19 de Septiembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (115) II
Año: 1993

Escuela, entorno y educación ambiental


No es nada nuevo encontrar, en los discursos pedagógicos actuales, serias críticas tanto al papel que desempeñan la escuela y el maestro en una comunidad como a la desvinculación de la escuela con la realidad.

Este panorama aunque desolador, es razonado; cuando se conocen situaciones en las cuales la escuela se pone de espaldas a la realidad como, por ejemplo, cuando a un niño, que vive en una zona de alta contaminación (ladrilleras en Bogotá), se le “enseñan” en el aula de clase las definiciones generales de la misma, obligándolo a repetirlas y memorizarlas, sin ninguna contextualización, solamente para resolver un examen; olvidándose de que él forma parte de una comunidad que sufre el problema y negándole la posibilidad de influir sobre él y transformarlo.

La vinculación de la escuela a la comunidad es importante porque desde esta relación se pueden generar procesos de transformación que incidan en el desarrollo individual y comunitario. Este desarrollo debe partir del conocimiento del medio y el manejo del mismo dentro de unos criterios que permitan una interacción dinámica, acorde con las necesidades actuales como medio de construir proyectos de vida. Estos proyectos no pueden construirse al margen de un proceso formativo que debe estar íntimamente relacionado con la familia, la escuela y la comunidad, es decir, la formación debe servir para preparar al individuo para la vida.

En este proceso se debe clarificar para qué, cómo y por qué se forma un individuo; partiendo del conocimiento de lo que se quiere (valores e intereses), lo que se puede (capacidades) y lo que se debe hacer (responsabilidades), tomando como referencia su problemática particular inserta en una problemática global (familia, comunidad, región, país), resultado de las relaciones que se establecen entre las dinámicas propias de los componentes de la sociedad y de la naturaleza. Esta problemática está íntimamente relacionada con la transformación del ambiente y es  lo que se llamará problemática ambiental.

Es por lo anterior que la educación ambiental se considera importante en la formación del individuo, ya que ella abre una perspectiva vital si maneja todas las variables de la dinámica de la vida y si logra ubicar al individuo como un ser natural y social. Esta doble visión es lo que le va a permitir al individuo ser consciente de su realidad y dinamizar los procesos de cambio de una manera racional, buscando siempre un equilibrio en el manejo de su entorno (dimensión ambiental).

Es importante preguntar qué tipo de escuela se requiere y cuál concepción de apropiación del conocimiento debe estar implícita en ella para lograr vincular, de manera eficaz, al individuo con su propia realidad.

Por supuesto no puede ser la escuela tradicional, que como en el ejemplo de las ladrilleras de Bogotá, es memorística, repetitiva y verbalista; producto del paradigma instruccional basado en una relación de enseñanza-aprendizaje en que el maestro es quien “enseña” y el alumno quien “aprende”.

Se requiere una escuela que permita la participación activa del niño, en primera instancia, y de toda la comunidad en la construcción del conocimiento para encontrar alternativas de solución acordes con su problemática particular.

Se requiere una escuela en la que los criterios de integración y el concepto interdisciplinario se hagan realidad a partir de proyectos participativos y autogestionarios que permitan desarrollar no solamente conocimientos, sino valores y actitudes que incidan en la formación de agentes de cambio, multiplicadores concientes de su papel transformador dentro de una comunidad.

Para este tipo de escuela se requiere, entonces, un maestro-investigador que sea el guía, el orientador, el dinamizador de los proyectos y, con claridad de su papel, un vínculo importante entre los diversos sectores que conforman su comunidad. Debe ser un maestro flexible en su quehacer que busque el enriquecimiento de los procesos mediante la participación para incidir activamente en la búsqueda de alternativas.

Igualmente este tipo de escuela nos obliga a volver la mirada sobre un currículo flexible, en el que las fronteras disciplinarias no sean obstáculos para el quehacer del maestro y no limiten su papel con los alumnos y con su comunidad; un currículo en que se refleje la diversidad natural, social y cultural.