23 de Enero de 2018
Portal Educativo de las Américas
  Idioma:
 Imprima esta Página  Envie esta Página por Correo  Califique esta Página  Agregar a mis Contenidos  Página Principal 
¿Nuevo Usuario? - ¿Olvidó su Clave? - Usuario Registrado:     

Búsqueda



Colección:
La Educación
Número: (117) I
Año: 1994

¿Por qué “señoritas” maestras?

Llamamos “primera etapa” de fundación de las escuelas normales, al período comprendido entre la creación de la primera escuela normal del país16 y el momento en que se logra contar al menos con una de estas instituciones en cada capital de provincia. Este período se extiende, aproximadamente, desde 1870 a 1885.

El cuadro 1 refleja que, durante la “primera etapa”, las escuelas que se iban creando eran normales de “maestras”. En los años siguientes esta tendencia se revierte, aunque de modo parcial, pese a lo cual llama la atención la referencia constante —en el plano discursivo— a “la” mujer como educadora por excelencia. De las mujeres se hacían resaltar ciertas cualidades consideradas “naturales” al género femenino y acordes con la tarea de enseñar, por contraposición a las características masculinas. Para la realización de una tarea eminentemente educadora, socializadora, resultaba imprescindible contar con un “ejército de maestras”, dado que: “es un hecho probado por la experiencia que las maestras, en las escuelas, si bien instruyen menos, educan más”.17

CUADRO 1

La presencia de maestras mujeres en las escuelas aseguraba que: “ésta se encontrara escudada por nobles sentimientos y abrigada con el manto de ternura que la mujer sabe oponer a las violentas pasiones de los hombres”. Para la inculcación del “patriotismo”, considerado “más un sentimiento que una convicción, porque se siente y no se discute, la mujer parecía más apta: tendrá allí noble asilo, así como entre la cabeza y el corazón, sitio de predilección el segundo...”.18 Estas cualidades, relacionadas con la seguridad emocional, el cuidado de los sentimientos, fueron tradicionalmente asignadas a la esfera femenina. Así como en el seno familiar la mujer aparece más directamente comprometida en la educación de los hijos, en la esfera escolar se ocupará de tareas similares. La formación primaria, en su dimensión socializadora, requerirá de las mujeres: “maestras que eduquen” o “madres educadoras”,19 antes que instructoras o enseñantes. Precisamente, se destaca de la mujer maestra: “ese gran sentimiento, fuente de toda bondad, que ellas tienen: la maternidad”. A los hombres nos falta ese gran sentimiento, tanto es así que una madre puede más ella que diez padres, en la educación de sus hijos.20

En alusión directa al tema que nos ocupa encontramos en el discurso de la época “modelos de mujeres” consideradas dignas de ser imitadas.  Éstas eran las mujeres que componían la Sociedad de Beneficencia. “Es allí en su seno, y mejor aún en los institutos de educación que sostiene, verdaderos modelos de su género, donde se conserva con religioso cariño el verdadero tipo de la mujer argentina”.21 He aquí un dato muy interesante si se tiene en cuenta que se debe a la  Sociedad de  Beneficencia el primer tipo  de ensayo de escuela normal. Las primeras maestras se formaban en tales instituciones y aún creadas las escuelas normales, ésta siguió siendo en muchos casos una instancia legítima de formación.

Una nueva nota remite al carácter apostólico del que queda investida la enseñanza. En este caso, la tarea de enseñar se asemeja a una obra de caridad, por la cual hasta parecería ilícito reclamar recompensas de cualquier tipo: “No seáis objeto de desprecio y de desdén convirtiendo un apostolado en un medio de tráfico económico”.22 Tal como aparece expresado en este pasaje, educar a los niños se convierte en sinónimo de hacer el bien, desinteresadamente, en pro de una causa grande y justa:  la patria. Será precisamente la grandeza de la causa lo que dignificará al que a ella se dedique o mejor se consagre.

El deseo de hacer el bien, en el silencio y en el olvido, aparece definido, desde esta concepción, como “el móvil puro y verdadero de abrazar la vocación docente”. Motivos “elevados”, tales como el amor (a la patria, la escuela, los niños) sirven de impulso para la carrera docente. Bajo este sustento ideológico, la mujer se consideraba “naturalmente” dispuesta para dedicarse a la enseñanza, lo que no sucedía con los hombres: “Para la mayor parte de éstos el magisterio es un modus vivendi, dispuesto a abandonarlo en la primera ocasión propicia, a causa de la poca remuneración que percibe y por la poca consideración social de que es acreedor”.23

Sobre esta explicación “natural” cabría introducir un análisis sociológico preciso, a fin de comprender cómo es que fueron efectivamente las mayorías femeninas las  que se incorporaron a esta profesión que se estaba gestando. Para ello tendremos que considerar la “posición” social de las mujeres en ese momento histórico. Con menor posibilidad de acceso a las carreras universitarias, el magisterio representó para la mujer el acceso a una profesión “calificada” y “honorable”. La carrera docente aseguraba cierta “formación cultural” para las mujeres de sectores sociales  más  elevados,  mientras que para los  sectores sociales más bajos era una vía legítima de ascenso social. Muel- Dreyfus, al estudiar la historia del magisterio francés, hace referencia al carácter liberador que representó la carrera docente para los sectores sociales en proceso de ascensión. Esto es aún más evidente tratándose de las mujeres. La experiencia personal de “liberación” por la escuela se utiliza, en el mencionado trabajo, para explicar la adhesión que obtuvo la tesis de una escuela liberadora.24

Al considerar la posición social de la mujer en un momento histórico preciso —en calidad de recién incluida en el campo profesional y de acuerdo con su carácter de hija o esposa—, se comprenderá por qué fueron las mujeres quienes se ajustaron más “modestamente” a la enseñanza. “Y así lo comprendieron muchas de esas almas abnegadas y hermosas de mujer, que entregan al niño toda la fuerza de su juventud y todo el amor de sus corazones sin más recompensa que la de ver florecer su alma en cultura y belleza”.25 De este modo, en la medida en que iba cobrando existencia una profesión escasamente remunerada y poco reconocida, las mujeres engrosaban sus filas. De ellas se consideraba: “no pueden optar por una profesión mejor; el hombre, en cambio, preferirá cualquier otra que le ofrezca más ventajas con menos trabajo y menos sacrificio de su dignidad”.26

El análisis precedente permite identificar las características socialmente asignadas según sexo. Baste por el momento con señalar las consecuencias que dichas asignaciones aportan en la definición de un nuevo puesto: el de maestro. Intentamos mostrar que así como las mujeres fueron “las elegidas”, en cuanto que se ajustaban mejor a las exigencias de una nueva actividad, del mismo modo fueron las características femeninas las que definieron de forma predominante la profesión docente.