20 de Julio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (117) I
Año: 1994

El ejemplo enseña más que el precepto

Para el desarrollo de una tarea eminentemente socializadora, se requería que el maestro encarnara en sí mismo, en su persona, aquellos “atributos” que se pretendía fueran patrimonio de todos los que acudían a la escuela pública. Cobra existencia, de este modo, el maestro “ejemplar”, transformado en modelo viviente para quienes había que moralizar. En tal “modelo” de maestro, el maestro “modelo” debía poseer una serie de cualidades morales. De allí que las exigencias para con el “ser” del maestro adquieran preponderancia frente a las exigencias de saber. Analizando la documentación de la época, encontramos el siguiente precepto, referido al maestro de escuela primaria: entre ser buenos y sabios, lo primero es más importante.6

Consideramos relevante destacar la escasa importancia asignada al saber “especializado” del maestro, precisamente en el momento en que la enseñanza se profesionaliza. Esta peculiar relación entre el maestro y el saber, junto con el énfasis puesto en la persona de los educadores, favorece el anclaje de una doctrina de salvación que a su vez le servirá de sustento. Veamos cómo este “sello” produce una impronta particular en el devenir de la “profesionalización” docente. En la medida en que se depositaba en la escuela el logro de una transformación social —en el sentido aludido—, los maestros adquirían la fisonomía de “salvadores” de una Nación que se estaba conformando. La educación, concebida como un preciado bien, otorga a la tarea de enseñar una grandeza cuasi sacra; a tal punto que la convierte en una “misión” social. Tal concepción ideológica pone de manifiesto la semejanza entre la tarea del educador y el obrar del sacerdote. Al respecto, leemos en un libro de Pedagogía: Los deberes del maestro son escasamente menos sagrados y delicados que los del sacerdote.7

Aunque el maestro laico “predicaba” un mensaje basado en una moral racional —cargado de principios, normas y preceptos—, con la propagación de dicho mensaje se esperaba alcanzar una especie de reconversión social. Es decir, si bien el contenido cambia, los fines no difieren respecto de la tarea religiosa. Impregnado por esta concepción, el discurso pedagógico “moderno”, concibe la ignorancia como un pecado y al “ignorante” como un infiel a la patria. Asimismo, tal discurso prescribe la relación social del maestro en estos términos: Bajo varios importantes aspectos se halla en una relación semejante (a la del sacerdote) con la sociedad: y sus motivos y emulaciones para obrar, deben ser de la misma clase en una considerable estensión (sic).8 Pero, además, mientras el maestro laico se transformaba en “maestro de vida” hacia quienes su labor se destinaba, se mantenía vivo el carácter sacro que le dio origen al oficio. En la figura originaria del maestro, atribuible al cristianismo, éste era maestro de vida y de salvación. En una posición social semejante el maestro “moralizador” mantiene los componentes sagrados “del” oficio, en tanto se define como “maestro modelo” (con la fuerza de imponerse ante otros) antes que como instructor o enseñante.9

Sólo nos resta señalar que el “modelo dominante” de maestro exigía que el maestro “modelo” poseyera, además de ciertas cualidades morales, vocación por la enseñanza. La vocación, entendida como “llamado interno”, no racional, promueve consagración, entrega, sacrificio, en pro de una “gran” causa. Ser maestro por vocación implica consagrarse a la enseñanza “por amor a...”, cualesquiera que sean las necesidades personales y las condiciones objetivas en que ésta se desarrolle. Y eso no es todo. Tal como el obrar del sacerdote, cuanto más sacrificada, humilde y silenciosa sea la tarea del maestro pareciera ser más merecedora de elogio. Si bien la ideología de la vocación se contradice con las demandas de cientificidad, propias de una formación profesional, veremos cómo en las escuelas normales se conjugaron ambos requerimientos.