19 de Diciembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (118) II
Año: 1994

2. En ese replanteamiento de relaciones entre Estado y sociedad, tanto desde el punto de vista de las organizaciones no gubernamentales como de las comunidades de base, ¿qué función le asignaría usted a las tareas preponderantemente educativas de unos y de otros?
La educación es central. No señalo esto porque esté hablando para la audiencia de una revista sobre educación sino porque recurro nuevamente a lo único en lo que podemos creer: la evidencia empírica.1 Los países que tienen elevados indicadores de calificación de la mano de obra, de preparación de los cuadros gerenciales en distintos niveles, de inversión en educación, no solamente en el sistema formal sino en el propio mundo organizacional, son también, en general, los países con mayores niveles de desarrollo. Por ejemplo, resalta el dato de que, mientras la mayor parte de las empresas más competitivas del mundo tienen al encargado de educación y desarrollo de recursos humanos en el más alto rango como vicepresidente de la empresa, en los de nuestra región esta función es secundaria.
Esa diferencia en las estructuras organizacionales se refleja en los presupuestos dedicados a entrenamiento y educación del personal. También muestra la relevancia que se da a la educación, como un agente de inversión productiva dentro de la empresa, y es una de las razones que explica las diferencias en los índices de productividad. En el mundo organizacional, la inversión educativa a nivel nacional es un factor determinante de superioridad competitiva.

El futuro tecnológico va ser dominado en forma cada vez más abrumadora por disciplinas como la biotecnología, la robótica, la informática, la microelectrónica y la ciencia de los materiales. En síntesis, por las llamadas “tecnologías de punta”. En ese futuro, los métodos de trabajo se basarán en la contribución de personal altamente calificado, que deberá ser formado por la sociedad en su conjunto, incluyendo las diferentes organizaciones sociales. Así que invertir en educación, y avanzar en educación, es estar trabajando en la frontera donde se van a definir las diferencias que caracterizarán el mundo del mañana.

Alvin Toffler lo señala claramente en varios de sus trabajos. Dice que la brecha mayor no es la que hay entre desarrollo y subdesarrollo, sino que la que existe entre los que están haciendo el aprendizaje que corresponde para el siglo próximo y los que no. Ahora bien, ese aprendizaje se hace fundamentalmente a través del sistema educativo. Se trata, por tanto, de una cuestión estratégica. Yo la llamaría una cuestión “de estado”.
La política de productividad y progreso social en nuestras sociedades debe basarse en un proyecto nacional, articulado entre estado y sociedad civil, para desarrollar la educación en todas sus expresiones. Eso implica fortalecer el sistema de educación formal, aumentar su cobertura y mejorar su calidad por todos los medios. Por otro lado, se requiere ampliar el sistema de educación informal, con posibilidades muy ricas que recién estamos explorando. Además, exige ampliar el papel de la educación hacia el interior de todo tipo de organizaciones.

Esa gran operación de potenciación requiere de un estado concertador y negociador que supere estructuras burocráticas rígidas. Un estado cuyos recursos en el campo de la educación estén volcados a armar y propiciar el funcionamiento de coaliciones sociales en favor de la educación.
Por otro lado, se requieren sectores sociales con conciencia de la gravedad y de la importancia del problema. Nuestros “establishments” tradicionales han demostrado, en la mayor parte de los países, no tener conciencia de la importancia clave de la educación y actúan con un cortoplacismo antihistórico. De lo contrario, las inversiones destinadas a la educación hubieran sido muy distintas de lo que son.

En particular, cabe señalar que la inversión latinoamericana para educación y entrenamiento en el campo de las organizaciones privadas es muy limitada. Es mucho más baja de la que existe, por ejemplo, en Japón, de la que existe en el sureste asiático, y en la mayor parte de los países europeos. Esta situación determina una diferencia competitiva muy fundamental.
En el mundo actual, se asocia la modernidad tecnológica en las organizaciones con altas tasas de inversión en educación. Venezuela, para mencionar un ejemplo concreto entre tantos otros que podrían considerarse, ha logrado manejar con alta eficiencia tecnológica su industria petrolera nacional. Existían quienes desconfiaban de que eso fuera posible. Sin embargo, es una organización pública que es considerada entre las mejores del mundo, y de excelencia desde el punto de vista gerencial. La inversión en educación que tiene la industria petrolera venezolana es una de las más altas que existe en el continente: el desarrollo de las carreras gerenciales está estrechamente ligado a programas de educación permanente y los centros de entrenamiento de la industria son equivalentes a cualquier universidad tecnológica de alta categoría a nivel mundial.

En resumen, la educación es una prioridad estratégica. Hay que aprovechar al máximo sus potencialidades y tratar de convocar una gran concertación nacional en torno a ella. El Estado, como factor catalizador de esa concertación, tiene que modificar seriamente sus estructuras actuales. Por otro lado, se precisa un cambio de la mentalidad de ciertas élites de poder que tradicionalmente han visto la educación desde una perspectiva muy estrecha y anacrónica: como un gasto reducible y no como una inversión estratégica.