25 de Septiembre de 2018
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Colección: La Educación
Número: (115) II
Año: 1993

1. Solange ALBERRO. Del Gachupín al criollo. O de cómo los españoles de México dejaron de serlo. México: El Colegio de México, 1992, 234 p., notas, bibliografía, índice.

La idea que inspiró este estudio creció lentamente. Después de haberse la autora dedicado largos años al estudio del pasado colonial de México, acabó por imponerse en su mente una evidencia: los indígenas, que motivaron los trabajos de todos conocidos, no fueron los únicos que sufrieron las consecuencias perturbadoras de la Conquista y de la colonización. Si bien es cierto que ellos padecieron traumatismos brutales y que fueron las víctimas del proyecto más radical y sistemático de occidentalización llevado a cabo en el planeta, con los indescriptibles sufrimientos que aquello supone, los “otros”, o sea, los españoles, también vivieron una aventura —cierto que infinitamente menos dramática— muy alejada de las ilusiones abrigadas por los pasajeros de los galeones que salían para América. Aventura que culminaría, algunos trescientos años más tarde, con el advenimiento de nuevas naciones. En este sentido, la Conquista y sobre todo la colonización del Continente recién descubierto constituyen efectivamente iniciativas europeas, puesto que obedecen a determinismos emanados de contextos precisos y que se inscriben en la primera expansión colonial y, por tanto, imperialista de la Región.  Pero en una perspectiva histórica más amplia, resultan ser también acontecimientos trascendentales que dieron origen a los actuales pueblos americanos. Porque muy rápidamente las situaciones coloniales escaparon parcialmente al proyecto metropolitano al desembocar en sociogénesis originales regidas por dinámicas específicas. Esto es tan evidente que el intento de los Borbones ilustrados por recuperar un control bastante relajado de tiempo atrás sobre el Continente, que se pretendía explotar de ahora en adelante como la colonia que había parcialmente dejado de ser desde hacía más de un siglo, fue lo que produjo el estallido en la América española.

Se ha sostenido que de haberse mantenido la tendencia evolutiva tal como se había manifestado, desde el siglo XVII, el proceso de independencia, inscrito en el de la colonización que suscitaba necesariamente la emergencia de una sociedad criolla, se habría verificado de todos modos, aunque mucho más tarde, una vez que la situación hubiese alcanzado naturalmente un estado de madurez. Así las cosas, los españoles y los indios, sin olvidar a los que son olvidados con demasiada frecuencia, los africanos deportados y los descendientes mestizos de los tres grupos, parecen no obrar concertadamente, sino contribuir, sin saberlo ni quererlo, en el anonimato de millones de destinos individuales, a la formación de lo que iba a emerger en el siglo XIX como una nación. Por otra parte, el hecho de que la autora viva en América me permite apreciar, más claramente que a los propios europeos, algunos cambios que afectan ciertos aspectos de la vida en sociedad, fenómenos que actualmente se encuentran en la mayoría de los países, si bien con intensidad variable. Al lado de actitudes abiertamente nacionalistas y hasta xenófobas, cuando no racistas, de las que no sabría decir si son distintas, más generalizadas y virulentas que en épocas recientes, las modificaciones visibles me parecen inducidas ante todo por la puesta en contacto y cierta interpenetración de diversas culturas que no son forzosamente europeas. En Europa como en los Estados Unidos, las costumbres y los gustos están cambiando en cuanto se refiere a la alimentación, al uso que se hace del tiempo libre y de las vacaciones, a los hábitos en cuanto a vestido, la etiqueta y la sociabilidad en general; y las modificaciones observadas no son el producto exclusivo de las distintas dinámicas que animan los conjuntos dentro de los cuales tales costumbres y gustos se hallaban anteriormente insertos. De un modo insensible, algunos códigos más o menos implícitos son modificados, y hasta trastornados, mediante los efectos combinados de la civilización de consumo, pero también de intercambios y préstamos ligados a las redes de relaciones características de este final de siglo. Las nuevas composiciones integran elementos cuyas características pudieron ser en un momento consideradas como incompatibles, como sucede con las creaciones sorprendentes, a veces chocantes y siempre fascinantes del pintor Salvador Dalí o del modista francés Christian Lacroix. Elementos que a veces provienen de otros contextos culturales y que como una moda o, al contrario, de manera duradera, vienen a integrarse en nuevos conjuntos luego fácilmente adoptados por los contemporáneos.

No es posible despreciar estos procesos so pretexto de que sólo atañen a terrenos secundarios y por tanto no representativos de evoluciones realmente significativas. La autora muestra que las realidades más triviales, las que interesan lo cotidiano en sus aspectos más banales y anodinos, constituyen a menudo la primera etapa de una evolución que resulta finalmente ineludible e irreversible, en la medida en que éstas determinan consecuencias imprevistas. Señala Solange Alberro que su estudio no tiene ningún carácter teórico, ni siquiera sistemático. Sólo intenta presentar una reflexión dictada por las preocupaciones personales suscitadas por el mundo cada día más multirracial y pluricultural en que nos toca vivir.

Patricia Schraer