19 de Diciembre de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

Los relatos como formas para develar un saber

Es visible en los libros de Shua su preferencia por manifestar los procesos de construcción de los relatos que funcionan como un segundo plano que, a pesar de eso, no mitiga el efecto. Parece decirnos: les muestro algo, pero eso es apenas la punta del iceberg, con lo que abre la puerta a futuras indagaciones. En El pueblo de los tontos, Shua habla de la existencia de unos seres que son los tontos más sabios del mundo. Hay un cuestionamiento al concepto de inteligencia meramente racional y esto está remarcado en el prólogo. Esta clase de “tontos” le permite a la autora lanzar una mirada oblicua y original sobre el valor de las cosas del mundo y establecer un contraste con el llamado mundo real, el mundo de la especulación, la guerra, el sadismo. En esta contraposición de dos lógicas interviene en este caso la lógica de Hitler y el Holocausto (explícitamente referida en el prólogo) y la lógica de la poderosa ternura, de la inocencia a prueba de cualquier cosa. El efecto de los relatos está dado en parte por el contrapunto que se establece entre esa lógica de fondo, planteada en el prólogo—la lógica de la brutalidad, la de la maldad extrema que puso en escena la caída de la racionalidad de uno de los países más racionales del mundo al masacrar al pueblo judío—y la lógica de los pobladores de Jélem.

El saber aparece como un ejercicio imprescindible en la trama de estos relatos, y el efecto está dado por la instauración de una forma de conocimiento no convencional. Los lectores establecemos con el narrador una complicidad en la que los personajes quedan excluidos. La proverbial inteligencia judía se ríe de sí misma. Este gusto por la brevedad, por el equívoco pone sobre el tapete una evidencia del universo de Shua: todo saber es siempre altamente sospechoso, por un lado está el saber como experiencia del cuerpo y por otro, el saber como experiencia racional. Si siempre hay otro mundo en oposición a éste, de qué clase de saber estamos hablando. Aquí los tontos sabios experimentan un saber dado a partir de la experiencia del cuerpo. Con la mente se obtiene una cosa y con el cuerpo otra muy distinta. Las tres dimensiones en su experiencia concreta ponen en tela de juicio las especulaciones hechas a priori. También suele suceder que los personajes llegan a verdades equivocadas porque parten de premisas falsas o bien se emplean lógicas erradas para las situaciones planteadas.

Se detecta un rasgo persistente en la obra de Shua, algo semejante a un trasfondo de pregunta, los personajes están frente a alguna clase de indagación, a veces implícita, se asoman a lo que ocurre para entrever alguna forma de verdad. La existencia de prólogos que desmenuzan un porqué es un soporte más que sostiene este gesto. Se percibe una intención de rastrear el origen, de volver al principio que generó las cosas, remontar el modo en que ha surgido una historia, mostrar el lado oscuro para que esa voluntad de saber ocupe un lugar dentro de la ficción, para poder reflexionar sobre el oficio de hacer arte y dar cuenta de por qué una historia ha soportado el paso del tiempo o exponer las razones por las que aún tiene vigencia. El mecanismo de pregunta y respuesta es bastante frecuente en los personajes de Shua, ellos quieren indagar, porque siempre hay algo más que conocer y quién sabe en cuál de los mundos se encuentra aquello que dilucidará el enigma. Pero todo suele quedar en la nebulosa, porque emprender el camino del saber es una tarea inagotable. Los prólogos sostienen dentro de una estructura literaria esa misma actitud. El prólogo explicita y proporciona cierta dosis de información, pero deja abierta una zona de misterio de una manera muy notoria. La tendencia a resolver las situaciones de manera disparatada nos recuerda al Cortázar de “cronopios y famas,” y el trazo del perfil de los personajes de Isaac Bashevis Singer. A medida que esta saga de situaciones inesperadas e ingeniosas se suman, vamos entrando en una lógica que pone en tela de juicio nuestras certezas. Y de alguna manera nos retrotraemos a una forma de conocimiento pre racional o, si se quiere, anterior a la incorporación del pensamiento abstracto, una lógica que posee la frescura de la mirada de los niños.

Por otra parte, el concepto de “tontería inteligente” le permite a la autora situarse en la zona fronteriza del absurdo, que como estética expresa el desbaratamiento de los valores mundanos vigentes. En El pueblo de los tontos el efecto se produce cuando de modo inconsciente cotejamos la lógica de estos “tontos” con nuestra lógica cotidiana. Todo el libro se apoya en una gran polaridad, una de las cuales oficia de trasfondo: la realidad y la leyenda. En la leyenda están estos relatos rescatados con fidelidad y en el sitio opuesto, el mundo o la segunda guerra mundial. El exterminio judío puede ser considerado la contracara de ese mundo de fantasía que el libro constituye en su totalidad. ¿Qué más representativo de ciertas atrocidades y arbitrariedades nazis que sacrificaron la vida de millones de personas en pos pequeñeces espeluznantes que ese reloj de sol que aparece en el pueblo de los tontos, un precioso reloj protegido con un enorme techo para que no se mojara?