19 de Septiembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (115) II
Año: 1993

4. Desde su experiencia, ¿qué tan viable es que esta capacitación de los maestros se pueda hacer con los que ya se encuentran prestando sus servicios en las escuelas?
No solamente es posible sino que es lo más recomendable. Como expresé antes, uno no aprende a enseñar, sino enseñando. En realidad los maestros no aprenden a enseñar en la Universidad o en la escuela normal, ni aprenden con los textos, ni con el estudio de la pedagogía. Aprenden al enfrentarse con el salón de clase. Y así, poco a poco, va haciendo justamente conciencia de lo que es eseñar. Y es que el enseñar es también un proceso. Saber enseñar toma tiempo, y requiere que el maestro reflexione sobre su acción educativa. Aprenderá a enseñar cuando verdaderamente piense si lo está haciendo bien o no lo está haciendo bien; cuando sepa lo que le falta y cómo puede progresar; y, cuando pueda identificar cuáles son los problemas principales que confronta en la manera como enseña. Aprenderá a enseñar cuando pueda aprender de sus niños; cuando pueda saber cuáles son los que sí aprenden; cuáles no aprenden; cuáles aprenden más rápidamente que otros; y, en qué medida se va desarrollando, de forma sistemática, el aprendizaje de los niños. Todo eso no lo aprende usted, sino cuando está frente al grupo y con la práctica concreta.

Desde el punto de vista de la formación y capacitación de los docentes, la situación más enriquecedora consiste en poder trabajar con maestros, que son responsables de un grupo concreto y que, a la vez, quieren aprender para mejorar su capacidad de enseñar. A nosotros nos tocó, por casualidad y por fortuna, trabajar en esta situación. Pudimos constatar, sobre todo la conveniencia de trabajar con maestros jóvenes, de preferencia recién salidos de la escuela normal, que todavía pueden aceptar y reconocer que no saben, porque más tarde ningún maestro reconocerá que no sabe. Estos maestros recién recibidos, todavía están dispuestos a oír: “mira lo que te espera”, “mira que problemas vas a encontrar”, “mañana me vas a traer las escrituras de tus niños, y las vamos a analizar”, y así sucesivamente.
En nuestra experiencia, hemos encontrado que el maestro se motiva tremendamente al descubrir que el enseñar es una cosa tan significativa, y que él es una persona realmente importantísima en la vida de esos niños. En resumen, a mí me parece que el mejor momento para ayudar a los maestros es cuando comienzan a enseñar y que ya están frente a un grupo donde pueden justamente aplicar todo lo que se les pueda transmitir. Donde puedan observar las reacciones de los niños, plantearse cuestionamientos. A partir de esta situación, les puede dar usted los elementos de teoría que sean requeridos. Pero es necesario, primero y fundamentalmente, tener la experiencia de enfrentarse al problema de que no se sabe, en realidad, cómo enseñar.