14 de Diciembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (114) I
Año: 1993

“Punk” político

Esta ocupación de la calle transforma, a su vez, la cotidianidad. Escenas y palabras públicas son (re)escritas en las paredes donde el graffiti produce un espacio de reconocimiento e identificación. En principio, el graffiti pintado en la marcha política por la ciudad protegido por la multitud, contra el monumento o el edificio público. Después, el graffiti como contraseña dentro del espacio a la vez cifrado y en exhibición de las paredes del barrio.

En la cultura de Buenos Aires el auge de esta práctica tiene una fecha precisa, la transición a la democracia, cuando la calle recién recuperada se convirtió  en una zona  privilegiada para leer la heterogeneidad de voces, muchas veces no insertas en ninguna estructura de partido. Esa lucha por el control del espacio se establece a través de la superposición de pintadas ya sea de firmas o dibujos propios (LA BANDA DE NADIE, PUNK POLITICO o KADAVERES NN) hasta la modificación de las marcas de los otros. En su fugacidad, el graffiti desautomatiza y modifica el recorrido del barrio o la cuadra por contraseñas que aunque sólo algunos entienden, ofrecen un grado de visibilidad máxima en el mismo terreno que controla la policía.  “Secuestro”, en una entrevista une el graffiti con la ocupación de la ciudad y el concierto de rock:  “Al principio pintábamos nada más que ‘Secuestro’,  porque como éramos una banda de música había que darnos un modo de difusión.  Ibamos a ver una banda. Como siempre tocaban en barrios distintos íbamos con aerosoles y pintábamos. En una segunda etapa estábamos más organizados (...) diagramábamos las calles (que es lo mismo que hace la policía, sólo que nosotros las pintábamos), elegíamos un barrio, una calle, una avenida, íbamos a un recital con aerosoles y reventábamos todo”.13 “Secuestro” fue, precisamente, una de las “firmas” que más intervino en el debate sobre juventud y política en los primeros meses de la democracia: “No tuvimos tiempo de ser culpables” o “Para el día de la madre regale pañuelos blancos”. En este sentido el uso de la escuela y del barrio a través de la práctica del graffiti, superpone la clave secreta de la pandilla con el deseo de visibilidad, funciona hacia adentro y hacia afuera como todo mecanismo de reconocimiento e integración. La escuela les enseña lo que la sociedad piensa de ellos, les enseña a verse a sí mismos, a sus familias y aún a su propia existencia como problemáticos. Desde los medios su posibilidad de autonomía es la vez arrasada y sostenida. Arrasada porque se exponen de manera permanente y cotidiana los conflictos de los jóvenes en términos de delito y sostenida porque, sacados de todo contexto, esos conflictos son vistos como individuales fuera de la dimensión pública y de las condiciones sociales en que se producen. Sin embargo, el uso de la escuela como espacio de reunión implica un replanteo de la territorialidad y desterritorialidad del barrio cuando los entornos y sus límites son usados para significar los límites del grupo y los convierte en un espacio investido por los valores de una cultura localizada.14

Así, el graffiti afirma el territorio mientras cifra una apropiación del sentido que fusiona palabra e imagen con un estilo que vincula simultaneidad con fragmento; aglomeración de signos de varios autores al estilo del videoclip. Por eso cuando los últimos años de la dictadura indicaron la incorporación de la Argentina a una cultura mediática similar a la comprobable en la mayoría de los países del mundo, el graffiti señala la cultura joven como uso de las tecnologías audiovisuales y de consumo urbano y su apropiación en el diseño de modos de supervivencia y acción. Se citan las letras de grupos de rock, incluso en inglés, (WASTED YOUTH o PUNK NOT DEAD) hasta inventar el chiste o la ironía política más cercana: “Tiemblen fachos, Maradona es zurdo” o “Yo en mi pieza tengo un poster de todos ustedes: Che Guevara”. Efecto burlesco de un lenguaje a la vez personalizado (el ingenio supone una singularización) y público, las paredes de la calle pero también de los hospitales, las estaciones, la escuela: “La iglesia es tan buen negocio que hay una sucursal en cada barrio” o “La escuela es una institución de SECUESTRO”. Durante el debate sobre la creación de la “Ley de obediencia debida” que en 1987 eximió de culpa a los represores  que  supuestamente habían obedecido órdenes, un graffiti cubrió las paredes de  Buenos Aires:  “Robe, mate, torture y consiga  alguien que se lo ordene”, acompañado por “Terrorismo militar, tortura policial. No hubo cambios. SECUESTRO”.