21 de Junio de 2018
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<<Biblioteca Digital del Portal<<La Educación<<La Educación (120) I, 1995 <<Artículo
Colección:
La Educación
Número: (120) I
Año: 1995

El tiempo

Me acerqué al viejo profesor de Filosofía de la Educación y le manifesté mi intención de conversar con él sobre los ejes centrales del pensamiento de Paulo Freire, pues se daba la doble circunstancia de que un organismo internacional de campanillas le programaba un importante homenaje y que se perfilaba como candidato a Premio Nobel de la Paz. Esto último —señalé— es reconocer a la educación como un auténtico instrumento de la paz. El viejo profesor me sorprendió cuando dijo: “Paulo Freire ha quebrado el tiempo del destiempo”. Desconcertado —aún cuando sé que elige descolocar al interlocutor con alguna salida insólita— le pregunté qué quería decir con eso. Y comenzó su explicación:
Eso forma parte de una teoría del cambio que se insinuó a mediados de la década del 80 y pretendía visos de verdad, aunque naturalmente como teoría sobre un fenómeno social no podía ser dogmática. Más bien representaba un aporte explicativo. Se trataba de una interpretación periodizante cuyo último momento era el destiempo. Y sostengo —enfatizó el profesor— que Paulo Freire ha quebrado el tiempo del destiempo porque no ha perdido la palabra. Y eso es una hazaña en nuestro continente.
Era importante oírle decir eso al profesor que inicialmente resistiera el pensamiento de Paulo Freire por los años 60, por situarse ambiguo entre los restos de la Reacción Espiritualista y el enfoque desarrollista y cientificista; este último en la línea positivista que alguien llamara “hechología”. Y el profesor continuó:
La teoría categorizaba momentos en la trayectoria y destino que aguarda a quienes en América Latina intenten transformar la realidad. Pocos parecerían —de entre los autores y pensadores— escapar a ella, aunque si se quiebra lo fatífidco asoma un resquicio alentador. Existiría una suerte de paradigma temporal de tres momentos. [El viejo profesor organizaba didácticamente su exposición.]
La actuación del transformador se iniciaría con el pretiempo, período auroral de prédica, zona de lo prematuro, momento de proposición de nuevos paradigmas, de ensayos iniciales más o menos tolerados o reputados como desubicados o no pertinentes, y aún no motejados de peligrosos o utópicos.
Vendrá luego un segundo momento, el del contratiempo. Una vez puesta en marcha, la novedad se expande y avanza afectando naturalmente intereses y contrariando mentalidades. La innovación enfrenta un creciente rechazo por parte de sectores influyentes. El poder constituido no la digiere. La cosa va en serio ahora: suprimir las experiencias transformadoras, alentar la persecución —leve o no— del autor. Hay que sacárselo de encima. Alejarlo. El tiempo del exilio o del ostracismo interno se aproxima. [El profesor, luego de una pausa ordenadora, continúa.]
El tercero fue denominado como destiempo. La cosa sería así: han pasado los años, se suavizaron las posiciones, cambió el clima epocal. El autor regresa del exilio o del silencio y con sorpresa percibe que sus ideas ya no son contundentemente rechazadas. Hay espacio para ellas. Uno se ilusionaría con que es el tiempo del triunfo. [El profesor menea la cabeza.] En la mayoría de los casos ya no es el tiempo de la concreción. Las propuestas que antes fueron escozor y espanto, durante el destiempo —si regresan— se tornan tolerables, light —como dicen ahora— y hasta nostálgicas. Curiosa tolerancia al autor por algo que no le permitieron ensayar. Comúnmente en el destiempo las palabras o ideas serán olvido o pasado. Es probable —la teoría proponía— que, mientras tanto, otro paradigma esté siendo predicado y otro innovador se halle camino de su exilio. Se habla de destiempo porque es como si la propuesta hubiera perdido su kairós, su tiempo oportuno, ése que no regresa. Porque —se fundamentaba— omnia tempus habent según reza el Eclesiastés (3,1) y no todos los tiempos son buenos para todo como se lee en Juan 7, 6. El esquema interpretativo aunque no era un dogma, adolecía de cierto determinismo pesimista. Por ello, resulta positivo y alentador que surjan quienes quiebran los tiempos. Alguien, un ferviente seguidor, me comentaba hace poco que temía ver a la comprometida concientización freiriana reemplazada por una desapasionada psicogénesis: la lengua escrita substituyendo a la palabra. Y la oralidad es capital en Paulo Freire, modalidad originaria del diálogo, subrayaba.
Quiero añadir que aquella teoría de los tres tiempos, provisional y discutible, tenía su aplicabilidad y hasta su atractivo. [El profesor se preparaba, sin duda, para otra etapa de su explicación.] Toda vida quiere ser leída como una biografía, como una secuencia de episodios que se articulan en una historia y que avanzan hacia un final. Resulta un ejercicio teórico de aplicabilidad proyectar el esquema tripartito a circunstancias de la América Latina reciente. Veamos. El antes de tiempo, pudo ser la década del 60, con numerosos intentos, ebullición y propuestas, tiempo de la prédica, de los profetas y de la contestación, del remover las conciencias. Baste recordar el clima de ideas y actitudes en torno de 1968, año que considero decisivo, en materia de propuestas en educación. Ya por el año 1961, las ideas y experiencias de Paulo Freire se han estructurado y probado. Por 1968, A. Salazar Bondy orienta la reforma educativa peruana que concitara tantas esperanzas. Mientras, —también en Brasil— Darcy Ribeiro intenta su universidad necesaria, Iván Illich —desde Cuernavaca— espanta con sus críticas a la escolaridad y Oscar Varsavsky escandaliza en Buenos Aires con su condena a la ciencia consagrada que rotula como cientificismo. Por su parte, P. Latapí, desde México, trabaja la problemática de la educación superior, F. Gutiérrez Pérez —desde Costa Rica— pregona el “lenguaje total” y Lauro de Oliveira Lima sistematiza sus experiencias de dinámica de grupos.
Y Freire escribía en 1965:
Nuestro gran desafío, por eso mismo, dentro de las nuevas condiciones de vida brasileña, no era sólo el alarmante índice de analfabetismo y su superación. No sería la sola superación del analfabetismo lo que llevaría la rebelión popular a la inserción. La alfabetización puramente mecánica. El problema para nosotros trascendía la superación del analfabetismo y se situaba en la necesidad de superar también nuestra inexperiencia democrática. O intentar simultáneamente las dos cosas.1
Siguiendo con el esquema [el profesor avanza en su ejercicio de aplicabilidad], la década del 70 representó por el contrario, un definido contratiempo, la época de la destrucción de muchas de aquellas propuestas, el negro tiempo del exilio, del destierro de las ideas, de los valores y de las personas. Negro tiempo del exilio [remarca el profesor] donde se pierde el lenguaje y no se puede decir ya la palabra propia. Hay que balbucear otra realidad que uno apenas comprende. Y a propósito (de un libro de la biblioteca extrajo un papel de bordes amarillentos) cito de un texto en inglés, escrito por un poeta brasileño instalado en esos tiempos en Suecia, cuyo nombre ignoro; texto remitido desde Dinamarca a un argentino residente en España. Hago notar, cómo las palabras —en riesgo de perderse— tramadas en textos recorrían los vericuetos e intersticios del exilio buscando sobrevivirse. Leo:
When I say earth in Portuguese
TERRA
this double “rr” crunches between my teeth
like particles of earth.
FLOR
blossoms on my lips.
Moon may be more beautiful than LUA
but never sea more beautiful than MAR
.............
It is a daily fight
with monologues in front of the mirror
with reading aloud,
to keep my language alive...
Soon I shall be standing there without words and naked
in the cold northern wind.
De otro texto del mismo —ignoto para mí— autor, cito apenas unos versos:
There are days when I cannot speak any language
without an accent
not even my own language.
Then I would like to be
like Picolino the clown of Río Grande...2
El texto sigue. El “acento” es el síntoma de la extranjeridad, de la no inclusión, de la palabra ajena, de la palabra que se va perdiendo.

Paulo Freire recuerda su exilio:
Nadie llega solo a ningún lado, mucho menos al exilio. Ni siquiera los que llegan sin la compañía de su familia, de su mujer, de sus hijos, de sus padres, de sus hermanos. Nadie deja su mundo, adentrado por sus raíces, con el cuerpo vacío y seco. Cargamos con nosotros la memoria de muchas tramas, el cuerpo mojado de nuestra historia, de nuestra cultura.3
Habitan igualmente en la agitación del alma la frustración de la pérdida, los slogans mediocres de los asaltantes del poder, el deseo de un regreso inmediato que lleva a un sinnúmero de exiliados a rechazar cualquier gesto que sugiera una fijación en la realidad prestada, la del exilio.4
Es difícil vivir el exilio. Esperar la carta que se extravió, la noticia del hecho que no ocurrió. Esperar a veces a gente real que llega, y a veces ir al aeropuerto simplemente a esperar, como si el verbo fuera intransitivo.5
La década del ‘80 [proseguía el viejo profesor] significó, aún parcialmente, la ocasión de retorno de aquellos innovadores y pensadores, el ansiado momento del regreso y la posible reaparición de las ideas y propuestas, pero bajo el riesgo del destiempo. Tal vez la oportunidad verdadera había quedado atrás. No todo tiempo es bueno para todo [repitió]. Ahora podría ser aceptación pero en tanto “pasado”, como tema, como propuesta teórica, como palabra vieja. El paradigma incluiría la crueldad de la asincronía: ser aceptado cuando ya no es el tiempo.
Todo regreso está cargado de incertidumbres, miedo, ansiedad, esperanza y sensaciones contrapuestas. La emoción de volver al olor del suelo natal luego de años de ausencia, el temor ante lo que se irá a encontrar mezclado con la convicción —o fantasía— de que lo que importa es volver a casa. El retorno es recomposición, desafío, vacío, recuperación y nueva pérdida.
Bueno. [El profesor concluía su explicación.] He ahí en síntesis el hipotético paradigma. Y sus tres momentos. En cada tiempo la palabra que se pronuncia suena y resuena distinta. Anuncio estimulante, negación y silencio, riesgo de cristalizar en nostalgia.
Y así concluyó el viejo profesor de Filosofía de la Educación, cuidadoso conocedor de Paulo Freire aunque nunca lo vio personalmente. Es probable que la teoría que expone le pertenezca parcialmente. Podríamos conceder parte de razón a la afirmación precedente de que las palabras suenan distintas según los tiempos, y una razón total al recuerdo de la importancia de la propia palabra en los tiempos de exilio. Es reconocible el portento de Paulo Freire de haber roto el paradigma, de “no haber perdido la palabra”. Sin duda por su actuación política. Las dos primeras etapas se dieron en la trayectoria de Paulo Freire, pero eludió la tercera. Como él había puesto su existencia, su cuerpo, en la empresa, sus ideas volvieron para realizarse; desde una acción política puso en práctica las viejas y las nuevas. Exhibe para el tiempo de hoy su propia palabra nueva y renovada: la del proyecto y de la esperanza.

En verdad mi reencuentro con la Pedagogía del Oprimido no tiene el tono de quien habla de lo que ya fue, sino de lo que está siendo.6

Victorioso del esquema amenazante es promesa del quiebre de la secuencia. Es anuncio de la realidad percibida como semilla de sí misma, de la realidad como esperanza de sí, de la realidad como preñada de futuro.