17 de Julio de 2018
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Colección: La Educación
Número: (119) III
Año: 1994

UNA PREGUNTA CLAVE:  ¿POR QUÉ PAULO FREIRE EN MALASYA?

Las condiciones de producción del evento

El más renombrado y multicitado diagnóstico sobre la situación educativa nacional que ha emitido el gobierno de los EE.UU. es  A Nation at Risk, de 1983. El documento comienza con la siguiente frase: Nuestra nación está en riesgo, y el segundo subtítulo está dedicado a explicar la relación entre los países, en un mundo que se ha globalizado, donde los estadounidenses compiten en los mercados internacionales no solamente con sus productos, sino también con las ideas que surgen en sus laboratorios y talleres. Según el documento —que constituye una advertencia y un pedido de urgente reforma educacional— la posición norteamericana en el mundo solamente puede ser razonablemente segura si posee hombres y mujeres bien capacitados. Pasa a continuación a advertir sobre los riesgos de la situación deficiente de la educación norteamericana. El mayor de ellos: la pérdida de capacidad competitiva frente al avance surasiático. Dice el documento:
El riego no es solamente que los japoneses fabriquen automóviles más eficientemente que los americanos y que posean subsidios gubernamentales para el desarrollo y la exportación. No lo es que recientemente los surcoreanos hayan construido más eficientemente talleres de acero, o que las máquinas-herramientas americanas hayan sido desplazadas por los productos alemanes. Es también, que esos desarrollos significan una redistribución de la capacidad entrenada a través del mundo. Conocimiento, aprendizaje, información e inteligencia adiestrada son los nuevos descarnados materiales del comercio internacional y se están ahora desparramando a través del mundo tan vigorosamente como maravillosas drogas, fertilizantes sintéticos y ‘blue jeans’ lo hicieron antes. (...) El aprendizaje es la inversión indispensable requerida para tener éxito en la ‘era de la información’ en la cual estamos ingresando.6
La educación norteamericana siguió rutas que no la han conducido aún a la recuperación de la capacidad perdida. El análisis de los resultados del programa educativo neoconservador en los EE.UU. no es el objetivo de este trabajo; la mención anterior ha sido hecha tan sólo para establecer un punto de referencia de la guerra educativa internacional. A Nation at Risk no marca su inicio, sino probablemente dé la puesta al alcance de la opinión pública, de una carrera por la hegemonía científico-técnica y educacional, que había comenzado en la postguerra.

Tal como expresa Valerie J. Janesick,7 el currículum de educación básica japonés fue implantado después de la Segunda Guerra Mundial en estricta relación con los currículos de enseñanza elemental y secundaria de los EE.UU., pero su corazón y su espíritu quedaron sustancialmente ligados a la solidaridad, el consenso, la armonía y el sentido estético de la rica cultura japonesa. Las influencias de Shinto, Buda y Confucio, fueron articuladas con las demandas de la economía de mercado y de la competitividad internacional. Pero en 1984, simultáneamente con la aparición de A Nation at Risk, en Japón se reunió por tres años un Consejo cuyo temario giró en torno a la educación en el siglo XXI, la organización de la educación permanente y su corrección basada en tests que ponían el énfasis en los “rankings” individuales, en el incremento de la calidad de la formación docente, en el acoplamiento de la enseñanza con la internacionalización y la era de la información, y en la revisión de la administración y el financiamiento educativos. La última reforma curricular importante se realizó en 1991, como parte del plan educativo de diez años del Ministro de Educación, Ciencia y Cultura del Japón, Sr. Monbusho. Si bien en ella se destacan los valores eficientistas, difiere de las políticas de “ajuste” que se difundieron en América, manteniendo la inversión educativa en los altos estándares tradicionales. Durante varias décadas, la producción de capacidades laborales por parte del sistema educativo encontró un mercado de trabajo que parecía un engranaje perfecto, capaz de absorber a los graduados. La relación entre educación y economía había alcanzado altos niveles de coordinación.

Taiwan y Singapur siguieron un camino semejante. La combinación del individualismo del sistema educativo occidental adoptado, los sentimientos de pertenencia a una colectividad —pública o privada— que provienen de las profundidades de las culturas orientales, y las tácticas eficientistas dirigidas a producir recursos humanos altamente competitivos, constituyó una preocupación para los dirigentes políticos y empresariales de los demás países del Primer Mundo. Al papel que jugó la modernización educativa en el boom surasiático, debe sumarse que la República Popular China inició ya en 1980 reformas encaminadas a promover el crecimiento económico y el desarrollo social a través de la inversión educativa, incrementándola en un 9.3% (10 billones de dólares) en 1991. En la República Popular China se concentró el principal esfuerzo en el logro de una masa crítica de población con educación básica, especialmente en el campo.

Para el 1º de diciembre de 1992, sin embargo, las cosas han cambiado. En los países de la Comunidad Europea se discute si es conveniente disminuir los días de trabajo semanales a cuatro. Algunos opinan que tal solución no puede ser aplicada uniformemente en toda Europa porque las condiciones de trabajo tienen una enorme variedad. El Ministro Británico de Hacienda se opone a toda regulación del mercado laboral. En tanto, algunos expertos opinan que acortar la semana de trabajo es una opción para fábricas como la alemana Volkswagen AG —la que tiene como alternativas de acortar la semana a 29 horas o bien despedir a 30.000 trabajadores— pero no lo es para las pequeñas y medianas empresas.

El sur de Asia no se queda atrás en los cambios económico-sociales producidos por la crisis. A comienzos de 1994, la correspondencia entre educación y mercado de trabajo está seriamente dislocada en toda la región, como consecuencia de la crisis económica que obliga a reducir la jornada laboral y requiere, por ejemplo, que las empresas japonesas reduzcan alrededor de 2.400.000 empleos. Un emergente de tal situación, es que en colegios y firmas comerciales como el Tokyo English- Language School, la Waseda University y la Shushoku Yobiko Co., se dicten seminarios dedicados a capacitar a los jóvenes para competir en la cruda lucha por la obtención de un lugar de trabajo.8

Aquellos nuevos acontecimientos nos permiten vislumbrar el carácter efímero del bienestar basado en las economías de mercado y comprender que el logro, por esa vía, de una adecuación perfecta entre demanda y oferta de recursos humanos calificados, es un mero espejismo. Pero, además, la inevitable modernización arrastró cambios culturales imposibles de detener. La estricta censura comunicacional de gobiernos como el malayo (como la impuesta en otro hemisferio con monopolios como Televisa), o las restricciones de Hong Kong a programas televisivos occidentales que muestran escenas con la más leve carga erótica, están llegando a un tope. Aunque desde Singapur, la cadena de TV cable HBO Asia —que depende de la norteamericana US Time Warner— anuncia que recortará sexo, política y violencia de las producciones transnacionales, para captar la enorme demanda regional.9 La mayor parte de las telenovelas —japonesas e hindúes— que ven diariamente millones de jóvenes, tienen como argumento la tensión entre la simbología tradicional y la moderna, y generalmente resulta triunfante un joven oriental con “jeans” quien lleva en su Toshiba a una mujer vestida con ropas tradicionales que, a la vez, calza un casco y anteojos de motociclista, escena corriente en las calles de Penang, Kuala, Lumpur o Singapur. El mestizaje cultural producido por las migraciones, especialmente chinas, y la modernización económica, tecnológica y comunicacional, sumados al avance japonés (calificado como “imperialista” por los intelectuales nacionalistas y democráticos de la región), confluyen en un proceso educativo de inimaginables dimensiones, que se escapa de las metas que proponen los economistas y pedagogos del neoliberalismo.