13 de Diciembre de 2018
Portal Educativo de las Américas
  Idioma:
 Imprima esta Página  Envie esta Página por Correo  Califique esta Página  Agregar a mis Contenidos  Página Principal 
¿Nuevo Usuario? - ¿Olvidó su Clave? - Usuario Registrado:     

Búsqueda



Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

1. Rhonda Buchanan: Tu primera incursión en el mundo literario fue El sol y yo, un libro de poemas publicado en 1967, cuando tenías solamente 16 años. ¿Podrías hablarme de tu iniciación literaria y contarme por qué no seguiste en el camino de la poesia?

Ana María Shua: En mi país, durante los años 50, estaban todavía de moda las “declamadoras,” que llenaban los teatros recitando poesías como lo había hecho en su momento Alfonsina Storni. Mi tía Musia, hermana de mi mamá, estudiaba declamación (además de abogacia) y yo era su público más fiel: desde que tenía tres años me acostumbré a escuchar las más sonoras poesías de la lengua castellana, recitadas con grandes ademanes. A los ocho años escribí, con inmenso éxito (escolar y familiar) mi primer poema, dedicado al “Día de la Madre.” Y a los diez, gracias a mi maestra de sexto grado, que me estimulaba mucho, me convertí en la poetisa más famosa de mi escuela. Pero al año siguiente tuve una maestra que se interesaba más en las alumnas que sabían tocar la guitarra que en las poetisas. Como en esa época dependía mucho de los estímulos externos, dejé de escribir durante algunos años.

Tenía 13 años cuando decidí que quería estudiar teatro. Mi madre se preocupó: ¿qué clase de ambiente iba a encontrar una jovencita de buena familia entre la gente de teatro? Entonces consiguió una profesora particular que viniera a enseñarme a mi sola en mi propia casa. Aprendí muchísimos monólogos. Pero la excelente profesora, María Ester Fernández, rápidamente descubrió que mi vocación no era el teatro sino la literatura, y empezó a pedirme que le escribiera poemas como deber. Todos los sábados a la mañana la recibía con un poema y después de dos años tuve suficiente material como para empezar a pensar en un libro. Entonces María Ester me enseñó algo invalorable: cómo presentarme a concursos. Con El sol y yo (Buenos Aires: Ediciones Pro, 1967), gané a los 15 años mi primer premio literario: un préstamo del Fondo de las Artes para publicar el libro.

El premio exigía que se editaran mil ejemplares. La editorial tardó un año en publicar el libro y no lo quiso distribuir en librerías. Fue en ese momento cuando descubrí, para mi enorme asombro, que la poesía no se vende. Los mil libros, en dos enorme cajas, molestaban en mi casa y en mi conciencia. Traté de ofrecerlos librería por librería, pero nadie los quería aceptar. Para mí fue una sorpresa absoluta, un verdadero golpe.

Ahora me doy cuenta de que tuve mucha y muy buena prensa, inusual para un primer libro de poesía. En ese momento, todo me resultaba doloroso: los comentarios siempre empezaban destacando mi corta edad. Yo creía haber escrito un gran libro de poemas y en cambio me trataban como a una niña precoz. ¡Sólo quince años! Esa frase me causaba náuseas. Creo que fueron estas decepciones las que me alejaron en ese momento de la poesía. Pero nunca dejé del todo de escribir poemas. Simplemente, nunca más quise publicar. Creo que mi interés en la poesía se lee también en mis cuentos brevísimos.