19 de Junio de 2018
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Colección: La Educación
Número: (119) III
Año: 1994

PALABRAS DEL SECRETARIO GENERAL DE LA OEA, CÉSAR GAVIRIA,
EN LA CONFERENCIA SOBRE EDUCACIÓN PROMOVIDA POR EL DIÁLOGO INTERAMERICANO
(Washington, D.C., 15 de noviembre de 1994)

Quisiera agradecer, en primer lugar, la invitación que me ha hecho el Diálogo Interamericano a esta Conferencia sobre la educación cuya realización, por sí sola, revela el mayor interés que este tema genera hoy en día en la comunidad interamericana.

Créanme que para quien ha tenido la responsabilidad de gobernar a su país el tema de la educación es, sin duda, uno de los más complejos. Hay algo épico en la manera como los ministros de educación sufren su castigo a la manera de Sísifo, al hacer frente a los descalabros administrativos de la educación; se ignora, incluso, a veces, el número de docentes que hay en la nómina del Estado; las presiones y angustias del sector son enormes y su tamaño e importancia no interesan siempre a las más altas esferas del Gobierno: casi nunca mueven el corazón de los ministros de Hacienda. Cuando éstos tienen corazón. El resultado es el que nos congrega hoy alrededor del Diálogo Interamericano: la crisis de la educación.

Todos sabemos y hemos sido testigos de la manera como la educación en la América Latina y el Caribe sufrió no sólo la década de los ochenta y la consecuente disminución dramática en las cifras que se invertían en el sector, sino que fue víctima de los rigores que enfrenta aquello que es indispensable cuando lo atropella lo urgente. Nuestras sociedades enfrentaron, primero, el mayor desajuste macroeconómico de los últimos tiempos y, por otra parte, en muchos casos, una dolorosa transición de dictaduras militares a democracias nacientes.

Por años, los temas económicos han ocupado un lugar preponderante en nuestras preocupaciones políticas. Llevamos bastante tiempo —quizás demasiado— pensando en cómo sanar nuestras economías; y ello, lógicamente, ha debilitado al Estado y ha significado un deterioro notable de su capacidad institucional y financiera para hacer política social.

Es paradójico pero cierto: El ideal del buen Estado debería ser la razón de ser de la política. Pues en muchas de nuestras naciones, el ideal de la buena economía ha pasado a ser la razón última de la política, y eso tiene que cambiar.

La reforma económica, y desde hace muy poco lo más básico de la reforma política, han ocupado nuestro interés durante el último cuarto de siglo; y ello ha tenido como uno de sus efectos secundarios un enorme rezago en el esfuerzo que nuestros gobiernos hacen en el sector de la educación. Lo urgente ha hecho que lo indispensable deba aguardar su turno. Sin duda, amigos del Diálogo Interamericano, ha llegado el turno de lo indispensable.

Hoy no existe quien desconozca el hecho dramático de la crisis educativa en Latinoamérica y el Caribe, al tiempo que el mundo concluye que tendrá un mayor peso en el éxito de una nación para poder competir en el comercio mundial su riqueza en recursos humanos en contraste con el pasado cuando los recursos naturales con que la naturaleza premiaba la tierra eran garantía de prosperidad o condena de atraso.

Me atrevería a decir que en todo esto parece existir una enseñanza básica y simple para nuestros países, algo que para otras naciones resulta connatural y cotidiano. Me refiero a la necesidad de contar con un pensamiento de largo plazo. Sólo las naciones que se atreven a pensar a largo plazo y que se comprometen en aventuras colectivas que tienen propósitos de largo plazo, salen adelante. Nuestros países tienen el reto de lo urgente. Yo sé cómo es esa urgencia porque, como ustedes saben, vengo de un país en el que la violencia pone a prueba el carácter y las instituciones nacionales día a día. Y aún así, considero que sólo una decisión colectiva animada por una visión de largo plazo nos permitirá hacer frente a la crisis de la educación en el Hemisferio.

Hoy parece existir un consenso sobre el diagnóstico del problema y aun sobre los caminos que hay para iniciar la recuperación del sector de la educación. Pero a pesar de ello, no se avanza a la velocidad y en la dirección correcta tanto como se quisiera. Quizá porque tristemente la educación no es todavía un “issue” político trascendental en nuestros países, lo cual conspira a veces contra la ejecución y puesta en marcha de políticas valerosas para enriquecer el capital humano de nuestros países.

Nuestro objetivo hoy es claro: es el de preparar ciudadanos para la tolerancia, el respeto a las ideas ajenas. La libertad y la creatividad, a la vez que ciudadanos capaces de aportar trabajo calificado a la riqueza nacional. Nuestro objetivo último es el de permitir la consolidación de un verdadero capital humano que permita a nuestros países sobrevivir y triunfar en el comercio mundial, nueva realidad en la que nosotros y nuestros hijos, y quizá los hijos de nuestros hijos, definiremos nuestro destino. Para lograrlo no hay duda de que debemos promover una transformación fundamental de los ejes alrededor de los cuales se mueve la educación.

El papel del maestro en la comunidad, su remuneración, su inserción en el aparato estatal si es el caso, y la reflexión de la comunidad sobre los objetivos y procedimientos de la educación deben modificarse de manera sustancial. Todo lo que se haga en materia de reforma debe llevar a que esto se transforme de tal modo que el maestro recupere su valor en la comunidad, que el Estado recupere su verdadero papel frente al sector y que la comunidad asuma su responsabilidad en la reflexión que alimenta el tema.

Permítanme hacer un breve recuento de lo que, a mi juicio, parecen ser los temas sobre los que existe algún consenso alrededor del tema de la crisis y sus posibles soluciones, tarea en la cual el Diálogo Interamericano ha realizado una labor encomiable. No me es ajeno el hecho de estar entre especialistas y pido, por ello, la indulgencia de quienes han transitado por años este asunto.

¿Sobre qué temas hay un relativo consenso? Empecemos por el más complejo, pero sin duda el más trajinado: el papel del Estado.

En muchos de los países de América Latina y el Caribe, el Estado privatizó lo que era su misión fundamental y se hizo enorme y fuerte al frente de materias que podían ser asunto de iniciativa privada. Así, era frecuente encontrar países en los que en salud, educación, justicia y seguridad ciudadana el Estado no existía; y ese vacío era llenado por la iniciativa particular, de manera perversa en los dos últimos temas —la justicia y la seguridad ciudadana— con su consecuente resultado de violencia y crimen. Al mismo tiempo, el Estado poseía bancos y empresas industriales, abarcaba la mayor parte de los sectores de economía, y malgastaba los escasos recursos públicos.

Hoy hay un consenso sobre la importancia de incrementar los recursos públicos destinados al sector de la educación, descentralizando el sector y dando prioridad a la educación primaria y secundaria sobre la educación superior, sin perjuicio de lo que la iniciativa privada pueda aportar en este campo.

No obstante, en países en los que se ha llevado a cabo un ajuste económico muy grande, el incremento en el gasto público en educación sólo es posible mediante el recorte en otros rubros del presupuesto. Esto requiere de decisión política y sin duda de coraje y de responsabilidad. No produce aplauso inmediato ni resultados de la noche a la mañana.

Hay consenso sobre la necesidad de priorizar el gasto hacia la primaria y la secundaria. Ello parte del presupuesto según el cual el énfasis que se ha hecho en la educación superior beneficia a los sectores medio y alto de la población, lo cual es, sin duda, inequitativo. Se trata también de una decisión que requiere coraje.

Hay consenso sobre la importancia de utilizar en algunos casos subsidios directos a la demanda, teniendo en cuenta criterios de excelencia y capacidad adquisitiva. En países en donde la ausencia del Estado tuvo como uno de sus efectos una importante consolidación del sector privado en la educación primaria y sobre todo en la secundaria, resulta aconsejable crear subsidios directos para que sean los estudiantes quienes escojan el lugar en el que estudiarán. Esta política tiene el doble efecto de impedir que la educación privada primaria y secundaria se convierta en una educación exclusiva de élites, así como una mejor utilización de recursos públicos.

Hay consenso sobre las bondades de la descentralización, aunque se trata sin duda de un proceso que comporta algunos riesgos. Al descentralizar se recupera la capacidad de administrar de manera eficiente y se maximiza la utilización de los recursos del Estado pero se hace indispensable que las municipalidades cuenten con recursos para esta administración o con poder suficiente para crear una base fiscal local. De igual manera, parece conveniente que las comunidades formen parte de la administración de los colegios y escuelas, de tal modo que su aporte tenga la doble consecuencia de aumentar la transparencia y mejorar la calidad de la educación.

Hay consenso sobre la necesidad de mejorar la calidad de la educación, lo cual requiere de trabajo por parte de la sociedad y del Estado hacia el mejoramiento de la calidad y condiciones de vida del profesorado, de su permanente preparación y su evaluación rutinaria, y por otra parte, de las condiciones de vida del estudiantado en lo que hace referencia a los estímulos que recibe, al tiempo que dedica al estudio, a los medios físicos que requiere para su preparación académica.

Y por último hay consenso sobre la importancia de redirigir parte de la educación secundaria con el objeto de preparar a los estudiantes para el mercado de trabajo al cual, en gran parte, ingresarán sin pasar por la educación superior. En lo que se refiere a esta, parece existir consenso sobre la necesidad de focalizar los recursos del Estado hacia quienes de veras los necesitan, así como a los instrumentos que permitan acceder a las innovaciones en investigación, en ciencia y en tecnología.

La reforma es, pues, indispensable. Está en marcha en muchos de los países de la América Latina y el Caribe. Ha logrado éxitos en unos países y avanza con lentitud en otros.

Requiere, también, evitar que en el interior de los Estados mismos existan sectores modernos y sectores rezagados. Durante años los recursos de la banca multilateral se dirigieron primordialmente a la financiación de proyectos de infraestructura. El resultado ha sido la existencia en nuestros Estados de unas burocracias más modernas y eficientes —aquellas relacionadas con el desarrollo económico— en comparación con aquellas relacionadas con el desarrollo social. Sin duda es esta una de las razones para que, hoy día, no sean muchos los países en los que los recursos destinados al sector sean mayores como porcentaje del PIB de lo que han sido tradicionalmente.

El sistema interamericano debe ser sensible a las necesidades de nuestros países en la reforma educativa. Pero la cooperación técnica no puede ni debe abarcar todas las áreas del pensamiento y la actividad humanas. Nuestra cooperación debe iniciarse en foros como el presente, en trabajos como los realizados entre la OEA, el BID y el Diálogo Interamericano, en reflexiones que nos muestren un norte al cual debemos dirigirnos. Nuestra actividad debe, por último, estimular los mecanismos de cooperación horizontal.

Créanme que las instituciones del sistema interamericano están hoy listas para el reto que supone la reforma a los sectores sociales en la América Latina y el Caribe. El Banco Interamericano de Desarrollo, bajo la acertada dirección de Enrique Iglesias, hace lo suyo de manera admirable. El bagaje y la tradición del CIECC y un renovado impulso a los nuevos temas de la agenda hemisférica, hacen de la OEA otra entidad en la que la reforma a la educación es materia de permanente estudio y de apoyo a los países miembros.

Apreciados amigos:

Así como se hace necesaria la reforma en educación, de la misma manera como nuevos recursos, nueva estructura regional y nuevo compromiso de la comunidad hacia la escuela, darán un nuevo respiro a la educación lentamente, debemos reflexionar sobre aquellas materias en las cuales la educación primaria y secundaria podría hacer la diferencia para estimular de esa manera un salto cualitativo de nuestras sociedades.

Es necesario, en primer lugar, educar para la conservación del medio ambiente. La creación de una cultura en la que el desarrollo sostenible tiene como cimiento el respeto de los ciudadanos a su entorno biológico, es el fundamento de un crecimiento equilibrado.

Es necesario formar para la competencia. El mundo de hoy exige competitividad. Para alcanzarla, la educación debe promover en nuestros países la imaginación y la creatividad, pero también el pensamiento a largo plazo y una cultura en la que se entienda la enorme importancia de la perseverancia.

Y es necesario, por último, educar para la democracia. La formación de los valores democráticos y la promoción de una cultura de la tolerancia y el respeto, será el camino para afianzar las democracias en el Hemisferio y hacer frente a la violencia.

Permítanme terminar con una alusión que hace, a un antiguo cuento chino, el escritor Italo Calvino para dar fin a una de sus conferencias sobre el próximo milenio. Dice lo siguiente:

Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. ‘Necesito otros cinco años’, dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto.

Pues bien, en los países de América Latina y el Caribe pasaron ya los diez años y los hemos desperdiciado. Tenemos diestros artesanos. Era hora de que nuestro dibujo fuera perfecto. Es nuestro deber inmediato recuperar el tiempo precioso que hemos perdido para siempre. ¡Manos a la obra!

Muchas gracias.

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