18 de Enero de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (114) I
Año: 1993

Los jóvenes latinoamericanos: De la modernización a la revuelta

Germán Rama ha analizado el lugar protagónico que la juventud latinoamericana ocupa en la conjunción entre dos grandes núcleos históricos: el intento de modernización social del desarrollismo en la década del cincuenta y la crisis económica de los años setenta y ochenta que hizo visible las deficiencias de ese proyecto.1

Fue importante en ambos momentos porque por su peso dentro de las poblaciones, —los jóvenes argentinos constituyen 16% de la población y de ellos, el 82% vive en centros urbanos—, fueron los primeros convocados por las formas modernas de organización social que confiaban en la educación, el control demográfico y el pasaje de las economías rurales a las industriales como estrategias transformadoras. El crecimiento de la producción requería tanto técnicas avanzadas de procesamiento como el desarrollo de un mercado interno. En esta incorporación de vastos sectores al consumo jugaron un rol crucial las tecnologías electrónicas de radio y televisión pero también la posibilidad de acceso de nuevos grupos a la enseñanza media y superior (en 1950 habían 250.000 estudiantes al finalizar la década del 60 llegan a 5.380.000).2 La importancia de la juventud en estos procesos se puso en evidencia por su alto grado de participación política cuando la recesión hizo imposible la promesa distributiva y el desempleo, agravado por la sobrepoblación de las periferias urbanas, frenó las expectativas de movilidad social. Entonces la juventud se vio particularmente afectada por la represión de los gobiernos autoritarios que obtuvieron su legitimación, por un lado, en la apelación al orden y la autoridad de sectores conservadores y liberales y, por otro, en la eliminación de los mecanismos democráticos de participación. Así, el modelo de concentración de poder e ingresos a través de la cultura del miedo focaliza en los jóvenes los mecanismos de vigilancia para completar el cierre de las instancias de movilización y cooperación solidaria.

Cecilia Braslavsky ha señalado, en La juventud argentina. Informe de situación, el modo en que la violencia sistemática en espacios públicos como la escuela, la calle o los estadios fue acompañado por el retraimiento de otros ámbitos de socialización (el 35% de los desaparecidos entre 14 y 25 años eran estudiantes). Mientras la generación nacida entre 1955 y 1965 tuvo grandes oportunidades de acceso al nivel secundario y universitario (la proporción de jóvenes universitarios llegó en 1980 a casi el 10% de jóvenes entre 20 y 24 años, una de las cifras más altas de América Latina) como correlato, se restringió el gasto público especialmente en la salud y la educación produciendo nuevas desigualdades a partir de la diferencia en la calidad de enseñanza. Por su parte, las prácticas autoritarias y el abandono de contenidos culturalmente relevantes provocaron una resistencia a los ámbitos de educación formal. De este modo, al sistema educativo de bajo rendimiento que produce una segmentación entre los jóvenes —el estado delega esa función en el capital privado al que subsidia— se suma la justificación de la vigilancia a través del diseño de una imagen del joven, sospechoso y violento, que alienta políticas paternalistas y autoritarias.3

Bajo estas condiciones, dijimos, es interesante analizar los modos de “sobrevivencia” de la producción de sentido a través de prácticas culturales cotidianas que permiten la resignificación de determinados temas expulsados del espacio público.4 Entonces algunas formas de deporte o entretenimiento constituyen ámbitos de sociabilización donde los jóvenes elaboran las figuras variables que se adjudican a sí mismos en relación con las imágenes con que las instituciones escolares o los medios los señalan como problemáticos especialmente cuando están reunidos o asociados. Esto implica, como veremos, el diseño de nuevos recorridos urbanos y la apropiación de lugares como la escuela o el barrio transformados en espacios de nucleamiento y mutua visibilidad. Esta es, precisamente, una de las condiciones centrales que indica John Clarke5 cuando propone analizar la cultura joven como instancia social que sin ser totalmente controlada por la cultura dominante tampoco es suficientemente libre. Condición que, como veremos, se percibe en el sostenimiento de la demanda educativa y, por lo tanto, persistencia de la escuela como factor de movilidad a pesar de su escasa vinculación con el mercado de trabajo, acompañado por la resistencia al autoritarismo institucional por parte de los sectores populares.

Nos proponemos tratar de analizar estas articulaciones en dos contextos específicos: por un lado, las formas de actuar y de acceder a la información durante la dictadura y por otro, la recuperación del discurso político en la transición a la democracia. En ambos momentos la cultura joven, especialmente a través del rock, el graffiti y sus lugares de reunión, ofrece elementos para estudiar la relación entre educación y los usos de las nuevas tecnologías que desde la década del setenta funcionan en la cultura argentina —acceso a comunicaciones vía satélite, extensión de las radios de frecuencia modulada, TV color, videocassetera doméstica, etc—. Un estudio sobre la redistribución de consumos culturales a través de las transformaciones tecnológicas,6 señala que los jóvenes argentinos entre 15 y 24 años son los que más ven televisión o video, (de hecho dicen mirar televisión porque les gusta, como primera causa) sin embargo son también los que más leen, no sólo revistas deportivas o femeninas. Por otra parte la radio de frecuencia modulada en la Argentina es fundamentalmente un fenómeno juvenil, el 73% comprende entre los 15 y los 35 años. Su primera preferencia es el rock (28,5%) y atraviesa todos los grupos socioeconómicos y educativos. Son, además, los que ocupan el puesto más alto en el consumo de entretenimientos en lugares públicos como videojuegos, cine, baile, o cualquier clase de paseo.

Pero, por otra parte, la cultura joven se relaciona con los lenguajes audiovisuales sin respetar las diferencias entre niveles, géneros o materiales o las definiciones de lo nacional y local.7 Así, las apropiaciones que los jóvenes hacen de la cultura mediática permiten ver el replanteo de los ejes que organizan los modos de saber y actuar en las concepciones dominantes del bien común.