16 de Diciembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (117) I
Año: 1994

9. En esta perspectiva, ¿no resultaría que la distribución de oportunidades educativas no es solamente un problema de justicia —considerada en términos de conciliación valoral con la conciencia propia o con la conciencia colectiva del bien común— sino también un problema de supervivencia social, de contenido estratégico, en términos de la política del Estado?
Estoy completamente de acuerdo con su apreciación. Yo he criticado, en el caso de mi país, que se haya puesto tanta atención en los aspectos del intercambio comercial al discutirse el Tratado Norteamericano de Libre Comercio (TLC),4 y no se hayan discutido a fondo las asimetrías educativas. He publicado algunos análisis de disparidades de la escolaridad y de la fuerza de trabajo mexicana ante la estadounidense y canadiense, que son verdaderamente abrumadores. Si, por ejemplo, nosotros contamos ajenas con un 11% egresados universitarios en nuestra fuerza de trabajo, los EE.UU. cuentan con un 45% ó 50%, y el caso de Canadá es semejante. ¿Cómo puede uno competir en términos productivos con ellos? ¿Cómo establecer condiciones de competencia si nuestro gasto por alumno es terriblemente inferior (cerca de 10 veces menos) al de esos países? Debiérmaos haber negociado un mecanismo de compensación que nos permitiera disminuir estas diferencias educativas en un plazo determinado.