20 de Enero de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (117) I
Año: 1994

A modo de conclusión

La presencia mayoritaria de mujeres en el magisterio fue tanto la causa como el efecto de las características mediante las cuales se origina y consolida la profesión de maestro. Algunos autores hacen referencia a la “semiprofesionalidad” y tal denominación se basa en el alejamiento de la docencia respecto de otras actividades profesionales. Si se considera la enseñanza en su doble peculiaridad de trabajo femenino y escasamente profesionalizado, se comprenderá la dependencia recíproca entre ambos factores. Ya que “ha existido una decidida tendencia a garantizar el pleno status profesional a una actividad, únicamente cuando ésta estaba dominada por hombres”.27 Sin embargo, las características que hacen de la docencia una cuasiprofesión y que hoy aparecen “naturalmente” ligadas a esta actividad, fueron social e históricamente constituidas. El carácter arbitrario de estos procesos nos impulsa a tratar de comprenderlos y explicarlos, con vistas a su modificación.

Con este trabajo hemos querido señalar algunos de los orígenes históricos de:
  • El carácter difuso que adquiere la tarea de enseñanza en el momento de su institucionalización como tal. La pérdida de especificidad del trabajo docente, en cuanto tarea que se afianza en su dimensión socializadora —“maestros de vida”— en detrimento de la dimensión cognoscitiva —“instructores o enseñantes”.
  • El alejamiento del conocimiento “teórico” y sistemáticamente elaborado en las instancias encargadas de otorgar una formación profesional. Esta fue la realidad, propia de las escuelas normales, “a pesar de” o “gracias a” el surgimiento de la pedagogía como ciencia de la educación.
  • El bajo reconocimiento social y material para con el maestro, absolutamente desproporcionado en relación con la gran importancia asignada a la educación como motor para el cambio social.
  • El escaso grado de “autonomía”. La profesión docente, a diferencia de otras, no se originó a partir de una asociación espontánea de sus miembros. Fue el Estado el encargado de crear y organizar instancias de formación, de definir planes y programas de estudio, de regular formas de acceso al ejercicio.
A esta serie de rasgos vinculados entre sí debemos sumar “entrecruzadamente” la conservación en todo el sistema de enseñanza “moderno” de la impronta religiosa que le dio origen.

Toda semejanza entre las características mencionadas y la realidad del magisterio en la actualidad no es mera coincidencia. Las notas que definen al maestro de hoy, y que hacen que se lo reconozca como tal, están inscritas en la lógica del “campo educativo” y en las “disposiciones” históricamente constituidas para y por la pertenencia de ciertos sujetos a dicho campo.

El carácter de imbricación que presentan los rasgos aludidos y su perdurabilidad en sujetos concretos esterilizan intentos parciales tendientes a profesionalizar la tarea docente.

Dentro de esta compleja empresa queremos formular un primer paso. Recuperar la historia colectiva del magisterio constituye un desafío importante en el momento de enfrentar procesos de transformación. El análisis y reflexión de los “núcleos constitutivos” de la docencia puede ser una contribución relevante para desprendernos del pasado como fijación y alentar un porvenir acorde con desafíos del presente. Para ilustrar sólo con un ejemplo, nótese que en tanto puedan revisarse y cuestionarse los componentes que definen un “modelo de maestro” en el cual domina, preponderantemente, el maestro ejemplar, la “tendencia a modelizar”28 —propia de la práctica docente más actual— comenzará a transformarse. Es que precisamente debido al desconocimiento del pasado colectivo de la institución magisterial se nutre un presente cargado de estereotipos. Aunque dicho pasado asume formas diversas y es resignificado en la práctica escolar por sujetos concretos, planteamos el siguiente interrogante: “¿por qué el profesor de mañana sólo podrá repetir los gestos de su profesor de ayer y, como éste no hacía más que imitar a su propio maestro (...), de qué modo, en esta sucesión ininterrumpida de modelos que se reproducen unos a otros, va a poder introducirse un día alguna novedad?”29 Coincidimos con la respuesta que aparece seguidamente enunciada: El enemigo y el antagonista de la rutina es la reflexión.