25 de Abril de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (118) II
Año: 1994

El concepto de calidad en la educación superior

Los puntos anteriores indican, además, que el concepto de calidad no significa lo mismo para todos. Varios conferenciantes abordaron el tema y trataron de discernir mejor en qué consiste la calidad en la educación superior. En general, las opiniones giraron alrededor de uno u otro de los dos conceptos siguientes: el primero se refiere a las pautas. Serán de calidad los establecimientos o los programas que satisfagan las pautas fijadas por una entidad encargada de garantizarlas. Esta definición es la que utilizan con más frecuencia las entidades responsables de la aprobación de la calidad de la enseñanza, especialmente en el ámbito profesional, y los organismos a cuyo cargo está la evaluación de los programas de estudios. Ella permite una medida “objetiva” de la calidad en cuanto a las pautas preferidas. La selección de estas pautas constituye, evidentemente, un punto crucial. Pueden variar por país o por tipo de institución, pero en el curso de la Conferencia fue posible constatar que cada vez más hay la tendencia a tomar como referencia las pautas internacionales cuando se trata de evaluar los programas, especialmente en las carreras profesionales. Esto se hace o bien de manera formal, mediante acuerdos entre organismos, como es el caso en ingeniería, o bien en forma indirecta, recurriendo a expertos internacionales. Algunas instituciones procuran la aprobación de entidades de otros países a fin de dar crédito a la calidad de sus programas y de su enseñanza.

El segundo concepto sobre calidad tiene como base la misión de las instituciones docentes. Se dirá que una institución es de calidad si cumple bien con su misión y satisface las expectativas de sus “clientes” y de sus “accionistas”, es decir de los estudiantes, de quienes proveen los fondos y, en forma más general, de la sociedad. En este caso se deberá juzgar sobre dos aspectos: la pertinencia de su misión y la forma como ésta se lleva a cabo. Esta definición tiene la ventaja de permitir cierta diversidad dentro de la educación superior, ya que deja a cada institución la tarea de escoger su misión. Es interesante, además, porque pone el énfasis en la calidad real del “producto educativo” tal como puede medirse, por ejemplo, por el rendimiento del diplomado, por la facilidad con que encuentra empleo o por su desempeño social. Hay aquí menos interés en el proceso (la “enseñanza”) que en los resultados (el “aprendizaje”). Esta definición tiene vinculación con el movimiento actual de la apreciación del valor agregado de la educación superior (“valoración”), tan de moda en los Estados Unidos de América, o los esfuerzos por impartir calidad a toda la gestión universitaria. El problema de este enfoque radica en que intereses diversos no conllevan expectativas iguales, algunas pueden ser contradictorias o de difícil logro simultáneo, de ahí la necesidad de establecer prioridades, y de ahí también la dificultad de emitir juicios con esa base única de las expectativas de los clientes y el rendimiento de los estudiantes. Sin embargo, debido a que pone el énfasis en los resultados, y por tanto en los estudiantes, es origen de iniciativas muy prometedoras para mejorar la calidad real de la educación superior.