20 de Septiembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (117) I
Año: 1994

EL AÑO INTERNACIONAL DE LA FAMILIA
 
La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) orientada por la decisión de promover el progreso social y elevar el nivel de vida, proclamó 1994 como El año internacional de la familia.1 De igual forma, decidió que las principales actividades de la observancia del año se concentren en los planos local, regional y nacional, y reciban la asistencia de la ONU y de su sistema de organizaciones, con miras a crear en los gobiernos, los encargados de formular políticas y el público una mayor conciencia de la importancia de la familia como unidad natural y fundamental de la sociedad.2

Somos testigos de fenómenos complejos que concurren al cambio de la estructura, funcionamiento y significado de la vida familiar. Las transformaciones que podemos apreciar tendrán impacto no sólo en el desarrollo humano actual sino en el de las generaciones futuras. Aunque los procesos que determinan estas transformaciones presentan apariencias diferentes, responden a una dinámica común de la vida familiar en todas partes del mundo.

El conflicto entre las necesidades de la familia y las exigencias del trabajo contribuye al aumento de vulnerabilidad del medio familiar, aumentando la tensión a la que se ven sometidos los padres. Algunas de sus manifestaciones son la incompatibilidad de horarios, las grandes distancias a recorrer entre el hogar y los sitios de trabajo, el número limitado de centros de cuidado diurnos, que ofrezcan atención calificada y que sean económicamente accesibles y, en general, la poca disponibilidad de los padres para compartir el tiempo libre y la recreación. Con frecuencia, las exigencias laborales no facilitan adaptación entre las necesidades de los adultos, como padres, y los requerimientos de los niños y adolescentes en las diferentes etapas de su desarrollo.

En las dos últimas décadas, han emergido nuevos problemas derivados de factores diversos, que se presentan en todas las clases sociales, se manifiestan en inestabilidad e inconsistencia, y tienden a condicionar de forma caótica la vida familiar. El aislamiento y la erosión de los valores propios de la convivencia familiar han coincidido con un incremento en la recurrencia a esquemas de enajenación personal y social. El diálogo directo ha sido frecuentemente substituído por una inmersión continua en mensajes y patrones de comportamiento masivo. La satisfacción inmediata es preferida al trabajo constante y al desarrollo del carácter, aún a costa de la salud y la seguridad. El agudizamiento de las condiciones de pobreza y las pocas oportunidades de realización personal han contribuído a provocar, sobre todo en los jóvenes, actitudes alimentadas en la frustración y la falta de esperanza. En particular, el aumento de divorcios y de hogares con un solo adulto responsable han puesto de manifiesto que los niños que crecen en hogares con desavenencias están en riesgo de experimentar problemas de conducta y aprendizaje. Frecuentemente, los niños que proceden de familias desintegradas constituyen casos típicos de ausentismo escolar, actitudes cínicas hacia el trabajo, embarazo precoz, vandalismo y otros actos criminales, consumo de alcohol y drogas y, en los casos más extremos, suicidio.3

Es sobre todo necesario que los distintos sectores de la sociedad, cobren conciencia de la importancia decisiva del núcleo familiar. El dedicar tiempo y atención a los hijos es relevante para el sostenimiento del tejido social en su conjunto. Investigaciones de las últimas décadas revelan que, si bien los cuidados médicos y la buena nutrición son esenciales, no son suficientes para asegurar el bienestar físico y el desarrollo psicológico, en especial para aquellos niños cuyas familias se han visto expuestas a tensiones sociales, económicas y biológicas. Desde el nacimiento, el niño establece con su medio social una relación recíproca que sienta las bases de una educación mutua. Se inicia así un ciclo, al principio informal e inconsciente, donde “el niño enseña al adulto y éste enseña al niño”. Ese proceso de educación informal que se da en los primeros años de vida del niño es rico, extenso y decisivo para su futuro. Estas relaciones niño-adultos, en el entorno familiar, son eficaces sólo cuando son constantes y cuando se extienden por un largo período durante los primeros años de vida del niño. Varios estudios longitudinales demuestran que esos primeros años constituyen la base emocional, afectiva y moral para que el niño desarrolle la capacidad de poder actuar, cuando crezca, en forma responsable y creativa, como un adulto realizado, en la familia, en el trabajo y en la sociedad.4

Si hemos de actuar frente a un problema de raíces tan profundas y complejas, es necesario repensar el orden social. La eliminación de las causas y la búsqueda de soluciones coherentes, merecen la más alta prioridad a nivel nacional e internacional. Es preciso poner de relieve que numerosas instituciones y organizaciones regionales se han adherido a la iniciativa de las Naciones Unidas y han decidido sumar sus esfuerzos para consolidar una corriente de opinión y acción en torno al papel de la familia como unidad fundamental de la sociedad actual y futura. La medida de la ONU constituye una dramática convocatoria, y es una llamada de alerta para el análisis, la reflexión y la toma de posición ante un desafío contemporáneo que afecta a las naciones en forma universal.

En este complejo escenario, los sistemas de educación deben examinar sus políticas y sus programas de acción. Es necesario relacionar los factores que afectan al desarrollo de los educandos con los cambios en la vida familiar. No es posible seguir pasando por alto el resultado de investigaciones que muestran las múltiples circunstancias que están poniendo en juego la solidez del núcleo familiar en un mundo sujeto a permanentes cambios, transformaciones y contradicciones. Es preciso adoptar medidas que afecten los diversos niveles de acción educativa, incluyendo el cuidado prenatal y el de los niños recién nacidos, asi como su desarrollo en el hogar, el fortalecimiento del medio familiar y el apoyo a los diversos centros de atención.

El año internacional de la familia abre un espacio propicio a nivel internacional para efectuar análisis, formular conclusiones e iniciar acciones urgentes y realistas acordes con cada una de las respectivas realidades nacionales. En tal sentido, la realización de programas de apoyo, que contribuyan a (re)aprender el concepto de paternidad responsable, y que estimulen la acción educativa permanente para formar y fortalecer una comunidad cooperadora y solidaria, puede ser uno de los más significativos aportes para garantizar un futuro viable en las sociedades de nuestros países. Se trata de un desafío para todos. Nadie puede excluirse. Es un desafío en el que, particularmente, los educadores tienen un papel destacado, desde sus diversos lugares de acción. Se requiere algo más que un debate o una reflexión retórica. Es indispensable asumir que las soluciones son de largo plazo. Sin embargo, es necesario encontrar estrategias, que en un corto término, puedan reducir el efecto de las fuerzas destructivas que inciden sobre el núcleo familiar. Los niños de hoy no pueden esperar. Estamos todos involucrados, y en el valor moral de la condición humana descansa nuestra esperanza.

María Eloísa García Etchegoyhen
de Lorenzo

Directora Honoraria


1.  Resolución del 14 de Marzo de 1990 (A/Res/4482).
2.  Para la adopción de esa medida la Asamblea General se enmarcó en las disposiciones pertinentes de la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, y la Declaración sobre el Progreso y el Desarrollo en lo Social, en virtud de las cuales se debe dar a la familia la mayor protección y asistencia posibles.
3.  No todos los hijos de familias “incompletas” —básicamente por ausencia de la figura paterna— presentan esta patología. Estudios sistemáticos de las excepciones han denominado a estos jóvenes “inmunizados”, destacando en la mayoría de los casos que la madre había recibido un buen apoyo, dado por un medio familiar integrado, con ayuda solidaria de amigos, centros educativos, sistemas de apoyo familiar bien orientados. Los problemas de riesgo en el desarrollo asociado con la familia de un sólo miembro, es menor que el asociado con la pobreza.
4.  No queremos decir con eso que la ausencia de experiencias interactivas desde edad temprana, en un contexto de calidad emocional, van a impedir la posibilidad de un desarrollo adecuado pues otras formas compensatorias pueden ofrecerse como sustitutas.