11 de Diciembre de 2018
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Colección: INTERAMER
Número: 70
Año: 2001
Autor: Rhonda Dahl Buchanan, Editora
Título: El río de los sueños: Aproximaciones críticas a la obra de Ana María Shua

Conclusión

Fuertemente mediatizadas en cuanto a lo que cuentan, las breves narraciones de Botánica del caos, reproducen literariamente una vivencia singular de lo que llamamos realidad. Se han caído las esencias universales, el cielo impoluto, la inexorabilidad de las causas y los efectos. Detrás de las ruinas se vislumbra el innumerable desorden. No se trata de reconocer con Kant “la existencia de una realidad exterior incognoscible,” ni de anunciar con Baudrillard “el asesinato de la realidad,” ni de afirmar con Eco que hoy la realidad es virtual. Hay que traducir en historias esos enunciados. Narrar que hacia el fin del milenio nos encontramos con que nuestra euforia de amos y señores no era justificada, que los grandes relatos eran sólo consoladores, que nuestros instrumentos para penetrar en la verdad no son confiables y que no parece que vayamos a disponer de otros. Es lo que profundamente narran estos textos, no como alegoría, tampoco como mimesis, ni siquiera como simulacro, sino por gracia de una cualidad poética que está tan lejos del poema como cerca del microcuento. Los atributos del material narrativo encuentran su correlato en la forma elegida de organizarlo. La innumerable singularidad se corresponde con los numerosos textos unitarios que constituyen un relato fragmentado, abierto, siempre incompleto y sin posibilidades de ser completado. A esta ilimitada proliferación horizontal se agregan las sucesivas capas encubridoras analizadas más arriba. Resulta casi redundante hablar de la  evidente originalidad de este libro, frente a su absoluta contemporaneidad y proyección al futuro. Pero sí es necesario señalar la hazaña del lenguaje que logra vencer su propia impostura porque, entre la representación y la interpretación, estas pequeñas piezas narrativas se erigen como la misma cosa que pretenden expresar: el caos que se esconde en el orden de la sintaxis, que se burla de las palabras que quieren significarlo y que se ofrece porque se sabe inasible.