21 de Junio de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

El cuerpo, ese escenario de la vulnerabilidad

Un cuerpo tendido en el sillón reclinatorio de un dentista que se expone abriendo su boca, permitiendo la entrada a la curiosidad ajena, es un cuerpo indefenso. Es la misma indefensión que padece el personaje de Soy paciente encerrado en un hospital convertido en cárcel o laberinto. La boca no puede ser usada para hablar, no hay lenguaje, sólo cuerpo mientras tanto el dentista hurga en la boca de ese cuerpo sometido a su labor y sus premuras medicinales. La madre de “Como una buena madre” sufre o padece las travesuras de sus hijos en su propio cuerpo. Ese ser que habla en “Octavio, el invasor” desde la experiencia concreta e inédita de vivir la transformación en su cuerpo, da la impresión de ser una voz mucho más sabia que ese cuerpo inexperto. El lenguaje se separa del cuerpo, el lenguaje construye otra realidad paralela a la del cuerpo. El dentista le habla de sucesos peligrosos a alguien que se encuentra en la misma situación, la escena es un poco macabra. El punto de cruce entre dos mundos opuestos: cuerpos y palabras, es el dentista y la boca.

Sabemos que la convención de los relatos populares establece que los personajes no son tales sino figuras representativas de fuerzas, valores o energías. En el trabajo que Shua realiza con estos relatos hay desvíos y uno de esos desvíos se relaciona con el cuerpo. El cuerpo padece, el cuerpo habla sin palabras. En sus cuentos infantiles—cuentos de miedo—es la transformación del cuerpo humano en otra cosa el elemento principal para producir ese efecto, como se registra en La fábrica del terror y El tigre gente. Hombres que no tienen ojos, deformaciones y mutilaciones del cuerpo humano, cabezas solas, despegadas del torso lo que, por otra parte es un símbolo de la irracionalidad vinculada con la típica transposición de la lógica conocida, muy presente en La sueñera y El pueblo de los tontos. Chicos cuyo conflicto es su baja estatura, por lo que tratan de permanecer acostados para que sus vértebras no se contraigan u operaciones de nariz como eje de un relato donde se trabajan los temas del doble, la máscara y la transmutación.

Su primera novela Soy paciente se inicia con las dificultades que encuentra un personaje para leer mientras viaja en un colectivo. El acto de leer (al que podríamos considerar antitético a una acción meramente corporal) se convierte en un ejercicio de tensiones y distensiones musculares, el cuerpo entra en escena de la manera más paradojal. Mente y cuerpo ingresan en una zona de cruce de la que, a lo largo de la obra de Shua, se mantendrá en forma continua. El escenario del cuerpo, ese mundo contrastante, y el de la mente buscarán aliarse. La mente en tanto especulación, imaginación, duda, reflexión será la que anteceda una acción (pensar en hacer dinero con acciones del cuerpo, el cuerpo en la encrucijada de estar atrapado por el dolor, el cuerpo convirtiéndose en animal, o perdiendo su cabeza), el cuerpo como contrapartida de la escritura.

Es en La sueñera donde Shua parece agotar las posibilidades que la experiencia del cuerpo ofrece. Por un lado indaga en la relación entre el cuerpo, la mente y las ideas y, por otro, entre el cuerpo con el medio exterior. Toda La sueñera podría considerarse como una experimentación, una suerte de prueba en la que el cuerpo físico y psíquico padece la exposición en un mundo con leyes nuevas y más aún, las consecuencias de adentrarse en él o de fluctuar entre este mundo conocido y real y ese otro, el onírico. El cuerpo sufre una gran variedad de mutaciones, padecimientos y amenazas. Si son indagadas las características y peculiaridades del espacio del sueño es tan sólo para comprobar cuán vulnerable puede resultar ese pobre cuerpo acechado por inconcebibles peligros. El cuerpo mismo se transforma en un espacio invadido por el mundo. Da la sensación de que la narradora intenta averiguar hasta dónde ese cuerpo es capaz de sobrevivir psíquicamente en un mundo hostil. La experiencia del cuerpo y el soporte del razonamiento no siempre van juntos, incluso el razonamiento se alcanza cuando el cuerpo ha llegado hasta un límite del que ya no puede regresar. Esta tirantez entre el saber de la inteligencia y el saber de la carne es puesta en emergencia gracias a las particularidades de un mundo que impone leyes versátiles, volubles y crueles. El texto 58 de La sueñera alcanza para delimitar una definición de ese espacio corporal: “Perderse en una densa oscuridad no es tan malo. Mucho peor es esa oscuridad liviana y negra capaz de penetrar por cualquier hendidura. En el cuerpo tenemos grietas suficientes como para permitir cada noche la infiltración constante que nos va oscureciendo las entrañas, tapándonos los ojos desde adentro, hinchándonos de nada” (34-35).