19 de Abril de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (114) I
Año: 1993

“Votaste: Espera dos años y volvés a participar (SECUESTRO)”

Para terminar, estos últimos tres graffitis nos indican otro aspecto de los modos de producción simbólica de la cultura joven. A través del diseño de espacios que reconocen una heterogeneidad interior de educación, posiciones sociales, géneros y hasta edades, produce estrategias que le permiten nombrar el control durante la democracia. En la microscopía de la pared del barrio entra la simbolización de la política en la vida cotidiana. Por eso en estos tres graffitis puede leerse la resignificación de los valores y lugares que se adjudican a la juventud pero también las dificultades de la democracia para garantizar una participación amplia de quienes fueron convocados cuando su recuperación se basaba, en gran medida, en las movilizaciones populares. A su vez, las democracias en América Latina tienen dificultades para modificar las condiciones económicas de las dictaduras. En este contexto los jóvenes no encuentran facilidades para incorporarse a la educación o al trabajo como consecuencia de las políticas de ajuste que implican la concentración de la toma de decisiones y han ido descartando la movilización social como búsqueda de nuevas formas de organización social y política.

Ana Wortan ha analizado la tensión entre las expectativas de movilidad social y el mundo del trabajo, la escuela y el barrio en un estudio sobre la vida de los jóvenes de sectores populares en la periferia de la provincia de Buenos Aires.15 Indica, en principio, la coexistencia de distintos modos de socialización en especial en los migrantes urbanos con respecto a sus padres que conlleva un contraste entre la cultura familiar y la escolar. De este modo a la socialización de la familia y de la escuela como espacios de revisión de las condiciones de apropiación desigual del capital cultural se suma la socialización por la televisión y la radio, generalmente dirigida a sectores medios urbanos. Pero las expectativas planteadas en el alto grado de urbanización se enfrentan con el deterioro de acceso a la educación formal, el desempleo o la incertidumbre y precariedad del trabajo, la economía “en negro” y, por lo tanto, exclusión de los jóvenes de los sistemas de seguridad social y de la legislación laboral o el riesgo de marginación. Sin embargo Wortman analiza, también, una imagen de juventud afirmada por la permanencia en el sistema escolar que les permite postergar el acceso al circuito de trabajo y fortalecer los lazos mutuos. El quiebre entre educación y posibilidades laborales convierte esta permanencia en la escuela en un modo de “promoción” ya sea para el acceso a la universidad o para distinguirse de sus padres y alcanzar un espacio social en el que no serán descalificados.

Ahora bien, estas figuras jóvenes de los barrios suburbanos remiten a la imagen del joven varón. Sin embargo, la relación entre cultura mediática, escolaridad y vida cotidiana tiene rasgos peculiares en el caso de las mujeres jóvenes de los barrios o los sectores populares. En principio, la segmentación entre educación y circuito de trabajo parece afectar más a las jóvenes donde se verifica un deterioro de las expectativas de empleo después de cumplir el nivel medio. Wortman indica una aceptación de las miradas descalificadoras sobre su propia condición y la renuncia a la autonomía que podría otorgarle su mayor posibilidad de educación ya que desde chicas disfrutan de menor libertad que los varones a quienes se impulsa para que sean emprendedores y “hagan su vida”. Estas condiciones producen la preferencia de las jóvenes populares por los trabajos estables aunque desventajosos. Muchas terminan respondiendo al modelo familiar tradicional: crianza y cuidado de los hermanos e hijos (hay que mencionar la alta estadística de embarazos adolescentes) y consiguiente privatización de la vida cotidiana. Sin embargo, tanto en el caso de los hombres como de las mujeres jóvenes populares, las aspiraciones de reconocimiento y movilidad social no se reducen a la historia individual, en relación con los padres o la familia que vive en la provincia, sino a los espacios donde se realizan las prácticas cotidianas de intercambio y producción de sentido.

Frente a la aparente globalización de la cultura joven cada sector resignifica los valores tradicionales de sus padres y a su vez las imágenes y lenguajes de la escuela y de los medios de comunicación. Para visualizar la cultura joven de los noventa es necesario, por lo tanto, analizar el graffiti o el concierto pero también los videojuegos, el videoclip tanto de rock como de cumbia tropical junto con los espacios de interacción donde se definen esas figuras variables de reconocimiento en relación con la imagen construida en estas condiciones precarias de ejercicio de la democracia. Quizá la respuesta fue insinuada, en 1987, por un grupo de rock “Los redonditos de ricota” que en un comienzo actuaban disfrazados como en el circo criollo y convocaban a disfrazarse y subir al escenario, hasta convertirse en la contraseña más generalizada en las paredes de cualquier barrio de las ciudades argentinas: Y cuánto vale dormir tan custodiado / despiertos cínicos y botones dorados / y cuánto vale ser la banda nueva / y andar trepando radares militares / Vamos las bandas / rajen del cielo / vamos las bandas / Y cuánto vale tu estómago crispado / y tus narices temblando por el miedo / y cuánto vale todo lo registrado / si el sueño llega tan mal / que te condena / Vamos las bandas / rajen del cielo / vamos las bandas / Y cuánto valen todas tus enfermeras / y tus temblores de mocos supercaros / y cuánto valen satélites espías / y voluntades que crees haber sitiado / Vamos las bandas / rajen del cielo / vamos las bandas / Y cuánto valen tus ojos maquillados / y meditar con éter perfumado / y cuánto vale ser la banda nueva / y andar trepando radares militares / Vamos las bandas / rajen del cielo / vamos las bandas (“Vamos las bandas”, Skay Beilinson/Indio Solari, 1987).