22 de Julio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (116) III
Año: 1993

La corriente norteamericana de la investigación cualitativa

Desde los años 1920, la investigación cualitativa, conocida en aquel entonces como etnografía tradicional fue elaborada por Franz Boas de los Estados Unidos y Bronislaw Malinowski de Inglaterra. Boas postuló el análisis de patrones universales para describir el comportamiento de grupos y culturas, habiendo estudiado grupos casi en extinción. Según Evelyn Jacob (1987), Malinowski, postuló como condiciones básicas: a) conseguir datos empíricos utilizando el trabajo de campo como punto de partida; b) documentar el punto de vista de los nativos, para obtener su visión del mundo; c) adquirir información directa y verbal de los nativos para caracterizar su cosmo visión y la realidad; y d) recolectar diversos datos usando una variedad de metodologías. De hecho, en la misma manera que se estudiaban a las aldeas o pueblos, estos etnógrafos de acuerdo con Frederick Erickson analizaban a las escuelas de la misma manera, haciéndose fundamentalmente las siguientes preguntas: ¿Cuál es la organización de la vida cotidiana? ¿Qué hace que las personas sean diferentes?, ¿Cuáles son los roles y las responsabilidades de las personas?, ¿Cuáles son los comportamientos que se consideran apropiados en la interacción interpersonal?, ¿Cómo es que el sistema opera de una manera holística?. La metodología no se prestó para el estudio de las escuelas y aulas, siendo en muchos casos una global de generalizaciones nebulosas. Lo que dicha metodología sí se prestó fue para elaborar los estudios llamados “estudios de carácter nacional” que se llevaron a cabo durante los años 40 (Mead 1939; 1979). Entre ellos, se destacan los estudios de la cultura japonesa llevado a cabo por Ruth Benedict, los estudios de los Samoans de Margaret Mead, y más tarde para los años 60, el estudio de la cultura mexicana de Oscar Lewis en Los Hijos de Sanchez y de la cultura puertorriqueña en La Vida. Estos estudios llegaron a crear generalizaciones de los comportamientos de unos sectores de la sociedad a toda una cultura, como fue el caso de “la cultura de la pobreza” y llegaron a estigmatizar a dichas culturas.

Para los años 60, la etnografía se vincula fuertemente con los estudios de escuelas llevados a cabo inicialmente por sociólogos y sociolingüistas y más tarde por antropólogos y educadores. Se destacan los trabajos de Jules Henry, quien escribió un libro que critica severamente a la cultura norteamericana, Culture Against Man (La cultura en contra del hombre); de Harry Wolcott, quien escribió una etnografía consistente en el seguimiento de un director de escuela durante un año. Se dan a conocer etnografías de grupos enajenados, de gente pobre, de grupos étnicos y raciales ignorados por la sociedad. Cada quien emplea su propia metodología, la cual es aprendida de una generación a otra por tradición oral. Dentro de este enfoque etnográfico, se desecha el funcionalismo estructurado de Talcott Parson, buscando nuevas explicaciones en lo que se denomina “la nueva etnografía” de los años 70. La nueva etnografía argumenta que la “gente construye su mundo por la experiencia en la forma en que hablan acerca de ello” (Frake 1962, 74).

Sin duda, el trabajo de Thomas Kuhn (1970) sobre la estructura de las revoluciones científicas, es de gran impacto. Nos presenta la idea de que existen diversos paradigmas de acuerdo con la comunidad de investigadores que quieren llevar a cabo la investigación. Al presentarnos con la opción de analizar el conocimiento colectivo y válido per se, se desatan una serie de estudios de índole sociológico, cognoscitivo y lingüístico para resaltar el uso de paradigmas diferentes. Las taxomonías que habían servido como bases lingüísticas de la “nueva etnografía” (Spradley 1979) van cediendo ante las “descripciones gruesas” y las interpretaciones de símbolos y significados que Geertz (1973) nos señala.

La microetnografía y la etnografía de la comunicación, de discurso, (Saville-Troike 1982) se dan a conocer a través de los estudios de Courtney Cazden, Susan Philips, Frederick Erickson, Dell Hymes, entre muchos investigadores. La unidad de análisis para dichos estudios consiste en la interacción del aula. La forma en que el lenguaje se usa dentro del aula indica una serie de situaciones: de desigualdades entre grupos mayoritarios y minoritarios, de diferencias entre el silencio y el ruido, de diferencias entre el comportamiento verbal y no verbal, de estrategias de aprendizaje que son culturamente inapropiadas de un grupo a otro, de confusiones en la comunicación, de problemas de adaptación entre un maestro de la cultura mayoritaria y alumnos de las culturas minoritarias. Se perfilan con ejemplos de estructuras participativas, las reglas que uno tiene que conocer para poder participar, de los códigos de comunicación que son directos e indirectos, y de cambios culturales entre maestros y estudiantes. El aula llega a verse como una cultura propia, con un contexto social y organizacional, con reglas de comportamiento explícitas e implícitas que podrían llegar a ser comprendidas por medio de la investigación.

La microetnografía sin embargo llega a ser criticada por aquellos investigadores de los años 80 que analizan sus contribuciones como insignificativas. Se argumenta que la investigación microetnográfica no realiza los cambios de comportamientos y de estructuras internas que se esperaban.

John Ogbu (1974), un investigador de ascendencia nigeriana, elabora la etnografía a nivel macro con gran detalle, logrando captar la relación entre los sistemas educativos y la estructura económica y social como también las creencias que las gentes comparten en las comunidades bajo estudio. Ogbu (1981) critica el hecho que la microetnografía no ofrece explicaciones adecuadas para describir las situaciones de diferencias sociales y estructurales dentro de las escuelas. Para Ogbu, su pregunta fundamental se enfoca a demostrar si realmente es necesario constatar el porqué ciertos grupos no tienen acceso a los bienes económicos de una sociedad. Este tipo de cuestionamiento es imprescindible para llevar a cabo un buen estudio etnográfico.

La etnografía crítica o interpretativa, de acuerdo a Gary Anderson (1989), nace de influencias neo-Marxistas, teorías sociales, de la epistemología y del currículum oculto de los años 60, revisado de nuevo en los años 80, influido por la fenomenología y la lingüística. Dentro de este enfoque, la negociación de significados es primordial. El captar el conocimiento local de las poblaciones y sectores públicos como la toma de decisiones de maestros y alumnos son vistos como señales liberadoras ante el determinismo que las teorías sociales de Bourdieu y Passeron (1977) en Francia y el determinismo económico de Bowles y Gintis (1976) en los Estados Unidos habían forjado. La sociología del conocimiento trajo consigo la idea de que el ser humano sufre ante los límites impuestos por su falta de acceso al conocimiento, y a cierta ascendencia académica, es decir, el tener o no tener capital cultural. Dicho determinismo somete a los estudiantes a categorías y puestos predeterminados por la propia escuela —algunos alumnos se preparan para ser trabajadores, mientras que otros con mayor acceso al capital y a la cultura llegarían a ser gerentes en el mundo del trabajo. Dicha teoría de correspondencia, así denominada por Bowles y Gintis, define lo que es la reproducción social y cultural y por ende la reproducción de relaciones sociales y económicas. El alumno puede llegar a ser moldeado o moldeada ante su propia pasividad o a tomar su lugar correspondiente en la sociedad. A pesar de que estas teorías se pueden aplicar fácilmente, no explican aquellos casos donde los alumnos demuestran resistencia y crean sus propias contra-culturas e ideologías.

La etnografía interpretativa o crítica consecuentemente, rompe con el determinismo y reconstruye las categorías analíticas en forma más integrada, y usa las perspectivas de los mismos participantes como actores sociales capaces de analizar su situación bajo la influencia de la nueva sociología del conocimiento. Este enfoque aboga por las experiencias vividas, por la resistencia y post-resistencia, por posiciones de interés político y económico. Las nociones de concientización, reflexión y acción (praxis) como procesos dialécticos en la toma de decisiones forman parte del nuevo vocabulario de este enfoque (Sharp y Green 1975; Freire 1970).

El movimiento feminista llega a influir enormemente en muchas de las etnografías que se redactan en esta década. Patti Lather (1986) publica una serie de artículos acerca de la etnografía crítica de acuerdo con Gary Anderson (1989) y señala al patriarcado del hombre como una forma de dominación en el desarrollo de la investigación. Para ella, “la investigación cualitativa es investigación abiertamente ideológica” (Anderson 1990, 253).

En la década de los 90, existe una gran cantidad de estudios etnográficos denominados “estudios de colaboración” (Carr y Kemmis 1983; Oja y Smulyan 1990). Dichas investigaciones se fundamentan en el intercambio de recursos humanos y materiales para fines educativos. Las universidades se ven obligadas a crear investigaciones que emergen de las necesidades de los maestros dentro de las aulas y que mutuamente se llevan a cabo entre escuelas e instituciones. Dichos estudios de colaboración forman parte de la reforma educativa y la estructuración de escuelas, como es el caso de las escuelas públicas de Chicago, en el análisis de organizaciones burocráticas, y en el desarrollo de redes locales y nacionales de maestros (teachers’ networks) quienes se reúnen para plantear la problemática del aula como investigadores.

Además se plantea el cuestionamiento de las relaciones que existen entre la cultura y el poder, que refleja las desigualdades entre razas y grupos étnicos en Norteamérica. Se llegan a conocer los trabajos de Peter Mc Laren (1986), de Lois Weis (1985), de Henry Trueba (1987) generando una conciencia del racismo y la discriminación que penetra al aula.

De hecho, la investigación cualitativa, en particular la etnografía, se manifiesta hoy día en los Estados Unidos, de acuerdo con James Clifford (1988) a un nivel global, cuestionando: “¿Quién tiene la autoridad de hablar por la identidad y la autenticidad de un grupo?”, “¿Cuáles son los elementos esenciales y los límites de una cultura?”, “¿Cómo se resuelve el encuentro humano y del ‘otro’ en cuanto a las relaciones inter-étnicas?”

Por último, dentro de los enfoques más recientes, se están elaborando trabajos denominados “etno-historias”, análisis de la historia de las escuelas y las comunidades que las circundan. A pesar de que estos trabajos son monumentales, llegan a consolidar los niveles macro con los niveles micro-etnográficos (Montero-Sieburth y LaCelle-Peterson 1991).

La videografía, el uso de la videocinta como documento de análisis sistemático de una realidad se está utilizando ampliamente (Gray 1990). La cámara se entrega a los “colaboradores” del estudio quienes en muchos casos son los mismos alumnos y éstos usan la cámara para documentar detalles dentro de la escuela, de importancia para ellos. Captan lo que es notable dentro de una comunidad o escuela y narran sus percepciones en un diario, detallando su propio análisis. El investigador, o colaborador, por otro lado retroalimenta a los colaboradores-alumnos acerca de las teorías y técnicas, tornándose en co-investigadores y siguiendo la pauta establecida conjuntamente. Al finalizar el proyecto, la serie de videocintas son analizadas por todos los participantes y se establecen temas para futuras investigaciones.

En síntesis, puede señalarse que la corriente norteamericana brinda no solo técnicas, sino innovaciones tecnológicas al usar equipos electrónicos para captar dichas realidades. Además, se puede apreciar en esta corriente, la preocupación por identificar diferencias entre grupos étnicos y raciales, como diferencias lingüísticas, diferencias que nos señalan un cuestionamiento de la cultura y el poder. Al verse reflejada la cultura anglo-sajona como cultural dominante y las demás culturas como subordinadas o “minoritarias,” esto lleva a que sirva como marco de referencia en otros países donde aún no se han identificado grupos étnicos o raciales como grupos discriminados o que sufren la opresión de desigualdad social. La realización que la investigación cualitativa señala en documentación relacionada con estos procesos es indispensable en aquellos contextos donde se quieren reconocer las diferencias culturales y sociales.