19 de Julio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (117) I
Año: 1994

3. ¿Habría algunas experiencias con las que usted pudiera ilustrarnos, de forma especial, sobre la formación de este tipo de valores de respeto, de libertad, en una palabra, de vivencia de los derechos humanos en el ámbito escolar?
Hay un sinnúmero de experiencias latinoamericanas e internacionales, en las que se introduce al alumno a esos valores a través de la vivencia de los mismos. Puedo referir un caso personal. Recuerdo que, para dar una clase de civismo en el primer año de estudios secundarios, con alumnos de doce o trece años, en una escuela privada en la ciudad de Guadalajara, México, decidimos, de acuerdo con la dirección de la escuela, que, en lugar de que hubiese clases, los propios alumnos hicieran su currículum. El resultado fue extraordinario, porque revela la capacidad enorme que tienen los alumnos para hacer un currículum formativo en los valores cívicos. Empezaron por hacer lo que ellos llamaron la sección amarilla, siguiendo la expresión usual de los directorios telefónicos. Consistió en un inventario de todos sus recursos. Uno dijo: “yo tengo un tío que tiene automóvil y que nos lo puede prestar con chofer”; otro, “yo tengo un primo que tiene un cine, que no se usa en las mañanas”, y así sucesivamente. Armaron, después, una serie de propuestas como la de invitar a un penalista a dar una charla sobre el régimen de las prisiones que había en el Estado de Jalisco, invitar a otro especialista, en este caso en políticos de vivienda popular, para explicarles los problemas habitacionales de la cuidad, y así por el estilo. Esos temas, que aparentemente no tenían tanto que ver con el civismo, eran para ellos una especie de introducción a la vida real de la sociedad, que era el objetivo de esa clase. Así se logró un estupendo curso de civismo; la autoridad escoalr apoyó ese esfuerzo participativo, el monto equivalente al sueldo del maestro se dedicó a facilitar las iniciativas de los estudiantes y se estimuló la capacidad de los alumnos de aprender por sí mismos y organizarse. Recuerdo también otra experiencia que me tocó vivir en esa escuela. Cada año, los alumnos que iban a salir de la preparatoria,1  muchachos de 17 o 18 años organizaban la fiesta de la escuela que consistía en realizar varios eventos. Me correspondió coordinar esa operación; les propuse a los alumnos, desde el incio, que estableciéramos una tabla de valoración para que, al final de la experiencia, pudiéramos hacer un ejercicio reflexivo de evaluación en común de los valores de cada uno, según los hubieran manifestado a través de sus actividades. Después de realizada la fiesta, al efectuar la evaluación de los valores manifestados por cada estudiante, todos progresaron en el conocimiento de sí mismos. Así, hubo casos en que se hicieron señalamientos como: “tú hablas mucho, pero trabajas poco”, o “tú presumes de compañerismo, pero a la hora del sacrificio no estás presente”, o “hablas mucho de participación y, en el fondo, impones tus opiniones”. Y, al revés, hubo casos en que se descubrieron facetas muy positivas de algunos compañeros a la luz de los valores expresados en la tabla de evaluación propuesta. Todavía hoy, cuando me encuentro con ex-alumnos de esos años, ahora ya “cuarentones”, me recuerdan esa experiencia, y el bien que les hizo. Esos son dos ejemplos que están presentes en mi memoria personal. Pero hay seguramente otros, sin duda mucho mejores, de formación en los valores en el ámbito escolar.