26 de Septiembre de 2018
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Colección:
La Educación
Número: (114) I
Año: 1993

Las emociones como obstáculos al desarrollo moral de la persona

La postura racionalista resiste la idea de que las emociones tienen valor moral y contribuyen positivamente al carácter de una persona. Kant es probablemente el representante más conocido y debatido de esta posición, pero no es el único que la mantuvo.3 De hecho, Platón expresó ideas similares hace más de veinte siglos,4 y una importante corriente contemporánea defiende la misma idea.5 Se puede decir que el concepto de que las emociones carecen de valor moral es resultado de la convicción de que la vida moral tiene que ver sólo con aquello de lo cual los seres humanos tienen control directo. Así, la actividad moral se define sólo en términos de ejercicio de la voluntad activa determinada por la razón de la persona, y la finalidad de dicha actividad es el logro de una autosuficiencia racional que, supuestamente, asegura la posibilidad de la integridad moral. Se sigue de esta interpretación que, dado que las emociones parecen muchas veces surgir sin que la persona las pueda evitar, son consideradas meras “inclinaciones” que producen una pérdida de libertad y control y que, consecuentemente, no aportan valor al carácter. Porque se las ve como un obstáculo a la realización moral de la persona son relegadas a la periferia de la vida moral. En última instancia se hace una obvia distinción entre la “verdadera persona” (i.e. la persona moralmente responsable) y sus emociones. Entendida de esta manera, la verdadera persona es aquella que está por encima de sus emociones (a las cuales ha dominado) y simplemente siempre elige racionalmente cómo actuar.

La popularidad de este concepto hace que quien quiera validar el papel de las emociones en la vida moral inevitablemente se enfrente con el siguiente problema: ¿Son los seres humanos realmente pasivos con respecto a sus emociones? Y ¿cuán importante es la pasividad en el carácter moral? Muchos filósofos influenciados por la postura predominante han tendido a sacar la conclusión de que somos víctimas de nuestras emociones y de que nuestro objetivo debe ser “liberarnos de ellas”. Afortunadamente, sin embargo, ha surgido recientemente una serie de propuestas que intentan refutar esta idea. En lo que sigue se presentan tres respuestas distintas desarrolladas recientemente sobre la supuesta pasividad de las emociones y de su relevancia en la vida moral.