20 de Julio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (118) II
Año: 1994

El milagro japonés: Un ejemplo de método

Dentro de este contexto, el análisis del caso de Japón ha adquirido especial interés. El Japón tiene una de las economías más prósperas del Planeta, que se asienta sobre una transformación productiva particularmente acentuada en las últimas décadas y que le ha permitido al país alcanzar un cambio social, económico y tecnológico de gran magnitud. Gracias a este vertiginoso proceso, el Japón se ha convertido en un modelo internacional de desarrollo ágil y exitoso que ha logrado desbordar los parámetros tradicionales de las sociedades industriales. Como es ampliamente conocido, en el Japón la inversión en educación ha sido un factor determinante.

Hoy por hoy, el Japón evoluciona en dirección a un cambio de paradigma técnológico hacia un modelo de desarrollo postindustrial fundamentado en el pensamiento y la innovación, en la investigación asociada a la producción. Los criterios de inversión ya no se basan en la rentabilidad económica como ha sido tradicional en las sociedades industrializadas, sino que están asociados a la investigación y desarrollo, al potencial generador de nuevos productos, procesos productivos y materiales. Esto ha conducido a la reducción de las inversiones de capital y al incremento de los proyectos exploratorios formulados frecuentemente por los consorcios de investigación entre empresas e industrias. (Kodama, 1991).

Hay quienes se refieren a la transformación socioeconómica del Japón durante las últimas décadas como “el milagro japonés”. Es preciso recordar, sin embargo, que el término “milagro japonés” había sido introducido en 1937 por Hiromi para referirse al impresionante incremento de un 81.5 por ciento en la producción industrial (Johnson, MITI and the Japanese Miracle, 1982, 6). Sin embargo, el llamado “milagro japonés” es, en el fondo, una de las más grandes lecciones de método que conozca la historia de los pueblos recientes.

Si bien es cierto que en el caso japonés han desempeñado un papel significativo muchos factores culturales, el desarrollo del Japón se fundamenta en la articulación de una voluntad de desarrollo y de un plan estratégico para lograrlo que se inspiró en la idea-fuerza de alzancar los logros de los países industrializados de Occidente. Esta definición de una visión nacional fue obra de los Meiji, que asumieron el poder en 1868. Los Meiji basaron su acción en un compromiso con el desarrollo nacional que se fundamentó en una labor de análisis de la situación interna del Japón y de su relación con los países occidentales, con los que en aquel momento empezaban a establecer relaciones comerciales. Según dictaminó un grupo de estadistas japoneses que visitó Inglaterra y Estados Unidos en aquella época:
no es tanto... en la industriosidad donde se encuentran las diferencias [con Occidente]. Tampoco en recursos naturales. La diferencia está en la aplicación de la ciencia a la producción, en el planeamiento, la organización y en el uso disciplinado de las habilidades. (Citado en Doré y Sako 1989)
Y fue justamente en esa dirección en la que los Meiji enrumbaron sus esfuerzos. La visión de aquellos líderes japoneses no puede ser subestimada. De hecho sus observaciones coinciden con algunas de las recomendaciones que recientemente ha hecho la CEPAL para los países latinoamericanos, unos ciento veinticinco años después:
la incorporación y difusión deliberada y sistemática del progreso técnico constituye el pivote de la transformación productiva y de su compatibilización con la democratización política y una creciente equidad social. (Transformación Productiva con Equidad, 1990)
No abordaremos dentro del ámbito de este trabajo el análisis histórico de los factores políticos y socioeconómicos que explican el éxito del desarrollo japonés. La literatura especializada en este campo es prolífica. Vale la pena destacar, sin embargo, y a manera de marco referencial, ciertos hechos trascendentales del desarrollo japonés que permitieron la articulación de su modelo particular de desarrollo.

Visión sistémica y de largo plazo

Uno de los elementos fundamentales que es preciso destacar es la capacidad de los líderes japoneses de tomar decisiones con visión sistémica y de largo plazo, característica ésta que se percibe como una constante desde la llegada al poder de los Meiji. Ya desde aquella época, se empieza a conformar el bien conocido “estado desarrollador” que ha caracterizado al Japón, estado en el que confluyen la planificación industrial y la economía de mercado.

Un ejemplo esencial de esta visión sistémica se da en el ámbito del desarrollo de los recursos humanos y de su aporte al desarrollo económico. Los líderes japoneses desarrollaron para su país una ética nacional planificada que, como veremos luego con más detalle, fue creada conscientemente e implantada por medio de campañas educativas específicas. Esta ética nacional conformó una infraestructura social imprescindible para el cambio de actitudes y procedimientos vinculados al nuevo concepto de estado y a las nuevas formas de producción que debían ser introducidas.

Aceptación del riesgo en la toma de decisiones trascendentales

Otro aspecto de extraordinaria importancia estratégica lo constituye la capacidad de los líderes japoneses para asumir riesgos. El estudio del desarrollo japonés revela la audacia con la que se tomaron ciertas decisiones al crear proyectos nacionales de gran envergadura que le permitieran al país implementar cambios radicales y no simplemente incrementales.

Esta actitud insólita se acentúa en forma especial durante la posguerra. Durante este período el Japón rechaza el concepto lineal del desarrollo, se enfrenta a los modelos económicos ortodoxos que recetaban para el proceso de recuperación económica la explotación de su mayor ventaja comparativa: la mano de obra barata. Los japoneses que asumieron posiciones de liderato dentro de la burocracia del estado (muchos de ellos ingenieros recién derrotados en el conflicto bélico) optaron por estrategias económicas tendientes a una reconversión productiva que le permitiera al país dar un salto cualitativo en su proceso de nivelación con las naciones industriales de Occidente.

Capacidad de adaptación al cambio

Uno de los rasgos más impresionantes de la transformación productiva del Japón lo constituye su capacidad de adaptación al cambio, su extraordinaria habilidad para convertir sus desventajas en ventajas comparativas. Como ha señalado Michael Porter, el Japón ha sido único en su habilidad para utilizar ciertos factores determinantes para responder a sus desventajas selectivas en una forma altamente positiva (399-401).

Dos ejemplos revelan esta característica. Después de la guerra, el Japón tenía una fuerza laboral enorme y una altísima tasa de desempleo. Sin embargo, a finales de la década de los sesenta el Japón enfrentaba problemas de insuficiencia de mano de obra. El aumento creciente de los salarios obligó a la industria japonesa a la automatización de muchísimas tareas, lo que puso al Japón en posición de punta de lanza en su capacidad instalada en el área industrial.

Otro ejemplo típico de este tipo de transformación de desventajas en ventajas. A principios de los sesentas el Japón dependía en gran manera de la importación de fuentes de energía; las crisis petroleras de los años setenta obligaron al Japón no sólo a implementar rigurosos programas de ahorro de energía que contrariamente a lo que ocurrió en otros países tuvieron efectos permanentes y no transitorios. Lo que es más, la necesidad de conservar energía forzó a las empresas a introducir cambios tecnológicos que tuvieron como efecto el que las firmas japonesas se pusieran a la cabeza en el uso de tecnologías de estado sólido, que eran más fáciles de automatizar y que resultaron mucho más confiables.