18 de Enero de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

2. RB: Has trabajado tantos géneros literarios que pudiste escapar de las clasificaciones que suelen usar los críticos para categorizar a los escritores. Has escrito poesía, cuento, novela, literatura infantil y juvenil, guión cinematográfico, teatro, ensayo humorístico. ¿Qué determina la forma que va a tomar una obra tuya? ¿Hay algún género literario que prefieras sobre los otros?

AMS
: Soy una lectora omnívora y apasionada, y todo lo que está escrito me interesa. Quizás ése sea uno de los motivos por los que escribo géneros tan distintos. Pero no se trató de una decisión deliberada, sino de un camino que recorrí casi sin darme cuenta. Cuando recibí ese fuerte golpe de realidad y descubrí que casi nadie quería leer poesía, quise aprender a escribir cuentos. No se nota porque empecé tan joven, pero dominar la técnica del cuento me llevó muchos años. Empecé escribiendo una buena cantidad de prosas poéticas que nunca eran tan narrativas como yo lo hubiera deseado. Yo quería que mi primer cuento fuera extraordinario, una obra maestra de la literatura universal y esa aspiración pesaba tan gravemente sobre mí que nunca podía pasar del primer párrafo.

Tenía 19 años cuando tuve la oportunidad de escribir para una revista femenina que publicaba fotonovelas y cuentitos románticos. Me explicaron claramente lo que querían: cuentos de amor tradicionales, previsibles y melosos. Como esta vez no se trataba de Gran Literatura, me sentí más libre y produje rápidamente unos cuatro cuentos muy aceptables que la revista me publicó con el seudónimo de Diana de Montemayor. Ese ejercicio me sirvió más adelante cuando pude empezar a escribir cuentos más parecidos a los que yo soñaba.

Yo estudiaba la carrera de Letras y estaba muy preocupada por mi futuro económico. A los 20 años entré como redactora creativa en una agencia de publicidad. Durante quince años escribí avisos gráficos, frases de radio, guiones para comerciales, folletos y toda clase de propaganda para toda clase de productos. Ese ejercicio cotidiano me permitió una enorme versatilidad. Entretanto logré terminar mi primer libro de cuentos, Los días de pesca (Buenos Aires: Corregidor, 1981) y empecé la peregrinación por las editoriales con mi carpetita debajo del brazo. Descubrí que tampoco se vendían los cuentos. “Si fuera una novela...” decían los editores. Y yo me volvía triste con mi carpeta a casa.

Si quería publicar, no me quedaba más remedio que escribir una novela y me puse manos a la obra. Con gran esfuerzo conseguí terminar mi primera nouvelle: Soy paciente (Buenos Aires: Losada, 1980). Y la presenté a concursos: a muchos concursos. Cuando gané el primer premio en un concurso internacional de Editorial Losada, pude empezar a publicar narrativa.

Simultáneamente yo escribía un género al que quiero mucho y que quizás sea mi preferido: el cuento brevísimo. Había descubierto la revista mexicana El Cuento, de Edmundo Valadés, que hacía un valioso rescate del género. En cuanto escribí el primero, sentí que ése era mi terreno, mi hábitat natural, lo que más espontáneamente nacía en mi cabeza. Fue Valadés él que me publicó mis primerísimos microrrelatos.

Cuando salieron mis primeros libros, empezaron a llamarme de las revistas femeninas para pedirme columnas de opinión. Un día reuní todo el material de diez años de publicaciones de este tipo y apareció El marido argentino promedio (Buenos Aires: Sudamericana, 1991), un libro de ensayo humorístico que se había estado escribiendo solo, sin que yo me diera cuenta.

Los otros géneros aparecieron por pedidos específicos. Mi editorial decidió iniciar un departamento de literatura infantil y me pidieron cuentos. Me encantó la idea y descubrí una nueva posiblidad. Un director de cine quiso filmar mi segunda novela, Los amores de Laurita (Buenos Aires: Sudamericana, 1984), y me pidió que escribiera el guión con su colaboración. Así aprendí un nuevo oficio. Algo parecido sucedió con el teatro. Escribir para el espectáculo tiene algo de mágico, y poder colaborar con otras personas me resulta inmensamente grato porque mi trabajo de todos los días es muy solitario.