19 de Septiembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (116) III
Año: 1993

Discurso del Dr. Getúlio P. Carvalho, Director del Departamento de Asuntos Educativos de la OEA, en la Ceremonia Inaugural

Con suma satisfacción recibí la invitación de la Señora Ministra de Educación de Colombia para participar en este encuentro, en el cual tengo la honra y el placer de representar al Departamento de Asuntos Educativos y al Doctor Juan Carlos Torchia Estrada, Secretario Ejecutivo interino del Consejo Interamericano para la Educación, la Ciencia y la Cultura (CIECC) de la Organización de los Estados Americanos (OEA). Esta reunión es el fruto de la iniciativa y la generosidad de las autoridades colombianas, así como del apoyo del CIECC y de la propia Asamblea General de la OEA. Fue el Ministerio de Educación de Colombia el que propuso su realización y sus temas centrales durante la penúltima reunión del CIECC, que tuvo lugar en Ciudad de Guatemala.1 Su propuesta fue acogida con entusiasmo por los demás ministerios y avalada por las cancillerías de los Estados Miembros de la OEA.2

Al reunirnos para tratar los temas de este encuentro, tenemos el privilegio de hacerlo en una etapa que se caracteriza por grandes transformaciones, desafíos y oportunidades. Si bien no faltará quien afirme que “todas las épocas son épocas de transición para quien viva en ellas”,3 nos ha sido dado presenciar el derrumbe del imperio soviético, el súbito desalojo de varios regímenes políticos basados en ideologías fundamentalmente utópicas y el término de un prolongado período de relaciones internacionales fundadas en la bipolaridad mundial del poder,4 típica de la Guerra Fría y responsable del mantenimiento de innumerables regímenes autocráticos.

Dejamos atrás una etapa de relativa parálisis para ingresar a otra, en la cual se cuestiona la sabiduría del antiguo orden mundial con sus presupuestos militares gravosos y siempre en aumento. Pese a la previsible explosión de movimientos secesionistas y a la “tribalización” de la política en más de un continente, en el entorno global se perfila un consenso en cuanto a que la seguridad y la prosperidad de las naciones dependerán cada vez en mayor grado de un factor crítico de producción, que es el conocimiento. A medida que los países hegemónicos se convencen de cuán inútil es tratar de satisfacer a la insaciable industria de la guerra y los países pobres de cuán insensato es sumarse a la carrera armamentista, se percibe con creciente nitidez la esterilidad de estos gastos y la necesidad de concentrar las inversiones donde las posibilidades de rentabilidad social sean reales.5

Aunque vivimos un momento promisorio, subsisten grandes barreras que debemos superar a medida que procuramos asegurar una educación integral para “el hombre del siglo XXI”. Problemas que sobrepasan las fronteras nacionales de cualquier país, como el tráfico ilícito de drogas, el terrorismo, la degradación del medio ambiente y las migraciones provocadas por los conflictos armados, siguen absorbiendo recursos financieros, la atención de las autoridades y de toda la sociedad, en síntesis las energías que deberían encauzarse en favor del progreso y la modernización. Persisten, sobre todo, los bolsones de miseria, expresión que se ha tratado de atenuar adoptándose en su lugar términos más digeribles, como pobreza crítica o pobreza extrema. En este cuadro de miseria se traza, en forma inequívoca, la diferencia entre el ciudadano “de primera” y el ciudadano “de segunda categoría”. Es en estas circunstancias que se produce la marginación de una parte de la niñez por efecto de la exclusión total, como destaca Inés Aguerrondo en una monografía publicada por el Departamento de Asuntos Educativos de la OEA.6 El niño que subsiste en un bolsón de miseria, privado de un caudal mínimo de educación de calidad, difícilmente logrará acceso al mundo letrado y a los beneficios y ventajas inherentes a él.

Cuando se trata de estos niños (o de todos los que son absorbidos precozmente por la periferia del mercado laboral) carece de sentido hablar de fracaso escolar. En cambio, sí pueden constituir el comienzo de un debate constructivo el reconocimiento de la bancarrota social, el examen del entorno político y socioeconómico que rodea a nuestros debilitados sistemas educacionales y el análisis de las políticas y directrices relacionadas con el sector de la educación.

En el plano nacional e internacional se percibe desde hace poco tiempo un estímulo a este tipo de debate. Los programas de modernización del sector educacional, los proyectos de descentralización administrativa y de las decisiones, y las iniciativas para transferir más recursos con objeto de fortalecer las jurisdicciones locales o municipales, son los frutos de un clima de descontento generalizado con los resultados de la educación. Son, asimismo, el producto de una convicción creciente de que la modernización del sistema educacional rinde muchos beneficios para todos. Políticos, empresarios, gerentes y administradores, en efecto, comprenden que los beneficios de la actividad educacional se extienden más allá del individuo y sus familiares inmediatos.

Las exigencias de una sociedad eminentemente urbana, acostumbrada al progreso científico y tecnológico, son de tal naturaleza que la educación no puede limitarse a una función meramente acreditativa y de pretendida diferenciación social. A medida que las actividades requeridas por el proceso productivo moderno se tornan más complejas, se intensifica la búsqueda de niveles de conocimiento más elevados, disponibles en la organización escolar o empresarial. Aun en los países que sobreviven al margen de lo que Peter Drucker caracterizó como la sociedad post capitalista, no será difícil encontrar quién concuerde con la evaluación de este autor, según el cual los factores de producción tradicionales —trabajo, tierra y capital (dinero)— generan rendimientos descendentes, a diferencia de los principales productores de riqueza, la información y los conocimientos. Según Drucker, las industrias que se han destacado durante los pasados cuarenta años se dedican a la producción y distribución de información y conocimientos. Los países de origen de esas industrias toman en serio el conocimiento, pues invierten el veinte por ciento de su Producto Nacional en generarlo y difundirlo (diez por ciento por medio del sistema formal de enseñanza, cinco por ciento en organizaciones no escolares y cinco por ciento en actividades de investigación y desarrollo).7

El nuevo discurso de los especialistas en administración y gerencia coincide con la sensibilidad creciente de los políticos, y hasta la de los economistas, respecto de la importancia que reviste la educación dentro del proceso de modernización y desarrollo. Sea porque la educación puede contribuir a mitigar la pobreza, sea por su papel central en organizaciones cuya ventaja comparativa reside en la producción, utilización o difusión de conocimientos puros o aplicados, la dinamización del sector educacional y el consiguiente énfasis en la calidad de la enseñanza tenderán a formar parte de los programas políticos de los años venideros.

Hay una gran distancia entre los debates y la planificación de la modernización del sistema educacional. Mayor aún es la distancia que separa la planificación educacional de la ejecución competente de los planes. El mismo autoritarismo que caracterizó el estilo y las decisiones políticas del pasado impregnó los planes de gobierno de entonces. En materia educacional, el autoritarismo y la ingenuidad marcharon de la mano en la formulación de planes totalmente divorciados de la realidad local, desvinculados de la cotidianidad escolar y con desprecio absoluto hacia las flaquezas y virtudes de profesores y administradores. Esos planes, que se revelaron incapaces de prever obstáculos serios para la transformación educacional, muchas veces ignoraron oportunidades reales de llevar adelante propuestas modernizadoras o de mayor rendimiento social.

Es innecesario decir que esos planes jamás se llevan a la práctica. Pese a los derroches verificados, esto no configura un mal mayor.8 El simple hecho de admitir que el esfuerzo de planificación, como fue concebido en el pasado reciente, produjo documentos que nadie se toma el trabajo de leer o proyectos cuyos resultados jamás se someten a una evaluación seria, puede revelar cierta dosis de humildad y realismo en el ejercicio de esta actividad. En este sentido, quizá sean útiles las críticas al “Modelo Dominante de Planificación”.9 Aun suponiendo que la planificación de la modernización del sistema educacional aproveche nuestros esfuerzos de educación para la democracia, y aunque el proceso de transformación planificada tenga como puntos centrales la escuela y la realidad local, deberemos eliminar innumerables obstáculos relacionados con la administración de las innovaciones, la ejecución de los proyectos y la asignación de responsabilidades por la obtención de los resultados deseados.

El progreso científico y tecnológico que ansiamos para nuestras sociedades tiene un nuevo imperativo, a saber el de no quedarnos atrás en una economía cada vez más internacionalizada. No es posible atender la necesidad de competir con productos y servicios que satisfagan a compradores exigentes, con una fuerza de trabajo cuyo nivel medio de enseñanza sea de cinco o seis años. La calidad de los bienes y servicios que marcarán una diferencia en el mercado internacional no será fruto exclusivo de una gerencia competente y de un nivel técnico depurado, sino también de las innovaciones que se practiquen en los tramos más modestos de la línea de producción. Por eso no es sorprendente que en los Estados Unidos las empresas gasten con sus empleados casi tanto como las escuelas en la educación de niños y jóvenes.10

Temas como la calidad y la pertinencia de la educación ocuparán, durante los años noventa, el lugar que en los años sesenta tuvo la universalización de la enseñanza básica. Una mayor interacción de la escuela, en todos sus niveles y especialidades, con el sector productivo, el mejoramiento de la enseñanza de las ciencias y la reactivación de la educación técnica cobrarán nuevo sentido si el resultado final es el fortalecimiento de la economía local, nacional y regional, acompañado por una distribución más ecuánime de los ingresos y mayores oportunidades de participación en el proceso político.

La consecución de esos objetivos de largo plazo puede parecer una propuesta modesta para los que sueñan con metas más grandiosas. O, peor, como algo ya visto para quienes participaron en las campañas en favor de la universalización de la enseñanza básica, o de erradicación del analfabetismo o, inclusive, de profesionalización del magisterio. A los primeros les recordamos que, si bien las ideologías están lejos de abandonarnos, las sociedades más igualitarias no tuvieron como fundamento conceptual una doctrina utópica. A los segundos, conviene recordarles que las luchas del pasado no deben impedirnos definir nuevos paradigmas de participación política y de dirección de las actividades de índole social.

A medida que el Estado se aparte de las aventuras militares y empresariales del pasado, que los recursos públicos se canalicen de manera creciente hacia los programas sociales y que el sector privado perciba que es de su interés participar activamente en una estrategia de modernización del sistema educacional, la propia autoridad del gobierno se revestirá de mayor legitimidad. Al limitar su radio de acción, concentrando recursos en sectores realmente estratégicos para el desenvolvimiento de una economía y, sobre todo de una ciudadanía, modernas, los gobernantes tendrán menos motivos para quejarse de los males derivados de las llamadas crisis de gobernabilidad. Como lo señaló muy bien el historiador inglés John Brewer al examinar las bases económicas y financieras de la expansión de Inglaterra entre 1688 y 1783, muchas veces se confunde la importancia de la acción gubernamental con el tamaño del Estado. Una estructura gubernamental pesada y repleta de funciones que no puede desempeñar satisfactoriamente termina por desacreditarse y pasa a ser considerada una mera fuente de sinecuras, cuya imagen de inutilidad se acentúa cuando se suceden en su contra las imputaciones de peculado y otras formas de corrupción.11

Muchos gobernantes, acosados por pesadas deudas internacionales y bajo la presión del desempleo y el estancamiento económico, se ven obligados a reevaluar el papel del Estado en sus sociedades. Su tarea se verá facilitada, sin duda, por el propio carácter de la crisis, que deja escaso margen para la indiferencia, y por el descrédito de modelos políticos y económicos cuyo poder de persuasión parece agotado.12

Busquemos nuevos rumbos, pero sin despreciar el pasado. El pasado guarda nuestros errores y en éstos se encuentra nuestra mejor fuente de enseñanzas.13 Y, si quisiéramos incurrir en el error de perseguir una nueva utopía, que ella esté teñida por la visión benigna de la educación expuesta por Kenneth Johnston para el año 2013. Una educación pública que satisfaga los deseos de la clientela y sobre la cual los estudiantes (y sus padres, en ciertos casos) posean control suficiente. Una educación impartida de acuerdo con el ritmo de aprendizaje de los alumnos, suficientemente rápido para constituir un desafío y nunca demasiado lento al punto de suscitar el desinterés o el desaliento. Una educación que sea interesante, estimulante e inspiradora, capaz de satisfacer la curiosidad intelectual, de recompensar el esfuerzo consagrado al aprendizaje y de permitir la creación de nuevas formas de solución de problemas y conflictos. Una educación individualizada, cuidadosa y concebida artísticamente para adaptarse a la velocidad del progreso del estudiante. Una educación, en fin, que se encauzaría mediante procesos de aprendizaje futurísticos, basados en la interacción continua con la computadora y en otros medios avanzados de comunicación de datos e informaciones.14

Este modelo presupone la sustitución de un paradigma tradicional que pone énfasis en la enseñanza como transmisión mecánica de informaciones, por un nuevo paradigma que se centra en el aprendizaje significativo, apto para contribuir a la adquisición de instrumentos prácticos para la comprensión y la transformación del mundo. En términos de responsabilidad, el control del proceso educativo se trasladaría del profesor al alumno y la calidad de la enseñanza se evaluaría en función de los beneficios que se ofrecieran al estudiante.15

Varios participantes en este encuentro dirán, acertadamente, que algunas de esas proposiciones no se encuentran muy lejanas de experiencias que ellos conocen y que ayudaron a implantar, posiblemente. Tanto mejor. Lo importante, por esto, es proyectar una nueva visión, que realce a la actividad educacional la visibilidad y el prestigio que merece con justicia. Utilicemos el foro que nos ofrece el CIECC y los momentos propicios, como este encuentro, para tratar la educación del Hemisferio a partir de nuevos enfoques. Estamos exigidos por el tiempo y las circunstancias. En este esfuerzo debemos sentirnos todos comprometidos.

[INDICE] [DISCURSO DEL DR. GETÚLIO P. CARVALHO, DIRECTOR DEL DEPARTAMENTO DE ASUNTOS EDUCATIVOS DE LA OEA, EN LA CEREMONIA INAUGURAL] [NOTAS]