22 de Abril de 2018
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Colección: La Educación
Número: (119) III
Año: 1994

UNA PREGUNTA CLAVE:  ¿POR QUÉ PAULO FREIRE EN MALASYA?

El nacimiento de una carencia

Es posible que resulte metodológicamente conveniente comenzar por el final, es decir, por el enunciado-título de un evento, que resultó del cruce de una serie de acontecimientos locales y mundiales. La crisis del marxismo, el avance hegemónico del neofuncionalismo y la sospecha que ha caído sobre los sistemas escolares de los países socialistas han actuado restando valor al marxismo y al socialismo como espacio teórico que apoye la construcción de un campo progresista y democrático. La pedagogía de tales signos que se produjo en las décadas del 60, 70 y parte del 80 estuvo dentro del campo de influencia del marxismo, pero tuvo varias expresiones, entre las cuales nos interesa ahora destacar dos. Se trata de aquella derivada de las experiencias educativas socialistas, que consideraba a estas últimas como ejemplo a seguir y en gran medida como instructivo de tácticas y estrategias, y de la corriente que, aunque coincidente con los conceptos marxistas fundamentales, estuvo signada por la teología de la liberación y la sociología tercermundista. En esta última, se ubica Paulo Freire quien probablemente representa una de las pocas expresiones nacidas en aquel contexto que no solamente conserva vitalidad, sino que es fuente de nuevas creaciones.

El avasallante avance del neoliberalismo y su expresión educacional, verificada en los programas de “ajuste” de los sistemas educativos no se encontraron con una oposición marxista o con estrategias educacionales socialistas sustentadas por grupos contrarios a la reducción de los presupuestos educacionales, la descentralización privatizante de los sistemas escolares, la pérdida de nivel adquisitivo y las propagandas de desprestigio profesional de los maestros, llevadas a cabo como complemento de la aplicación del “ajuste” por algunos gobiernos y la presión para la privatización de la educación media y superior. Las tendencias ideológicas en vigencia dentro del ex campo socialista y en los países aún socialistas o bien se dirigen rápidamente hacia una adopción exaltada del neoliberalismo, o bien se empecinan en una reproducción del sistema educativo escolarizado y centralizado, poco ampliada o adaptada a los nuevos tiempos y experiencias vividas.

La sociología tercermundista, aquella que se inspiraba en Franz Fanon y tenía como parámetro organizador el concepto de colonialismo, ha caído también en desuso, como consecuencia de la liberación de la mayor parte de las colonias, el avance de las luchas en contra de las diversas formas de apartheid y la mundialización creciente de la cultura por acción de la teleinformática. Las estructuras políticas de las sociedades pobres tendieron a tomar la forma de construcciones de hegemonía, volviendo más complejas las antiguas formas de dominación. Las migraciones, los desplazamientos de refugiados políticos y sociales y el avance de la escolarización por acción acumulativa de un siglo de trabajo escolar, así como los procesos de incorporación económica de los sectores que detentaban formas de producción, distribución y consumo tradicionales, al modelo económico dominante, ejercieron una fuerza incontenible sobre las viejas culturas. Estas últimas, se subordinaron o incorporaron, o deben llevar adelante una cruenta lucha por su supervivencia. Sobrevivir no es para ellas cuestión de aislamiento, sino, probablemente, de encontrar formas ventajosas de articulación con la cultura moderna, que no solamente la modifiquen sino también cambien a esta última. Se trata de una posibilidad excepcional, pero existente.

La pérdida de credibilidad de los marcos teóricos y esquemas de análisis que en las décadas pasadas inspiraron los planteos opositores y alternativos, se suma al fracaso de los pronósticos realizados por organismos internacionales y nacionales, y sectores desarrollistas, durante las pasadas décadas. Las prospectivas y los planes de desarrollo planteaban como meta alcanzar la escolarización total y terminar con el analfabetismo en el mundo entre 1980 y 1990.

Nada de ello ocurrió. En cambio, se ha podido comprobar que los procesos de cambio en la educación son no solamente más lentos de lo que se esperaba, sino sobre todo desiguales. Fracasaron las estrategias uniformes y el crecimiento no fue parejo. Países como la Argentina, donde para mediados de este siglo los porcentajes de analfabetos se encontraban al nivel de los países europeos más avanzados, posee ya analfabetismo como una enfermedad instalada en su sociedad. Países surasiáticos que décadas atrás se encontraban muy lejos de la cultura moderna y registraban índices bajos de escolarización, ocupan en la actualidad los primeros lugares de las estadísticas educativas. Por lo tanto, los modelos lineales aplicados a la prospectiva educativa tampoco conservan capacidad de convicción de los educadores. Debe a ello sumarse que los que buscan alternativas al modelo del “ajuste” educativo neoliberal, rechazan la proyección lineal de la situación presente.

La negación del conflicto como un elemento constituyente de la trama social, es decir el rechazo a la radical presencia de lo político, ha sido sin duda uno de los factores que precipitó el fracaso de las prospectivas más difundidas décadas atrás. Tal error corresponde al pensamiento pedagógico evolucionista dominante en los países capitalistas occidentales, pero también se produjo como ilusión de la posibilidad de reproducir eternamente la estructura de poder establecida, entre las burocracias socialistas. La prospectiva educativa socialista de los años 80 fue netamente desarrollista y ocultó el papel del conflicto en generación de lo social.

Fracaso de las perspectivas linealmente evolucionistas; fracaso de los proyectos de transformación revolucionaria basados en las concepciones leninista y maoísta; insuficiencias del marxismo y del funcionalismo para la producción teórica, son acontecimientos que producen un hueco estratégico y programático. Entre muchos otros valores, cae el directivismo político de todo signo, los modelos a aplicar, la importación de estrategias políticas y educacionales. Por algunos instantes de la historia, pareció que todo planteo alternativo era ya imposible y que el neoliberalismo ocuparía todo el espacio de lo discursivo. Desde los determinismos históricos el futuro se veía cerrado.

Pero la historia, lejos de componerse de determinaciones ineludibles, es un permanente proceso de relación entre lo necesario y lo contingente.2 Es precisamente ese último elemento, es decir lo inesperado, lo que escapa a la planificación y, por lo tanto, al control de los poderes establecidos, lo que es inimaginable, el reservorio de la libertad. Durante el último año, se han producido movimientos de protesta y reivindicación de los derechos de los sectores más golpeados y marginalizados, por medio de nuevos sujetos, cuyos discursos (como en el caso de los indígenas-campesinos en Chiapas, México) rechazan los modelos vanguardistas y foquistas de los movimientos revolucionarios de las décadas anteriores, y expresan fuertemente las demandas particulares que, por su carácter democrático, adquieren validez nacional.

En algunos casos tales demandas tienen un valor que trasciende el propio país; tal el ejemplo del reclamo respecto a la exclusión de información sobre sus luchas por parte del monopolio Televisa, que los indígenas chiapanecos presentaron al presidente de México, Carlos Salinas de Gortari, en la reunión realizada en Chiapas, en enero de 1994. Esa demanda, de un sector marginado de la sociedad mexicana, puede articularse con aquellas por el derecho a la información de sectores medios e intelectuales, y por el derecho al uso de los medios de información por parte de sectores políticos, de homosexuales, de quienes ven excluida su raza, etnia o lengua, de la radio, los periódicos y la televisión. Esa clase de reclamos se produce aunque en forma aún dispersa; valga como ejemplo que en una reunión de dirigentes de todas las etnias bolivianas, realizada en Cochabamba hace pocos años, los dirigentes de la Asamblea del Pueblo Guaraní exigían que hubieran programas de computación en su propio idioma.3

Ningún viejo marco teórico puede dar cuenta en forma completa, o al menos suficiente, del surgimiento de los nuevos sujetos de finales del siglo. No es posible remitirlos a las categorías de una lógica esencialista ni explicarlos por causas únicas. Tales sujetos son producto de la síntesis entre múltiples determinaciones, de un lento amasado que combinó ingredientes del más viejo pasado de las sociedades, con elementos de la sociedad moderna, y con demandas que trascienden las posibilidades de solución, que se crearon en el espacio teórico-político-histórico que denominamos modernidad. Pero, al mismo tiempo, es necesario contar con ideas que nos permitan comenzar a conceptualizarlos. En los últimos años se está produciendo un movimiento de búsqueda de puntos de apoyo para construir nuevas utopías, de nuevas articulaciones conceptuales que sirvan de punto de partida para nuevas teorías sociales. En la actualidad, se perfilan claramente los huecos teórico-metodológicos que han quedado como resultado de los revulsivos movimientos de cambio político que, en el campo de la ideología, dejaron al desnudo a más de un monarca. Se alcanzan a ver también los primeros esbozos de alternativas.