24 de Abril de 2018
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Colección: La Educación
Número: (120) I
Año: 1995

PALABRAS DEL SECRETARIO GENERAL DE LA ORGANIZACIÓN DE LOS ESTADOS AMERICANOS, DR. CÉSAR GAVIRIA EN LA INAUGURACIÓN DEL ENCUENTRO


La presencia del Excelentísimo Señor Presidente de la República Argentina, doctor Carlos Saúl Menem, a quien saludo con amistad y aprecio, nos honra y nos complace. Los ciudadanos de las Américas conocemos y respetamos, Señor Presidente, su clara visión de gobernante, su sólida trayectoria de estadista, su liderazgo y su acendrado espíritu de fraternidad. Su participación en esta sesión inaugural realza y estimula nuestra reunión. Agradezco a su gobierno y al pueblo argentino el generoso apoyo y hospitalidad brindados a esta Vigésima Sexta Reunión Ordinaria del Consejo Interamericano para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

Al recibirnos en su Capital Federal, la República Argentina, que tanto ha hecho por la paz, el bienestar y el progreso de las Américas, reitera su compromiso con el Sistema Interamericano.

Es grato tener ocasión de compartir con los Señores Ministros y Jefes de Delegación, así como los señores Delegados, algunas reflexiones sobre los nuevos desafíos y oportunidades que enfrenta la cooperación interamericana en el ámbito de la OEA.

La reunión del CIECC en Buenos Aires tiene lugar en circunstancias que le imprimen especial significado. La trascendental afirmación del destino común de las naciones americanas en la Reunión Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno celebrada en la ciudad de Miami, evoca un paralelo histórico que quiero destacar.

En 1967, la reunión de los Presidentes de América en Punta del Este dio origen a los programas regionales de desarrollo educativo, científico, tecnológico y cultural, que entonces representaron una innovación fundamental en la cooperación técnica de la OEA, y han servido bien a los pueblos americanos.

Y, casi treinta años más tarde, los Primeros Mandatarios reunidos en la Cumbre de las Américas han acordado una agenda prioritaria que desafía otra vez la capacidad de respuesta de las instituciones interamericanas. El espíritu de Miami conlleva una radical reorientación de las prioridades de la OEA, la calidad y asignación de sus recursos, y sus formas de operación.

Nos enfrentamos de nuevo a la evidencia de que la trasformación es requisito ineludible del progreso.

La creación del Consejo Interamericano para el Desarrollo Integral por la Asamblea General de la OEA en Managua, y los Compromisos asumidos en la Asamblea Extraordinaria de la Ciudad de México a fin de hacer más efectiva la prestación de cooperación técnica de la Organización, plantean también la necesidad de revisar los objetivos, procedimientos e instrumentos de colaboración.

Esos acontecimientos del pasado reciente recogen y acentúan la necesidad de cambio surgida de la profunda transformación del hemisferio, que es hoy una comunidad de naciones democráticas en vías de progreso cívico, económico y social.

La OEA, como organización de los Estados de las Américas, ha de ajustarse a la nueva realidad de un continente de pueblos unidos por ideales e intereses compartidos, donde el concepto de solidaridad, como lo definió la Asamblea General en México y lo respaldó el Plan de Acción de la Cumbre de las Américas, es la base sobre la cual se construye la cooperación.

Para que la acción solidaria pueda manifestarse a plenitud en los programas de cooperación técnica de la OEA hace falta, en primer lugar que haya un mayor número de países donantes, para así lograr un desplazamiento efectivo de recursos y servicios hacia los países con menores niveles de desarrollo.

Ha pasado el tiempo en el cual la cooperación técnica se encaminaba ante todo a transferir conocimientos y destreza de los países del Norte a los del Sur. La cooperación horizontal —de los países en desarrollo— ocupa ahora lugar destacado entre los instrumentos de apoyo a las políticas nacionales y debe ser ampliada y estimulada.

Para incrementar el impacto de la cooperación técnica de la OEA se requieren proyectos de mayor magnitud. No será suficiente la selección más estricta de los campos de acción ni la disminución del número de actividades. Hay que buscar nuevas fuentes de financiamiento, externas al presupuesto de la Organización; también será menester trabajar con mayor regularidad e intensidad con otras organizaciones interamericanas e internacionales. Al tiempo, debemos lograr que los gobiernos comprometan recursos propios para asumir parte del costo de los proyectos.

Las circunstancias actuales señalan la conveniencia y posibilidad de que las organizaciones multilaterales de cooperación técnica ejecuten con técnicos nacionales muchas de las tareas hasta ahora ejercidas por expertos internacionales. El apoyo a las instituciones y a los recursos humanos de los estados miembros es objetivo que la cooperación debe buscar.

La OEA ha cumplido un ciclo histórico en el apoyo a la educación, la ciencia, la tecnología y la cultura. Las metas alcanzadas por el CIECC han sido sustanciales. Los programas regionales respondieron a las circunstancias en que fueron concebidos, y a los designios políticos que los orientaron, contribuyendo de manera especial al fortalecimiento institucional de las naciones americanas. Sus logros serán sin duda tenidos en cuenta para definir estrategias adecuadas para afrontar los desafíos que tenemos ahora por delante.

La transformación que buscamos en la OEA no es fenómeno aislado o autónomo. Representa un proceso de adaptación a un mundo en vertiginoso cambio, donde las barreras ideológicas se rompieron para dar paso a la democracia como forma aceptada de gobierno; y a la libertad económica como parámetro de las relaciones comerciales, financieras y de inversión internacional.

En los últimos seis años, para mencionar apenas algunos fenómenos significativos, se acabó la Guerra Fría; se derrumbaron las murallas que separaban a Oriente de Occidente; se disgregó el imperio soviético; se aceleró la globalización de la economía; surgió la interdependencia como una realidad inobjetable; y se abrieron nuevos espacios a la acción colectiva en un mundo cuya arquitectura es ahora multipolar.

Soy decidido partidario de la planeación como instrumento de orientación del rumbo de los países y de las instituciones. El CIECC ha adoptado una programación en ciclos de seis años, diría que apropiada y útil para períodos de cierta estabilidad.

Pero en las presentes circunstancias, es arriesgado sujetar las acciones futuras a previsiones rígidas. Es necesario reducir la programación al futuro inmediato, en lugar de tomar decisiones para un lapso prolongado dentro del cual los parámetros han de variar como consecuencia de hechos ya acaecidos.

Invito a los Señores Ministros y Jefes de Delegación a reflexionar sobre este tema para no comprometer los escasos recursos disponibles en forma que obstaculice el proceso de transformación.

Con todo comedimiento, ante un foro que tiene la fortuna de contar con la presencia de quienes son responsables de conducir el desarrollo educativo, científico y cultural de sus países, quiero referirme a algunas de las consecuencias que, a mi juicio, tienen los mandatos políticos de la Cumbre de las Américas.

De igual manera que en Punta del Este en 1967, los Jefes de Estado y de Gobierno reconocieron en Miami en 1994 el papel destacado que la educación, la ciencia, la tecnología y la cultura deben desempeñar en el proceso de desarrollo.

El espíritu de Miami tiene claro acento social. Los gobiernos de América Latina han venido dedicando, por razones comprensibles y valederas, atención preferente a los asuntos económicos. Ello ha causado en algunos países —que no en Argentina— el debilitamiento de sus programas sociales. El sesgo tradicional del financiamiento externo hacia obras de infraestructura fue otro factor que contribuyó a acentuar lo económico sobre lo social. Hay en la actualidad una clara tendencia hacia la reivindicación de los sectores postergados, como se manifiesta en las nuevas políticas de las principales instituciones financieras internacionales y como ha quedado plasmado con lucidez en la Declaración de Principios y el Plan de Acción de la Cumbre.

Los Presidentes afirmaron que el alfabetismo universal y el acceso a la educación en todos los niveles, sin exclusiones ni discriminación, son la base indispensable para el desarrollo social y cultural sostenible, el crecimiento económico y la estabilidad democrática. Señalaron que la cultura es componente fundamental e integral del desarrollo de las Américas, capaz de enriquecer las sociedades y generar mayor entendimiento entre los países. Destacaron la cooperación en ciencia y tecnología como uno de los campos prioritarios para la acción colectiva.

La OEA fue inequívocamente fortalecida por los mandatarios americanos, quienes la identificaron como el principal organismo hemisférico para la defensa de los valores y de las instituciones democráticas y le asignaron un papel definido en áreas primordiales como el fortalecimiento de la democracia, la protección de los derechos humanos, la creación del Área de Libre Comercio de las Américas, la defensa del medio ambiente, la promoción de los valores culturales y la cooperación en ciencia y tecnología.

No comparto la interpretación de quienes piensan que como resultado del Plan de Acción de los Presidentes, que asignó al Banco Interamericano de Desarrollo el rol principal en el campo de la educación, la OEA vaya a dejar de trabajar en uno de los temas centrales del CIECC.

Muy por el contrario, el hecho de que instituciones tales como el Banco Mundial y el BID vayan a destinar centenares de millones de dólares a financiar programas en educación durante los próximos años, constituye garantía de que en este frente habrá mucho más espacio para una efectiva acción colectiva.

Desde luego, nuestro trabajo deberá adoptar una forma diferente en el área de la cooperación técnica, en especial en cuanto a educación. En adelante, nuestras actividades deberán descansar de manera creciente en una mayor coordinación y cooperación con los programas de tales instituciones.

Debemos educar para liberar. El ejercicio pleno de la democracia, el respeto de los derechos humanos, la lucha contra las drogas, la corrupción y el terrorismo, la conservación del medio ambiente, no son posibles sin el acceso universal de la población a educación de calidad uniforme y aceptable. La participación en el libre comercio tampoco producirá sus frutos para países que carezcan de recursos humanos capacitados. Los pueblos sin educación seguirán siendo pueblos pobres.

El afianzamiento de la democracia demanda que se privilegie el quehacer educativo. Es necesario que la escuela asuma su función cívica y se transforme en fuente de una gran conciencia democrática. Al mismo tiempo que se asegure el acceso de toda la población a la educación básica, es necesario vincular la educación media con el mercado laboral y asegurar la contribución de la educación superior a las grandes prioridades nacionales.

La promoción de los valores culturales es también elemento esencial de la democracia y de la paz. La cultura define la identidad de los pueblos, y la interacción cultural estimula la fraternidad entre las naciones.

En un mundo definido por grandes bloques económicos, en el cual el conocimiento es la mejor garantía de competencia, el desarrollo científico y tecnológico juega un papel clave en la inserción eficiente de los países en el libre comercio internacional. A la vez, las expresiones avanzadas de la tecnología son indispensables para asegurar la protección del medio ambiente.

La Cumbre de las Américas encomendó a una reunión ministerial, entre otros temas, evaluar el progreso y promover el Mercado Común del Conocimiento Científico y Tecnológico de la OEA, lo cual constituye un ejemplo importante de la manera como la comunicación y la información permiten compartir logros y experiencias de interés común.

La OEA seguirá generando ideas y estrategias en el campo de la educación, la cultura, la ciencia y la tecnología. Será elemento catalizador de iniciativas de innovación y de renovación. Las disciplinas a las cuales el CIECC ha dedicado sus empeños, servirán como apoyo para cumplir con los mandatos políticos conferidos a la Organización.

Señor Presidente, Señores Ministros y Jefes de Delegación:

Quiero aprovechar su valiosa presencia para referirme brevemente a dos temas que nos conciernen a todos. Hablo del conflicto entre dos naciones hermanas —Ecuador y Perú— y de la reciente crisis mexicana.

En cuanto a lo primero, debo decir que las soluciones militares constituyen una forma de aferrarse al pasado que no se compagina con los vientos de integración que recorren nuestro Hemisferio. Por ello, las Américas valoran el esfuerzo desplegado por el Grupo de Garantes del Protocolo de Río —del cual forma parte Argentina— que aspira a producir una solución del conflicto que perdure en el tiempo, y no solamente a obtener una frágil pausa en las tensiones.

Desde el primer día de los incidentes, la OEA se ha mantenido pendiente de los sucesos, ha monitoreado de cerca los acontecimientos, y ha hecho todo aquello que Ecuador, Perú y el Grupo de Garantes le han solicitado; privilegiando el diálogo, la diplomacia y los buenos oficios como las mejores herramientas para desarmar los espíritus, dejar atrás y para siempre las tensiones, y generar las condiciones para dar solución definitiva al diferendo limítrofe.

En cuanto a la crisis mexicana, debo repetir algo que ya he dicho: Todos quisiéramos que el camino que conduce al progreso fuere rectilíneo. Que la historia estuviera exenta de momentáneas involuciones. Por fortuna, la crisis económica mexicana ha sido de liquidez y no de solvencia. Por fortuna, también, la efectiva acción colectiva encabezada oportunamente por los Estados Unidos y a la que, entre otros, se ha unido la Argentina, está generando las condiciones para que la situación se conjure, sus efectos no se extiendan y pueda México continuar su innegable proceso de modernización.

Amigos:

Al tomar posesión del cargo de Secretario General me comprometí con la Organización y sus Estados miembros a adelantar una tarea dinámica y moderna, que ponga a la OEA en consonancia con las nuevas exigencias que afronta el Hemisferio. Como lo dije entonces, al asumir la responsabilidad que hoy me honra y me compromete, lo hice con plena conciencia de haber recibido un mandato para la gestión del cambio y no para la administración de la rutina.

También he manifestado que el desafío de transformar la OEA no está exento de riesgos y dificultades. Será necesario armonizar las decisiones de naturaleza jurídica con los mandatos de índole política. Ambos se sustentan en la solidaridad hemisférica y en la urgencia de actualizar la acción de la Organización, pero será necesario buscar la mejor manera de conciliar los objetivos adoptados y determinar la prelación de prioridades.

Me propongo llevar al próximo período ordinario de sesiones de la Asamblea General algunas propuestas que faciliten adaptar la estructura y modalidades de trabajo de la OEA a las nuevas circunstancias. Seguiré con interés las deliberaciones de este Consejo, que han de contribuir a ese propósito.

El camino que emprendemos exigirá, ante todo, un cambio de mentalidad y actitud de quienes queremos que la OEA sea instrumento de servicio efectivo a nuestros pueblos. Se requerirá el esfuerzo de todos para que todos tengamos la satisfacción de haber contribuido a asegurar un destino de paz y prosperidad a los ciudadanos de las Américas.

Muchas gracias.

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