20 de Enero de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

Cuarto Movimiento

Sin embargo, y a pesar de la misoginia, tanto los relatos, coplas, refranes, como los comentarios provenientes de diversas religiones, se encuentran signados por un elemento que, por su carácter imprevisible, logran surtir un efecto único, original: el humor. Quienes conocen el ensayo de Bergson, La Risa, saben que una de las definiciones acerca del significado de lo cómico son las “repeticiones” que se producen, generalmente, asociadas a situaciones de coincidencia: “Cuanto la escena repetida sea más compleja y se produzca más naturalmente, mayor será su carácter cómico” (Bergson 73, subrayado mío). De esta forma, si las culturas orales se caracterizan por los procedimientos mnemotécnicos utilizados con el fin de conservar su tradición, esto es: las fórmulas asimiladas durante siglos para transmitir el conocimiento de padres a hijos, sucesivamente, se valen de la repetición, ya que este recurso se constituyó en un componente unido al proceso cabal de lo que Ong denomina el “rito oral,” cuando una persona caligráfica lee un texto narrado con los atributos propios de la tradición oral, resulta no sólo coherente sino previsible que se produzca un efecto risible. Se trata de dos registros diferentes que, de manera inesperada, quedan enfrentados. La colisión produce un sentido cómico, y resignifica los presupuestos inicialmente irritantes dado su carácter netamente misógino. Un caso visible al respecto es el cuento de los chamacocos (indígenas del Gran Chaco argentino-paraguayo), “La mujer que tuvo por amante a su caballo,” donde el relato narrado con suma naturalidad y un lenguaje cotidiano, coloquial, provoca la risa del lector, quien a su vez es sorprendido por la naturaleza disparatada de la historia.

No obstante, lo inesperado sucede al quedar implicado otro efecto cómico, también descrito por Bergson. Según el filósofo francés, uno de los elementos característicos de lo risible es “el género completamente particular del absurdo que contiene lo cómico cuando en él concurre lo absurdo” (136, subrayado en el original). Pero encontramos el “absurdo” en circunstancias que se revelan en relación directa a otra particularidad de la oralidad: la descripción hiperbólica de la mujer, sea en sentido negativo (la mayoría de los textos transcriptos en Cabras, mujeres y mulas), sea en sentido positivo (casi inexistentes, con excepción sólo de aquellos que hacen referencia a la “mujer perfecta”). Entonces lo cómico se produce, en primera instancia, en el enfrentamiento entre dos culturas prácticamente opuestas, como lo son la oral y la caligráfica, aunque un lector contemporáneo se encuentre inserto dentro de lo que se define como la “era electrónica,” con lo cual el efecto producido es aún mayor. Es que el absurdo, para este último, cifra en la distancia que lo abisma de una concepción, a su juicio, primitiva.

Y de este modo, el relato pecaría de ingenuo ante sus ojos, y esa forma de leer, esa cosmovisión dada a partir de una formación vinculada a la escritura resulta ineludible. Lo contrario nos remitiría a la vieja discusión en torno de cómo pensar al “Otro” y a la problemática acerca de las relaciones establecidas entre colonizador-colonizado dentro de una estructura de poder.

Por otra parte, las descripciones de personajes de dimensiones extraordinarias formaron parte de las estrategias propias de las culturas orales por la sencilla razón de que de esta manera resultan más fáciles de ser recordadas. Al respecto, Ong señala que la “memoria oral funciona eficazmente con los grandes personajes cuyas proezas sean gloriosas, memorables y, por lo común, públicas” (73). Así, la estructura intelectual de su naturaleza engendra figuras de proporciones hiperbólicas, es decir, figuras heroicas, por motivos condicionados por una realidad primordial: “para organizar la experiencia en una especie de forma memorable permanentemente. Las personalidades incoloras no pueden sobrevivir a la mnemotécnica oral” (Ong 73-74). De esta forma, se explica por qué la mayoría de los textos procedentes de las culturas orales hacen referencia a mujeres que, en el caso de no ser descriptas a partir de rasgos superlativos, sí lo son sus actos (engañar, mentir, ser haraganas, vengativas y traidoras, y no obedecer) o algunos atributos inherentes a su condición misma, como es el caso de la menstruación, la “lengua condenada” (que esto último forma parte de la naturaleza misma de la mujer ningún misógino lo pondrá jamás en duda, aún así se demuestre empíricamente lo contrario) o constituir por su sola existencia el origen mismo del “Mal.” Por lo tanto, esta descripción inevitablemente surte un efecto risible; es que su carácter contradictorio parece lindar, por momentos, con lo fantástico.