25 de Abril de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (114) I
Año: 1993

Internalidad y externalidad

Una alternativa es la desarrollada por Harry Frankfurt. Al discutir el papel que desempeñan las emociones en la personalidad moral, hace una distinción entre internalidad y externalidad para explicar la diferencia entre emociones con las cuales somos más activos y aquellas con las cuales somos pasivos. Ciertas emociones son internas cuando, en el momento que ocurren, las recibimos positivamente o las aceptamos indiferentemente. En contraste, las emociones son externas cuando preferimos no tenerlas o no ser motivados por ellas.7 Por ejemplo, una pasión es típicamente externa cuando es inducida por hipnosis o el uso de drogas,8 o cuando el individuo que la tiene la ve como una intrusión.

La idea fundamental que subyace en esta distinción es que hay una diferencia entre simplemente tener una emoción e identificarse con ella, lo cual implica cierto compromiso. Frankfurt parte de la base de que una determinada emoción o disposición manifiesta el carácter moral sólo si el origen de dicha emoción está dentro del agente, en el sentido de que el agente es realmente quien decide aceptarla. Así, tenemos que mientras las emociones internas están íntimamente relacionadas con la persona (dado que o son aceptadas por la persona o son el producto de disposiciones que la persona ha cultivado), las emociones externas no lo están. De esta interpretación se sigue que mientras las emociones con las cuales somos pasivos no son parte de nuestro carácter —en tanto no nos identificamos con ellas— aquellas que son originadas en la persona son parte de la personalidad moral.

A los filósofos influenciados por la tradición racionalista les es difícil aceptar esta distinción. Para ellos toda emoción es externa y, por lo tanto, distorsiona u obstaculiza las capacidades intelectuales de la persona y, consecuentemente, su carácter moral. Pero Frankfurt disputa la idea de que sólo la razón moldea y forma el carácter moral. Esto no significa, sin embargo, que Frankfurt conciba la pasividad de carácter como un rasgo moralmente valioso. Para Frankfurt las emociones pasivas (es decir, aquellas que nos “asaltan”), aun si son parte de la historia del agente, no son parte del verdadero ser moral. La pasividad no desempeña un papel importante en la vida moral.

Una de las ventajas del modelo que Frankfurt presenta es que reconoce que hay emociones que no son elegidas por la persona sin disminuir por ello el papel que ciertas emociones pueden tener en el carácter moral. Frankfurt mantiene que la posibilidad de desarrollo moral sólo se hace inteligible si se introduce a las emociones como componentes esenciales de la personalidad. Sin embargo, la propuesta de Frankfurt es vulnerable a la objeción que pone demasiado énfasis en la noción de identificación como un proceso en el cual sólo la voluntad de la persona toma parte.9 Esto, a su vez, sugiere que, en última instancia, sólo la actividad de la voluntad se utiliza como criterio para evaluar el carácter moral de una persona.