18 de Junio de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

La sueñera o las experiencias peligrosas entre este mundo y el otro

En 1996 la editorial Alfaguara publicó una segunda edición de La sueñera dentro de su colección juvenil. Desde el primero de los brevísimos relatos de este libro, entendemos que lo imaginado alcanza un status equivalente al de lo cotidiano, pronto ingresa en la realidad y puede convertirse en atacante; la oveja pasa por una serie de mutaciones hasta transformarse en lobo. Al final del relato nos vemos en la necesidad de volver sobre el relato mismo y desandar el camino. Este es un recurso que aparece en varios de los textos de este libro, la brevedad impone una estructura circular, la fuerte tensión y condensación de estas historias encuentra su eficacia en los inteligentes desenlaces, muchas veces abiertos y otras, como en este primero, que se repliegan hacia su inicio, lo que le otorgan un grado muy alto de significación. Se inaugura también con este relato una serie de historias en las que aquello en lo que se confía se convierte en el agresor, es la traición de las formas, de las leyes conocidas, de lo que se espera según la experiencia o el saber acumulados. En algunas oportunidades la narradora pacta con el adversario, optando así por un camino hacia la salvación, pero en ese pacto pierde su integridad psíquica y el final abierto nos invita a imaginar toda clase de sutiles atrocidades. La fusión entre el cazador y la presa o el intercambio de roles se sostienen en la ambigüedad creada por este espacio que se va perfilando a medida que avanzamos en la lectura del libro, esa zona del sueño, esa contrapartida de la realidad.

El sueño es en sí mismo un espacio, la gran alternativa de este mundo y cada brevísimo relato de La sueñera lo metaforiza, construye una red de palabras para atrapar su sentido, además otorga pocas oportunidades para vencer al enemigo, de eso se trata, de vencer a una fuerza contrincante. Entonces avanzar en el territorio del sueño es un desquite frente a la lógica causal, el cuerpo al liberarse de esa imposición, paga un alto precio por su liberación momentánea. Salir o permanecer en ese espacio del sueño, así como vencer a un enemigo suelen ser los ejes del conflicto de estos minirelatos.

El juego de polaridad entre los dos mundos que es una constante en la obra de Shua se pone de manifiesto con mayor énfasis en este libro. Pero aquí los dos mundos pueden devorarse mutuamente, eliminar sus límites, confundir sus leyes y de ese modo confundirse uno con el otro. Dormir o entrar en el mundo del sueño puede ser la creación de una realidad paralela o una modificación absoluta de la realidad real. Los dos espacios se rozan continuamente y se sustentan en leyes muy maleables. Las leyes del espacio, especialmente las del espacio-tiempo, se quiebran constantemente porque cuando creemos que la realidad es nuestro sitio, nos descubrimos imprevistamente dentro del espacio del sueño o viceversa. Los dos mundos suelen quedar inmersos uno dentro del otro. Sin embargo, el límite entre ambos aflora tarde o temprano. Estamos frente a un verdadero buceo del quebrantamiento de las leyes espacio-temporales.

Ahora bien, si los límites de los espacios son difusos, ninguna materialidad es ciertamente confiable. Lo que debería ser el sostén de un cuerpo se transforma de repente en un abismo. El acto de caer, de resbalarse, de deslizarse involuntariamente hacia zonas peligrosas se repite una y otra vez en situaciones inesperadas. Cada relato es único en sí mismo a pesar de ello. El cuerpo sufre de parálisis o busca aferrarse, sujetarse, amarrarse, pero pierde inexorablemente su lugar, sin excesivo dramatismo aunque de un modo siniestro. En La sueñera el conflicto fundamental es la relación del cuerpo con el espacio que lo contiene. En algunas ocasiones el cuerpo se descorporiza al navegar entre estas dos realidades, cuyos límites no están nunca demasiado claros. De esta forma el aquí y el allá se convierten en una ilusión.

Muchas veces los relatos tienen la estructura que culmina con una reflexión. Se realiza una descripción o hay un acontecimiento y el remate es una deducción razonada. Nos encontramos ante un contrapunto entre el cuerpo y la mente. El cuerpo experimenta y la mente toma distancia y define la conclusión. Este mecanismo reflexivo suele descansar en una mirada jocosa a veces y otras veces, terrible.

Si bien hay minirelatos que han sido armados siguiendo las pautas del relato tradicional y que funcionan mediante la aplicación de la lógica clásica (una causa provoca un efecto y este se vuelve sobre el inicio del relato), otros se encabalgan en la estructura del silogismo, existe también una variedad de cuentos brevísimos que rompen con los protocolos del orden de lo real e imponen su “lógica onírica.” A estos se les añaden otros con estructura circular, lo que demarca la falta de delimitación en los dos espacios que se mezclan, confunden o yuxtaponen tendiendo a borrar su separación.

La sueñera da la impresión de haber sido concebido bajo la idea básica de que existe una acechanza que puede venir desde el lugar menos pensado y cuando esta premisa básica se quiebra surgen frases como: “Los objetos no siempre resultan amenazantes. [. . .] sin ir más lejos, la mesita de luz me trae el desayuno a la cama” (Texto 42, 28-29). En muchas ocasiones pareciera que la autora intentara precisar las leyes de los mundos como para que el cuerpo conozca sus auténticos límites y sepa en qué confiar. La casa extendida, ese mundo del sueño, es una continua traición a lo conocido, a lo esperado. Otras veces, en una situación de extremo peligro, el personaje se fija en un detalle, algo vinculado a la razón, al criterio, a la información, al saber. La situación provoca un efecto entre conmovedor y grotesco, pero allí es donde mente y cuerpo entran en pugna, la dualidad se mantiene.

El sueño aparece también como un espacio con características físicas, se puede entrar o salir de él como de una habitación, se puede entrar, por ejemplo, en un sueño equivocado. El sueño es también un espacio donde el cuerpo puede vivir experiencias que le están vedadas dentro de los márgenes de la realidad (Texto 24). Es además el lugar donde puede ocurrir que un cuerpo ausente en lo real se haga presente (Texto 25).

Claro que si la realidad entre vigilia y sueño se pueden yuxtaponer o confundirse, también son capaces de independizarse la una de la otra, así como de revertir su relación. El sueño en vez de ser una realidad alternativa puede pasar a ser la matriz de otra realidad secundaria, la de la vigilia, en este caso se produce un trastocamiento de las leyes convencionales. El sueño adquiere mayor consistencia y la vigilia pasa a ser más volátil, menos densa.

Las cosas también se sostienen en la dualidad, suelen tener dos caras, una atrayente, visible, externa, pero detrás de su bella fachada está lo que provoca daño. Nada es lo que parece, no hay certeza alguna, no se puede pactar con ninguna verdad en este mundo, ni se puede confiar en un espejo ni en la imagen externa que le brindamos a los demás, tampoco en la propia interioridad. Lo que contiene ahora es contenido por el objeto que antes lo contuvo. ¿Qué pertenece a lo imaginado y qué a lo real? Muchas veces todo queda indeterminado en el texto, las dos realidades se vuelven equivalentes.