12 de Diciembre de 2018
Portal Educativo de las Américas
  Idioma:
 Imprima esta Página  Envie esta Página por Correo  Califique esta Página  Agregar a mis Contenidos  Página Principal 
¿Nuevo Usuario? - ¿Olvidó su Clave? - Usuario Registrado:     

Búsqueda



Colección:
La Educación
Número: (117) I
Año: 1994

La “misión” de ser educadores

Desde sus orígenes, a fines del siglo pasado, el magisterio presentó una serie de rasgos particulares que hicieron de esta actividad una “misión”1 antes que una profesión. Aunque se puede sostener que con la creación y desarrollo de las escuelas normales (instituciones especializadas para la formación docente) surge la “profesión”, ésta de inmediato se desdibuja al considerar ciertas características a partir de las cuales iba cobrando existencia un nuevo puesto: el de maestro.

En primer lugar, conviene recordar que la empresa de conformación del sistema educativo “moderno” supone, entre otras cuestiones, la preparación de un cuerpo de “especialistas” dedicados a la tarea de enseñar. El “título” docente, expedido por las escuelas normales, asegurará en principio tal especialización. La exigencia de “maestros titulados” no se plasmó de inmediato en una cualidad de la realidad escolar nacional, pero, al menos, de ese modo quedó prescrito legalmente.2 Lo cierto es que a partir de un momento histórico determinado, se requerirá de la “titularización” para el ejercicio docente en las escuelas. En cuanto “credencial de competencia”, el título garantizará la posesión de un saber especializado y común entre quienes lo porten. Dicho saber supone formas precisas de transmisión y apropiación.

En el momento de pleno desarrollo de la escuela pública ya no bastaba con el maestro que enseñaba a unos pocos lo que él había aprendido alguna vez, quizás en una escuela, quizás por su cuenta. Era necesario contar con un “cuerpo de especialistas formados”, tales que aseguraran cumplir con éxito una tarea específica, conforme a los fines perseguidos en la empresa de constitución y consolidación de un sistema escolar. Desde sus orígenes la escuela pública de nivel primario se destinó a “educar” a las clases más bajas de nuestra población. Este sector —mayoritario por ese entonces— lo componían “nativos” e inmigrantes. De ellos se esperaban, precisamente, transformaciones profundas, ya que serían los habitantes de una sociedad que se iba “modernizando”. La escuela pública se desarrolla y expande con la finalidad de formar al “hombre nuevo”, despojado de idiosincrasias, modismos y costumbres de sus familias, regiones y/o países de procedencia. En el marco de la política estatal, educar “al” ciudadano se convierte en un elemento decisivo del proceso de conformación nacional.

De este modo la escuela pública, y especialmente el maestro, tenían una meta clara: civilizar, regenerar, disciplinar, a una población que se consideraba “desajustada”, en relación con un modelo de sociedad deseado para el futuro. Este proceso común en regiones diversas, halla en la mayoría de los estados de América Latina notas singulares. La consolidación nacional en nuestras sociedades tuvo lugar bajo regímenes de dominación “excluyentes”,3 en lo que se refiere a la participación política de las mayorías poblacionales. Se comprenderá así que el “proyecto educativo oligárquico” contemplara la extensión y desarrollo de la instrucción pública con vistas a obtener un “tipo” de hombre más parecido al “habitante de ciudad” —con hábitos de trabajo, disciplina, compostura exterior, costumbres y una particular cosmovisión—, que al “natural de un Estado con derechos y deberes políticos que le permitan formar parte en el gobierno del mismo”. Ambas son acepciones diferentes de un mismo término: “ciudadano”.4

Diremos entonces que, en nuestras sociedades, la escuela pública, con un predominio bastante marcado de moralidad, se desarrolla sistemáticamente para educar —antes que para instruir— a las clases más bajas de la población. Esta escuela nace, pues, para socializar antes que para transmitir conocimientos. Tal finalidad se enuncia expresamente en las documentaciones de la época:
Nuestra escuela debe tener una misión más educadora que instructiva, por las condiciones peculiares de nuestra organización social, (...) y la consiguiente imposibilidad de confiar exclusivamente esa misión a la familia. (...) [Nuestra escuela] debe ser una reunión de futuros ciudadanos, y el maestro, mirando a sus alumnos a través del patriotismo, que es el más poderoso lente inventado por la óptica de los sentimientos, debe ver a éstos preparados por su acción y por su ejemplo....5
A partir de tal definición la tarea específica del maestro (la instrucción, la enseñanza) se diluye y va cobrando forma el maestro “socializador”, moralizador, educador. Pensemos las consecuencias que esta ambigüedad funcional trae aparejadas.