25 de Septiembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (115) II
Año: 1993

7. Al permitirle al maestro ejercer su capacidad y responsabilidad profesional, esa labor de facilitar el aprendizaje significativo, el aprendizaje con comprensión, puede advertirse inmediatamente un problema muy práctico, y es de las calificaciones, los grados, y los criterios de promoción o, en su caso, de reprobación ¿cómo conciliar, el fomento del aprendizaje significativo, que requiere ritmos diferenciados para distintos estudiantes y la necesidad de estimular la creatividad y la personalidad profesional de los educadores con la contabilidad numérica, los exámenes, las calificaciones y los grados?
Abordamos un problema sumamente importante que; a mi manera de ver, se originó en la intromisión de la sociedad en la escuela. Recordemos, ¿cuándo comenzaron a hacerse exámenes y a utilizarse sistemas de calificaciones?. Cuando la escuela se generalizó. Como sociedad, muy influidos por la idea del premio o del castigo, sin casi quererlo, todos nos hicimos conductistas. Desde el momento que en la escuela empezamos a manejarnos por notas, el maestro dejó el látigo, dejó la regla. Los reemplazó con las calificaciones, que cumplen exactamente la misma función. El mensaje que estamos transmitiendo es: “Ahora, ya no te voy a castigar dándote un golpe, sino con mecanismos más sutiles. Te voy a bajar la calificación; te voy a poner un cero; te voy a pasar o no te voy a pasar de grado”.

Como le decía yo, al principio de esta plática, una de nuestras primeras investigaciones con la OEA, fue justamente orientada a determinar qué diferencias había entre los profesores que tenían criterios tan distintos para pasar o no pasar a los niños de un grado a otro. Había niños que prácticamente estaban leyendo, pero que tenían faltas de ortografía y, por esa razón, se les reprobaba. Habían otros maestros que, aunque el niño no supiera leer, lo pasaban al grado siguiente, fuera como fuera, porque ya estaban cansados de él. Las investigaciones que realizamos mostraban claramente que, en realidad, no existía absolutamente ningún factor común, entre profesor y profesor, para tomar las decisiones de aprobación o reprobación. No había, o no hay, verdaderamente criterios. ¿Por qué? Porque no hemos definido las grandes metas. Tenemos las precisas, específicas y pequeñas de cada día. Pero, por desgracia, no hemos establecido con claridad suficiente a dónde queremos, en definitiva llegar.
Si el alumno “no cumplió sino con la mitad del programa”, ya no se le puede pasar al siguiente grado. Aunque sepa leer y escribir muy bien. Pero, “no a seguido”, y “no ha llenado” el libro de ejercicios, “le falta completar páginas”, “tiene fea letra”.... Con todos estos detalles, estamos en la situación de que, como se dice, “por ver el bosque no vemos el horizonte”, o, “por ver los árboles, no vemos el bosque”. No sé exactamente, cómo es el proverbio. Pero es algo así. Nos quedamos en todos los detalles, y no vemos lo que el niño en realidad ha progresado. Por otro lado, hay una cosa importante, que también descubrimos con nuestras investigaciones, y es que los ritmos de aprendizaje son muy distintos en los niños. Hay niños que van muy de prisa al principio y, casi al final, se detienen. Hay niños que van muy despacio al principio y, al final, dan un salto. Hay niños a los cuales se les reprueba en junio y cuando regresan a la escuela, en septiembre, ya saben leer. Simplemente, durante las vacaciones, dieron ese salto que no pudieron dar en la escuela. Entonces, ¿como los va a dejar usted otra vez en primero? Si ya aprendieron. Y, sin embargo, se tomo la decisión de reprobarlos porque no habían aprendido.

Una de las cosas en las que nosotros insistíamos más, es en que no se hiciera la separación entre primero y segundo. Que no hubiera exámenes, que todos los niños de primero pasaran a segundo, inclusive con su maestro, o su maestra. Porque ellos son los que ya los conocen, y ya van viendo su ritmo, y los problemas que tienen, ya van sabiendo como estimularlos. De esta forma, una gran parte de esos niños que se hubieran reprobado se salva.
Hay muchos fenómenos relacionados con la forma en que se establecen los ritmos, sistemas y estilos de aprendizaje. El proceso de enseñar y aprender no puede fraccionarse o simplemente cortarse, como si se tratara de rebanadas de queso: “hasta aquí llegaste, y de aquí no llegaste a pasar, luego no pasaste, tienes que repetir todo el año”. Esta forma de manejar la enseñanza trae muchísimos problemas, no solamente económicos para la sociedad, sino personales para los niños. Al ser sometidos al “procesamiento” de este sistema se sienten que no saben, se sienten bobos, tontos. Al reprobárseles se les cataloga como perdedores frente a su familia, frente a sus compañeros, frente a todos. La reprobación es tremendamente agresiva, y además puede dejar secuelas para toda la vida. Yo creo que deberíamos pensar, muy a fondo, si tenemos que seguir con ese sistema o cambiar a otro, que pueda ser más eficaz y estimulante.