19 de Junio de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (115) II
Año: 1993

5. Lo que Ud. dice me reafirma algo que, me parece, es cada vez más evidente: hay más conciencia en apreciar la existencia de una distancia significativa entre saber y comprender, entre tener acceso a información y realmente utilizar esa información para poder explicar y transformar las cosas.
Noto que hay una inquietud que se presenta en distintos frentes. Recuerdo, por ejémplo, la experiencia de haber estado en una clase de física, manejar perfectamente las fórmulas, y no entender nada de lo que estaba haciendo. Sin embargo, esta realidad de la distancia que hay entre la mecanización y la comprensión, o entre lo que usted decía del decodificar las letras y el entender lo que dice el texto, lleva aparejada la necesidad de enfocar el aprendizaje como un proceso; un proceso lento, que incluye avances, retrocesos, revisiones. Surge, entonces, la inquietud: por un lado, se plantea el problema de la individualización de la enseñanza, o el proceso del enseñanza/aprendizaje; y, por otro lado, el problema que yo le llamaría de la tiranía del currículum, de los programas de estudio que “hay que cumplir”. ¿Qué es lo que ustedes han encontrado en relación a estas cosas?

Nosotros estamos precisamente en contra de lo que pueden ser programas digamos atomizados y explicados al maestro paso por paso, semana por semana: “esta semana tienes que enseñar esto”, “ésta, tal letra”, “la que sigue, tal otra, etc”.

En algunos casos, se llega a niveles absurdos. Por ejemplo, recuerdo cuando había que enseñar la letra “s”; el maestro tenía que inventar frases con “s”, y una vez me encontré con un maestro que había puesto a todos los niños a escribir: “salas esa sal se sale a la sala”. Y le pregunté a un niño “¿Qué estás escribiendo?. Me dijo, ”No sé, !El maestro se volvió loco!". Y es que el niño no entendía absolutamente nada de lo que el maestro les había puesto en el pizarrón para que copiaran. Lo que el maestro quería era practicar la “s”, pero no la comprensión, o el sentido de la escritura. Entonces los niños estaban sin saber a que atenerse.
Un programa, en ese formato rígido, no sirve absolutamente para nada. El asunto al que usted alude en su pregunta es un problema sobre el que acabo de conversar con algunas autoridades educativas en México. Radica en no considerar al maestro como un profesionista. Fíjese, por ejemplo, un médico, un arquitecto, un ingeniero, tienen su título, y se hacen responsables del trabajo que van a hacer, del enfermo que se va a cuidar, o de la medicina que se le va a recetar. El maestro obtiene su título, y nada. Sigue postergado, en igual condición de negación de inicativa y valoración profesional que los inspectores, los directores, y todas las autoridades educativas de base. A fin del año, se les manda el examen oficial que sus alumnos tienen que llenar. ¿Qué es, entonces, el maestro?. Apenas un repetidor, y nada más. Más aún, ahora que la docencia y los estudios para el magisterio se han llevado al nivel universitario. Ahora que los aspirantes a la docencia tienen que completar cuatro años de estudios para obtener un título de maestros, siguen de todas maneras siendo considerados como sub profesionales. Debemos asumir, de una vez por todas que, la importantísima misión de hacerse responsable de la educación de un grupo de niños, es una tarea profesional, que requiere, al menos, la atención, respeto, reconocimiento y tratamiento que se da a cualquier otra profesión, si es que mayor, por la naturaleza de la propia tarea.
Creo que, a los maestros, es suficiente que les digan a dónde tienen que llegar. Pero, ya detalle de contenidos, de dónde pueden cortar o enriquecer, de qué caminos pueden seguir, eso les toca a ellos y únicamente a ellos.

Es el maestro el que tiene que rellenar el programa, nosotros le vamos a dar sólo las grandes metas. El hacer el programa detalladamente va a tener que ser una obra que se realice día a día. Y, ¿por qué?, alguien se puede preguntar. Es tan simple la respuesta: porque uno va a tener que trabajar con niños con distintos tipos de intereses, que podrán cambiar a medida que pasa el tiempo. Algunos niños que hoy tienen cierto tipo de dificultades quizá pasado mañana tengan otras diferentes. El maestro va a tener que inventar también modalidades de como llegar a hacer que unos niños apoyen a otros niños, por ejemplo. Y todo esto no lo puede hacer el maestro si tiene la cuerda al cuello de responder a lo que se le ha impuesto como programa.

El programa se vuelve, verdaderamente, una prisión para el docente o, como usted bien dijo al abordar este tema, una tiranía. No se puede querer que los maestros sean buenos maestros, que les guste enseñar, que tengan vocación, y todo lo demás, cuando ni siquiera se les ha formado de una manera responsable. Cuando realmente se les considera como no profesionales.

Se trata de un problema muy serio. Y no se vaya a pensar que sólo es un problema de México. Categóricamente no. Es un problema mundial. Son muy raros los países en que los maestros tienen la posibilidad de organizar ellos mismos su programa. Por ejemplo, en España últimamente ha habido un gran progreso con la reforma educativa. Al maestro le señalan básicamente los grandes temas y hasta dónde tiene que llegar. El problema en España era igual que el que existe en México. Allí ya aceptaron que había posibilidades de que el maestro fuera capaz de hacerlo. Pero se encontraron con que el maestro no quería hacerlo, porque no estaba preparado para hacerlo.
Si nosotros queremos asumir el problema en su dimensión concreta, lo vamos a tener que hacer pero “con toda las de la ley”. Desde la perspectiva de nuestra experiencia, esto es lo que nosotros queremos hacer y esto es a lo que queremos llegar. Entonces, estaremos en condiciones de decirles a los maestros: “Vamos a trabajar contigo. Te vamos a dar los apoyos que necesites; y, te vamos a dar esos apoyos, no solamente en cuanto a capacitación sino, también, materiales didácticos apropiados para que tú puedas llenar adecuadamente este programa”. La estrategia tendría que ser parecida a la que utilizamos cuando tuvimos ese programa IPALE, al que aludí al principio de esta conversación. Cada siete maestros tenían una persona que —durante los dos primeros años de estar trabajando en este programa—, los ayudaba. Esta persona, los reunía periódicamente, veía cuántas y cuáles eran sus dificultades, les explicaba lo que estaba pasando con los niños. También les ayudaba a ver cuáles niños tenían dificultades más fuertes y cómo las podían superar, cómo manejar los subgrupos. El trabajo que realizaban estas personas que apoyaban a los maestros era llevado a cabo en forma solidaria y compartida.

Ideas y experiencias como éstas, y otras similares, nos van señalando el camino que debe tomar la educación. Es muy fácil preverlo. Si tenemos la idea de que el maestro puede ser un profesional, vamos a prepararlo como profesional y luego vamos a indicarle —según las aspiraciones de cada país— lo que queremos que aprendan nuestros estudiantes. Vamos a decirle: “aquí están en sus manos estos estudiantes, usted tiene que decidir cómo vamos a hacer para lograr los propositos planteados”.
Claro, el maestro tiene que tener alguna forma de supervisión; pero, sobre todo, tiene que tener mucho apoyo. Y, distingo, más que supervisión APOYO, para ayudarle a ver y a analizar como lo va haciendo. Para que, una vez que el maestro, haya aprendido sobre su propia capacidad de enseñar se pueda lanzar a una tarea sin límites. Sin embargo, no creo que se haya hecho mucho énfasis en este tema cuando se han estudiado las diferentes alternativas. Como usted decía hace un momento, efectivamente se ha hecho mucho énfasis en el aprendizaje. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que el aprendizaje necesita estar siempre acompañado de la enseñanza. En última instancia, la enseñanza es la forma como el maestro realmente va a manejar -no necesaria ni primordialente a transmitir- pero sí a propiciar el aprendizaje. A eso es lo que se reduce, prácticamente, la enseñanza: a propiciar el aprendizaje. No a comunicar ciertas ideas ya preestablecidas. Eso puede venir a través de conversaciones, a través de cuentos, a través de lecturas, a través de películas, a través de todos los medios que hay ahora.

Por ejemplo, si consideramos aquí el papel de la computación, acá en los EE.UU. hay, en este momento, una cantidad muy grande de programas para enseñar a leer por computadora. Pues, lamentablemente, puede afirmarse que todos son igualmente malos, como el más malo de los maestros. Porque tampoco se han diseñado con esta idea de ser facilitadores del aprendizaje. Simplemente se orientan a la repetición y la mecanización. Entonces no hemos avanzado absolutamente nada. Con las computadoras más modernas seguimos igualmente atrasados en la metodología.