22 de Enero de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (118) II
Año: 1994

Palabras del Maestro Teófilo Maguiña Cueva

Recibir una distinción en el Templo de la Fraternidad Americana, lo confieso, parece un sueño y no quisiera despertar. Y al agradecer a los señores miembros del Jurado Calificador por haberme conferido tan importante Galardón, lo recibo con humildad y lo dedico a mis colegas maestros que trabajan en las concavidades más apartadas e inhóspitas de la Cordillera de los Andes, tratando de integrar social y culturalmente a los nativos de esas montañas, a veces olvidados de Dios mismo. Con el respeto que merece la majestad de este recinto y la fuerza moral que me confiere la distinción que acabo de recibir, debo dirigirme a todos los señores Embajadores de los Estados Americanos aquí reunidos y decirles: En América justamente calificado como el Continente de la Esperanza, a pesar de tener uno de los Estados más ricos y poderosos del mundo, como son los EE.UU., lamentablemente aún existen algunas naciones que llevan como una enfermedad crónica la mancha del analfabetismo, que además de frenar su desarrollo, les coloca en el casillero de los pueblos más desgraciados de la Tierra.

Esta realidad es muy cruda. El Salvador, Ayacucho, Chiapas son testimonios que no se pueden ocultar. El descontento crece, los puños se alzan, ¿hasta cuándo? se preguntan. Todos sabemos, la ignorancia y la pobreza son la causas. Entonces yo creo que la OEA debe meter fierro a fondo y emprender una campana de alfabetización realista y a nivel continental, de una buena vez deben ser liberados los iletrados de la denigrante condición en que viven. Es hora de quitarles la venda a fin de que no sigan siendo manipulados; es hora de enseñarles las operaciones elementales de la aritmética para que sepan sacar sus cuentas y dejen de ser explotados; en una palabra, es hora de sacarles del hoyo, guiarles y enseñarles el camino de la integración social y cultural a fin de que cumplan sus deberes y reclamen sus derechos en forma civilizada.

Es un proyecto realizable por donde se le mire. ¿Su costo? Tal vez resulte menos que lo invertido en la “Guerra del Golfo”, pero sus fines y su trascendencia social y cultural no resisten la comparación. El día que los Estados Americanos logren incorporar sus grandes núcleos de analfabetos a las filas de las fuerzas vivas, el día que el porcentaje fluctuante del 50 al 30% acusador baje al 5% tolerable, todos los habitantes de nuestro continente diremos ¡Aleluya! y tomados de la mano podremos vivir en paz, practicando los ideales democráticos por los que se sacrificaron hombres de la talla de George Washington, Simón Bolívar, San Martín, Túpac Amaru y tantos otros. Por otra parte, así como el Santo Padre en su encíclica Esplendor de la Verdad propugna que la dignidad humana se mantenga incólume dentro de la sociedad; y aún más, si releemos las biografías de Andrés Bello y Gabriela Mistral, a los maestros, a los políticos y a todo luchador social de América le corresponde la tarea de velar porque los beneficios de la cultura crezca y florezca en los rincones más apartados de la patria grande.

Por estas razones, el maestro peruano que les habla se permite invocar a los señores Embajadores de la naciones desarrolladas de América que no se olviden de sus hermanos menores como el Perú, Bolivia y el Ecuador en Suramérica; Haití, Guatemala, Honduras y otras en Centroamérica y nos presten su apoyo moral, técnico y económico a fin de erradicar el analfabetismo en todas sus formas y dejar encendida la antorcha bienhechora de la civilidad en el oscuro mundo de millones de seres humanos que también son americanos como nosotros. De esta manera se dará vigencia plena a los derechos humanos, la justicia social, la solidaridad, que tanto se pregonan. Solamente así nuestra América será realmente el continente de la libertad, el modelo de la democracia en todo el planeta. Este es el mundo que sueño para mis hijos y ustedes lo pueden hacer. Para terminar permítanme rendir mi homenaje al gran humanista venezolano, en cuyo nombre se ha instituido el Premio que me acaban de conferir; y a ustedes señores Embajadores de los treinta y cinco Estados Americanos les reitero mi pedido y renuevo mi gratitud.

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