21 de Septiembre de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

“El sentido de la vida”

En “El sentido de la vida,” la escritora nos entrega una protagonista sin nombre que ha recogido a un ser que a veces da la impresión que se trata de un animal o una persona. Este sujeto no habla, pero ayuda a la mujer innombrada en los quehaceres de la casa, al mismo tiempo que ella le enseña algunos modales y normas de comportamiento. A medida que pasa el tiempo, el individuo va creciendo y dependiendo de ella cada vez menos. Llega un momento en que la mujer se refugia en la compañía de este ser y, poco a poco, le va privando de su libertad. Finalmente cuando el sujeto encuentra un amigo, la mujer se da cuenta que había sido egoísta, pero por otro lado, se alegra que su soledad haya terminado.

Se establece una dependencia entre la mujer y estos dos individuos que han llegado a formar parte de su vida. Al igual que en “Octavio el invasor,” en este segundo relato, Shua desarrolla la historia en el espacio de la casa. Nuevamente vemos que la mujer, en este caso una vieja, controla la vida de un sujeto hasta llegar a posesionarse de su libertad. Realmente no sabemos quién es este personaje, puesto que no se dan suficientes detalles para determinar su identidad. Dudamos si realmente existe, pertenece a otra dimensión, o es parte de la imaginación de la mujer. Al principio nos enteramos que la mujer lo había recogido cuando era muy pequeño e inclusive pudo meterlo en su bolsa. Ella misma duda que eso hubiera sucedido: “Ahora le costaba pensar que alguna vez había sido tan chico, pero no había duda: desde el Botánico a su casa lo llevó en el bolso. Por el camino compró un pedazo de corazón para el gato, porque se le ocurrió que podía ponerse celoso. Tenía razón. Desde que él entró en la casa, Hamburguesa empezó a pasar horas enteras escondido detrás de la heladera” (113). Por las descripciones del narrador, nos enteramos que el huésped alcanza dimensiones exageradas, y además asusta a los animales. La presencia del extraño transforma a la mujer y la convierte en otra, en una “jovata.” Es inconcebible que un ser raro logre tantos cambios en la vida de una persona y dudamos que se trate de una mujer cuerda. De la misma forma que sucede en “Octavio el invasor,” en este segundo relato la mujer domina en el espacio de la casa. Ella logra que el sujeto se quede en su hogar a cambio de acceder y aceptar al nuevo amigo que tiene el huésped.

La vida de la mujer anónima, cambia con la llegada del visitante y ahora tiene otro sentido. Ella vive en función del ser que ha recogido y éste se ha convertido en algo imprescindible para ella. Los lectores tenemos que comprometernos con el texto y atar los cabos que nos deja Shua. Ni siquiera al concluir la historia logramos identificar la identidad del sujeto que ha logrado transformar a la mujer: “Ahora su vida, lo que quedaba de su vida, tenía sentido [. . .] Vieja y sola, las horas se le habían vuelto demasiado largas. Ni siquiera Tic y Toc cantando a la mañana, ni siquiera los mimos del pobre Hamburguesa. Hasta que lo encontró” (112). La presencia del extraño representa la razón de vivir para esta mujer vieja. Shua nos muestra una protagonista que está sola y se refugia en un ser extraño para sobrellevar la soledad y la vejez. Este personaje representa para la mujer la compañía del marido y de los hijos que no pudo tener: “Ella había vuelto a cocinar, recreando para él las mejores recetas, las más sabrosas y divertidas, dándole mucha importancia a la presentación: a los chicos la comida les entra por los ojos. Y para ella siempre sería un chico, aunque se daba cuenta de que otros no lo verían así, sobre todo ahora que había crecido tanto” (113).