la propiedad privada.

El sector privado de producción, en donde ocurre también la explotación de recursos naturales, representa un ámbito en el cual las normas democráticas no influyen mayormente como tampoco las decisiones técnicas o las relaciones humanas. La empresa privada moderna es centralizada a través de su sistema de manejo de información, jerarquizada por su estructura ocupacional, y deshumanizada por su tecnología y su política de empleo.6 De hecho, la tecnología avanzada de información y transporte creada por el capital mismo, constituye un arma definitiva en el conflicto histórico entre la fuerza laboral y el capital, porque ha dotado a la empresa de una capacidad que aún no posee el trabajador colectivo: la movilidad. A pesar de que el capital siempre ha sido más móvil que la mano de obra, la tecnología nueva representa un nivel de movilidad cualitativamente distinta. Servicios, información y bienes pueden atravesar hoy largas distancias a velocidades ni siquiera imaginadas apenas una generación atrás. Esta capacidad constituye un elemento que cambió el balance de negociación entre la fuerza laboral y el empresario al poner en las manos de éste el poder de insistir en salarios congelados o reducidos, beneficios minimizados, y condiciones inseguras.7 Le da la opción de “take-it-or-leave-it” (tómelo o déjelo) y abre posibilidades de romper para siempre con el contrato social entre el trabajador y su jefe. La reestructuración de capital, que incluía la reducción de personal, el cierre de la fábrica, y la reubicación geográfica, se transformó en una lucha, no solamente entre el empresario y sus empleados, sino también entre el empresario y la comunidad. En las últimas décadas, se observa de manera creciente empresas abandonando comunidades por intereses de índole económico y privado sin preocuparse por el futuro bienestar de la población. Para resolver la crisis económica que enfrentaba durante los 80, el capital americano adoptó una serie de ajustes que impactaban de manera directa a los sectores más vulnerables de la fuerza laboral y a sistemas ecológicos vinculados a la producción. Primero, amplió las condiciones más atrasadas y explotantes de producción industrial. En los Estados Unidos, se observaba la reaparición de “home work” y “sweat shops”, donde no están reguladas ni controladas las condiciones de seguridad o salud. En América Latina y el Caribe se extendían las zonas francas donde, en muchos países, la mano de obra es sumamente barata y están prohibidas las actividades sindicales.8 En ambos casos, la mayoría de los empleados son mujeres. En las zonas francas de América Latina y el Caribe, un promedio de 80% de los trabajadores son mujeres jóvenes entre los 16 y 24 años. “Muchas investigaciones documentan los ingresos a nivel de subsistencia y las condiciones peligrosas de trabajo que desgastan la salud de estas empleadas en pocos años. De allí, o les reemplazan de la reserva laboral local o la compañía  se  traslada  a  otro  lugar  mientras  muchos  países  ambiciosos promueven el componente joven y femenino de su fuerza laboral en términos competitivos”.9

Segundo, empezaron las grandes empresas a enfrentar y desarmar las regulaciones ambientales que aumentaron los costos de producción. Organizaciones en Norteamérica como la Mesa Redonda de Negocios (Business Roundtable), la Asociación Nacional de Fabricantes y la Cámara de Comercio inundaban a candidatos políticos y organizaciones anti-ambientalistas con fondos y apoyo.10 El propósito de estos esfuerzos ha sido la desregulación y privatización de la economía a través del desmontaje de la legislación ambiental que los movimientos democráticos con aspectos sindicalistas, feministas y ecologicistas lograron establecer durante los años 60 y 70. En casos donde no era posible desarmar derechos laborales adquiridos de salud o regulaciones que controlan la extracción de recursos naturales y limitan las dimensiones de contaminación legal, la industria privada se trasladó a países con climas jurídicos más favorables a sus operaciones. En el mundo de la producción industrial privada, donde la escala de operación atrajo la atención pública a causa de problemas sobre el consumo de recursos, contaminación ambiental y la sobre-explotación, las empresas se han ido buscando otros lugares que sigan permitiendo la operación sin regulación, entre ellos los parques industriales y áreas urbanas de América Latina y el Caribe.

En general, la empresa privada logró una revisión de la agenda ambiental durante los años 80, desplazando el enfoque del enfrentamiento entre intereses económicos privados y la sociedad civil. En cambio, la lucha sobre asuntos ambientales actuales ni siquiera considera la manera más efectiva de resolver problemas ecológicos. Más bien, se limita a la controversia sobre el derecho del pueblo a considerarlos. Hay todavía que establecer este derecho público, porque no cabe dentro del régimen jurídico de la propiedad privada con sus derechos prioritarios.

En otra parte del mundo, la tradición marxista abrió un espacio para empezar a considerar la opresión de la mujer y la exclusión del pueblo de las decisiones relacionadas con el consumo de recursos naturales y la conservación del medio ambiente. Esta tradición definía el ámbito público de manera mucho más amplia, introduciendo y enfocando la realidad de la explotación dentro de los lugares de trabajo. Pero el espacio se cerró otra vez cuando lo condicionó en un marco conceptual definido únicamente por la dinámica de la lucha de clases. Como la sociedad socialista se definía por haber superado este conflicto de clases, consideraba que cuestiones de explotación, tanto de mujeres como de recursos, ya estaban resueltas. En consecuencia, el mundo privado de la familia tendió a salir del marco de análisis en el que también escapaban a su consideración las estructuras complejas de la opresión social y cultural. Y, puesto que la producción ocurría únicamente en instituciones públicas y estatales, el desgaste del medio ambiente y el patrimonio natural no podía ser un asunto de controversia.

Existe acuerdo que en Europa Oriental y en la Unión Soviética se eliminaron muchas bases económicas y sociales sobre la explotación y discriminación de la mujer, por medio de la legislación, pero en gran medida persistió la realidad de la opresión social y cultural. Y las mujeres que han participado en las luchas armadas de Centroamérica informan que la dedicación al movimiento no se traduce luego en posiciones de conducción en las instituciones civiles de posguerra. Las mujeres de Nicaragua avisaron a las del Salvador y Guatemala que no equiparan la participación en la lucha armada con equidad de género.11

De hecho, ninguna de las corrientes del pensamiento actual entiende la magnitud de la opresión de la mujer o la destrucción de los ecosistemas de la Tierra, porque, tanto la tradición liberal como la marxista, se preocupan por cuestiones de propiedad, es decir el poseer y adueñarse de cosas materiales para sacar beneficios individuales. Mientras esta preocupación se oculta en el pensamiento liberal con la retórica de la igualdad individual, la libertad y la democracia, el verdadero proyecto del estado liberal democrático es proteger la propiedad privada para promover la acumulación de capital. Cuando el estado liberal y la economía enfrentaron una crisis en el modelo de desarrollo establecido, la retórica de los ideólogos subió a un nivel más estridente, buscando refugio en las ideas de Milton Friedman y la escuela de Chicago: intentaron equipar directamente la libertad individual con la propiedad privada.
La libertad en arreglos económicos es en sí un componente de la libertad como un concepto amplio, y por lo tanto, la libertad económica es un fin en sí. La libertad económica es también un medio imprescindible hacia el logro de libertad política.12
En este clima político, se definió la libertad, explícitamente, como el derecho de propiedad y el derecho de disponer de ella sin restricciones impuestas por preocupaciones con el bienestar público. Desde entonces empezamos a oír y vivir con una libertad que proviene de la privatización, la desregulación y los regímenes de libre comercio.

Las sociedades socialistas también estaban fundamentalmente preocupadas con la propiedad y la posesión, porque las clases sociales que determinan la dinámica de explotación están identificadas por su relación con la propiedad. En consecuencia, en el contexto de la teoría marxista tampoco entendemos la dinámica de la opresión de la mujer porque cruza líneas de clase y porque las sociedades socialistas existentes se presentaron como si hubieran eliminado las clases. Pero para abordar este tipo de explotación especial al que es sometida la mujer, tenemos que explorar las áreas de la vida donde las cosas verdaderamente suceden: en la familia y en el trabajo.

Igualmente, ninguna teoría se refiere a la necesidad de proteger los elementos infraestructurales de los sistemas reproductivos de la Tierra porque ésta es una noción que, por definición, escapa completamente a los límites de la propiedad privada. Para considerarla sería necesario ir mas allá de la trascendencia teórica de derechos basados sólo en individuos y reconocer derechos públicos en el contexto económico y derechos privados en el contexto cultural. Y esta manera de abordar una cuestión económico/político no se permite en el mundo occidental. La ideología liberal democrática, específicamente, se ha desarrollado de tal manera que ha separado los derechos democráticos y los derechos de propiedad. La teoría liberal política, que considera cuestiones de poder, no se trata con cuestiones económicas, y la teoría liberal económica no examina consideraciones de poder.
Por lo tanto, la teoría liberal hace invisible el poder de capital: demócratas no pueden atacar el poder económico dentro del marco de teoría liberal porque carecen de los instrumentos para hacer que este poder aparezca. Sin embargo, la desaparición del poder cuando uno se mueve del mundo práctico de la economía a sus modelos teoréticos se basa en una maniobra fácil de exponer: es la división entre lo público y lo privado que esconde el poder en la economía...13
Por su parte, la teoría marxista oculta la opresión de la mujer y la destrucción del medio ambiente porque explica todo el cambio social con última referencia a una sola causa: el conflicto entre las clases sociales y la existencia de una clase social dominante. Aunque la teoría de Marx enfocó la manera de formar a la gente a través de sus propias prácticas sociales, y enfatizó que los ámbitos de la vida privada, como el hogar y el trabajo, son centros de dominación, en la práctica del socialismo no se construyó una alternativa de la vida privada. Simplemente no la reconocía, y por lo tanto no trataba cuestiones de individualismo, de opciones personales, de libertad. Excluyeron de consideración prioritaria formas de opresión social y cultural y presentan las formas de producción, distribución y consumo como las únicas instancias determinantes de la oportunidad. “Como consecuencia, tanto el patriarca como el burócrata eran protegidos de la crítica”.14

La teoría no reconoce ni la importancia ni la complejidad de la vida privada donde se reproducen las ideas, el comportamiento y la manera de ser de la gente: donde se reproduce el conjunto de estructuras del poder que permite o limita las opciones de las personas. Estos conjuntos de reglas pueden manifestarse como instituciones concretas (por ejemplo, la policía), en convenciones lingüísticas (como el uso genérico de la palabra “hombre” o la expresión “selva virgen”), en costumbres o expectativas sociales (como los derechos de primogénesis), o en la práctica jurídica (en caso de divorcio, la mujer queda con los niños pero pierde el apoyo financiero del marido).15

Además, no solamente existen estructuras múltiples del poder, sino que éstas se relacionan de una manera integral para crear efectos acumulativos. Como resultado, los grupos que no tienen ni derecho ni costumbre de expresarse con libertad en el ámbito privado, no lo pueden hacer públicamente tampoco, aunque tienen derecho de hacerlo legalmente. Y la invisibilidad de estas estructuras de poder da lugar a una especie de “victimología”, o sea una práctica donde se culpa a la misma víctima por su propia subordinación y no se reconoce en el ámbito público el efecto de la subordinación que existe en el mundo privado.

La destrucción ecológica que ocurrió en los países socialistas, cuyos dimensiones aún no las sabemos, es evidencia concreta del fracaso cultural del sistema, con su énfasis tremendo en el crecimiento económico, la producción y consumo de cosas —su miopía materialista— y su descuido del futuro, de lo que no existía todavía. Aceptaron por completo el materialismo del Occidente: el deseo implacable de tener cosas, y el economizar que equipara la justicia social con una distribución más equitativa de bienes. Tal como el sistema capitalista, no reconocía el valor del ambiente o la existencia de algo que no fuera “recurso”. Por eso, cuando el sistema no podía entregar las cosas —ya fueran blue jeans, Coca-Colas, o autos importados— la gente se cansó del sacrificio material y desmontó el sistema. Y ahora, en las secuelas de la sociedad socialista, no es ninguna sorpresa que veamos la ascendencia de los elementos más codiciosos, individualistas, oportunistas y criminales de la sociedad.

[INDICE] [RESUMEN] [INTRODUCCIÓN] [EL PENSAMIENTO LIBERAL DEMOCRÁTICO Y EL PENSAMIENTO MARXISTA] [LA CRISIS ECONÓMICA] [EL CAMBIO SOCIAL Y LA EDUCACIÓN] [SUMMARY] [NOTAS]